OBITUARIOS DE UNA CAMA


Hoy es una noche como cualquier otra, cuando mi habitación no está plagada de testosterona, cuando mi cuerpo no está siendo devorado por la alevosía masculina o mi ímpetu mundano, al final solamente quiero ser amada y es ahí cuando me estrello contra una gran pared graffiteada con un enorme signo de interrogación que se ha construido hombre tras hombre, uno a la vez, pene por pene, lágrima por lágrima, abandono tras abandono… ¿El amor es algo que debe de durar una vida para que pueda llamarse amor, o puede ser amor algo que duró una noche, una semana, una hora?...

Ésta noche está lloviendo, bebo café como velador de cementerio y me escondo entre mis sábanas como si mi departamento estuviera embrujado y es cuando estoy completamente sola que puedo sentir a esa niña frágil y vulnerable que fui y a veces reaparece para recordarme que no importa qué tan mujer me considere, para la soledad nadie es diferente, somos lo mismo y la sentimos de la misma manera que un cubo de hielo recorriendo lentamente la entrepierna. La soledad me da escalofríos, ser invisible me provoca nauseas, ser un objeto para los hombres me ha puesto en el lugar en el que estoy, para bien o para mal, soy buena en lo que hago, me han hecho llorar las mismas veces que han causado orgasmos ponzoñosos y delirantes; mi madre solía decir que las mujeres de cascos ligeros nacían solas e iban a morir solas, es como si fuese una maldición ser demasiado dadivosa con los hombres, si das mucho eres una puta y si das poco eres una santurrona mojigata. Yo me he regalado tantas veces y lo he hecho por placer, por el simple antojo y por supuesto que por amor me he desnudado y he brindado lo más recóndito de mi ser, tratando de compensar mis carencias intelectuales con los atributos físicos que Dios me dio. Me ha ido bien, no me puedo quejar pero nadie se queda después de que amanece, es muy rara la ocasión cuando tengo una segunda cita, me emociona tanto que me regalen flores o me lleven a cenar, me fascina cuando volvemos a casa deseamos el uno del otro, queriendo nunca salir de la cama, absortos, ensimismados y extasiados. Tantos hombres han muerto y resucitado en mi cama, tantas mentiras se han dicho, tantas vidas hemos consumido en una madrugada.

En ésta cama he sido lo que los hombres han querido que fuera, me he convertido en un dragón complaciente, he mordido sus miembros como un león mordería a un antílope, he cazado sus más ocultos deseos y los he llevado a tocar la realidad de sus más prohibidos ensueños. Ellos han sucumbido a mis movimientos, mi cadera es la culpable de tantos gemidos desgarradores, de almas desencarnadas, de manos errantes por mi espalda, mis pechos, mi pubis, mi vagina, mi boca, sus dedos, su voluntad y mi imaginación; mi cama nos ha abrazado como madre abnegada, piadosa y siempre cómplice, testigo de la primer gota de sudor que cae de su piel a la mía, cuando el pecho de él roza mi espalda, cuando el peso de su cuerpo se fusiona con el mío, cuando la materia se transforma, cuando la música se crea, cuando las distancias se doblegan y los sexos se deslíen, cuando el tiempo se marchita, cuando la soledad desaparece, cuando el cuerpo es la partida y el cielo es la meta.

Recuerdo cuando compré éste colchón, estaba en oferta pero me enamoré de la suavidad que consentía mis músculos y relajaba mis atormentados pensamientos, recuerdo que la primera semana cuando recién lo adquirí no salí a la calle por estar recostada, leyendo, durmiendo, haciéndome el amor, recordando lo que aún no había vivido.

Cada seis meses le doy la vuelta, a cada vuelta se reviven las historias de diferentes hombres, aquellos que se fueron sin decir adiós, aquellos que me rogaron porque les hiciera sexo oral en el taxi, aquellos que amanecieron conmigo, aquellos que apagaron su celular a escondidas de mis ojos para que la esposa no los pudiera contactar, aquellos hombres que estuvieron dentro de mí pero que seguramente ya no me recuerdan por conveniencia o por desgano, porque soy como mi cama, me doy entera, absoluta, abrazo, albergo y lo consiento todo sin ningún tipo de condiciones, por ejemplo, a mi cama no le he comprado una base ni buenos edredones, en mi caso, he hecho todo lo que me han pedido sin exigirles un “te amo”, porque mi cama sabe que la base no la salvará de caerse al suelo, por que se que el hecho de que estén haciéndote el amor no significa que te estén amando y en ocasiones, tristes ocasiones los te amos no siempre reflejan el verdadero significado del amor. Seguramente mi cama es como la cama de los moteles, no hay nada más incondicional que una cama de motel, que una mujer que ama por el hecho de amar, porque no hay necesidad de conocer la biografía de alguien para amar lo que es y lo que aparenta, sin embargo las apariencias gobiernan la ideología y los ojos de la sociedad, nadie quiere dormir en una cama de motel, todos quisieran pasarse la vida en una cama del Hilton, bebiendo mojitos o viendo pornografía por cable, porque la cabecera de la cama tiene acabados en oro, la base es fuerte, soportaría el peso de un elefante, en cambio mi cama no tiene pies, no tiene cabeza, sólo tiene alma y corazón, no me juzga por los errores que cometo todos los Jueves, Viernes y Sábados por la noche, cuando los deja vús se convierten en sarcasmos y me llevan a hacer lo mismo una y otra vez, porque un hombre de una noche no es suficiente, hay que tener tantos como sea posible para tener así una gran colección de muchas noches que se reducen en lo que tenemos mi cama y yo ésta noche cuando los minutos se alargan para burlarse del agujero negro que nos absorbe, intimidad nos sobra aunque no tengamos con quien compartirla.

Las sábanas de mi cama son de algodón egipcio, fino regalo de mi abuelo quien piensa que me estoy preparando para ser la próxima Dolores del Río, lo que él no sabe es que en el pecho me acuchillan los dolores de tanto mordisco y mi cama es como un río de besos, saliva y caricias, de algo inasible, de algo que se percude todos los días, de gente que no me mira a los ojos cuando volvemos a vernos en algún lugar de la ciudad y continuamos con nuestras vidas como si nunca hubiéramos visto nuestros ombligos y más abajo.

Cuando era niña brincaba en sobre la cama derrochando felicidad, cuando era adolescente, solía esconder cartas de amor bajo mi cama, entre el forro del colchón y la superficie de la base, ahora que soy mujer brinco derramando placer y dicha de una manera diferente, oculto bajo el colchón los miedos y las ganas de querer secuestrar a alguien para que nunca me deje, para que nos comamos a besos, para que despedacemos la luna con el bramido de nuestra carne, porque a nadie le atrae una mujer necesitada, porque soy más fuerte cuando me despojo del pudor, porque obtengo lo que quiero aunque sea fugaz y entonces rebobino, vuelvo a empezar, una noche nueva, un hombre diferente, una calle, una esquina, la acera, una cama, la suya o la mía, la libertad siendo cínica y la adrenalina, mi sostén amarrado en un poste, su cuerpo amarrado al mío, mi mirada que se va por ahí, surcando las estrellas.

Mi cama es mujer, a veces es hombre, mi cama es como yo, no somos ropa, no sentimos la necesidad ni la urgencia de recurrir a las etiquetas para pertenecer a algo o a alguien, para que nos identifiquen bajo una marca o dentro de un grupo, porque mi cama ama mi intimidad y en ella he bebido la intimidad de varias mujeres. Mi cama es un cadalso, la guillotina e incluso el verdugo, yo soy leal y encajo en el papel de la víctima perfecta, la criminal sanguinaria, la adicta insaciable; mi cama habla francés e italiano, en ella se traducen las estocadas de aquellos hombres no hablaban mi idioma, en ella se destapan las mejores botellas de vino tinto, sobre ella reposan los suspiros póstumos del coito, en ella me reflejo, me reescribo y me confieso. No hay nada que mi cama no sepa de mí o de mis hombres, no hay hombre que no haya disfrutado de su bondadosa suavidad, no hay alguien en éste momento que le agradezca por sus atenciones.

Los hombres que se fueron no volverán, para ellos fui la ropa interior que no usarán de nuevo, la camisa manchada de lápiz labial que esconden en el cesto de ropa sucia, he sido el pañuelo con el cual limpian sus pecados haciendo que mi soledad sea más honda que el manto negro que llamamos noche. Mañana le daré la vuelta al colchón que como si fuera una página, se de cierto que volveré a leer  siluetas tatuadas de anatomías confusas pero escribiré sobre ellas, para seguir cometiendo equivocaciones hasta que una de ellas se convierta en un maravilloso acierto, para mitigar el eco de mi solitaria respiración, para humedecer las sábanas y manchar de descaro los muros, para abrir las ventanas y la ciudad vea que mi cama y yo seguimos en la marcha como Don Quijote y Sancho Panza, para que los resortes continúen rechinando, para que mis entrañas sigan floreciendo y poder así sepultar en ella las presencias que no quieran quedarse y disipar entonces los óbitos sentimientos que queman.

A veces quisiera comprar otro colchón, un catre o un sofá-cama pero sería como huir de mis problemas, negar que existe mi pasado o darle la espalda al espejo, cambiar mi cama sería como intentar modificar mi vagina mas no me arrepiento de cada uno de los caballeros que se deshicieron de su armadura y desenfundaron la espada aquí, no me arrepiento de lo que somos, porque mi cama se escribe con mi nombre y la palabra sexo se escribe con los poros humeantes de placer; las fotografías se hicieron para robarle un instante al tiempo, las camas se hicieron para darle tiempo a los instantes que nos roban el aliento. No es que me haya enamorado de mis pertenencias, pues somos pertenencias que nos enamoramos de otras, para darle respuesta a las preguntas, para darle sentido a la almohada que yace sobre el lado derecho de la cama porque no hay soledad por más amarga que sepa que resulte intolerable si se palpa con dos lenguas, pues en la cama dormimos, soñamos y en los otros cultivamos nuestras esperanzas, la pareja es un tendedero de nuestras ilusiones, nosotros somos la compañía que busca un par en los rincones, donde las coincidencias se vuelven secretos y las penas de una cama se tornan en cuentos y rezos carnales que con un poco de suerte, durarán hasta el amanecer para poder entonces darle el último adiós a aquellos hombres que aquí, sobre una cama siempre fiel murieron en el cumplimiento de su deber.





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