Me dolieron los golpes de indiferencia y rechazo de aquellos corazones ciegos, me dolió el desprecio de mi padre, sus miradas reprobando mi existencia, un segundo dividido en dos; una sonrisa y un insulto. Me dolió el silencio clavado en las paredes, las ausencias que envejecen, ausencias de algo que no recuerdo. Me dolió nunca ver un espejo amable, la rota amabilidad del tiempo, y de tiempo en tiempo nunca haber encajado. Porque me deformé en el camino o tal véz comprendí que mi forma era ser diferente.
Disfruté del amor, de sus espejismos y sus golpes certeros; disfruté de mi inocencia sin embargo la heredé al viento, no la necesito. Disfruté de un hombre, tal vez dos o tres, es sólo un número para el mismo gozo multiplicado. Fuí un león, una serpiente, una invención de mi curiosidad. Fuí hombre bajo el sol, mujer entre la oscuridad, rompí los temores ajenos, fuí presa de los míos, mas bebí del cielo las estrellas y sacié mi sed de infinito.
Fué su cuerpo un instrumento para llegar a la inmortalidad, fueron sus besos la prueba de que de vuelta estábamos ya.
Gocé del triunfo, hice lo que quise, volé, ciertamente volé. Lloré y caí, me rompí un ala mas no me rendí, sucumbí al paraíso, incendié mis recuerdos, renombré el abismo, es mi homónimo, es mi amigo, creí que nadie me amaría hasta que tropecé contigo.
Al ver tus ojos comprendo, fuí un ebrio de soledad, a solas bebí muchas lágrimas, mordí el frío, un acre sabor palpé del horizonte, al ver tus ojos entiendo y no me arrepiento. Nó. No me arrepiento de las flores ni de las espinas, de las bofetadas del destino y de las caricias de la vida; no me arrepiento de mi cuerpo porque es tuyo, es tu hogar.
Lo comprendo todo, es mi historia la moraleja: EL DOLOR ABRE LA PUERTA AL PLACER.
(EN LA ETERNA MEMORIA DE EDITH PIAF POR FER IRIGOYEN)