LOS ECOS DEL CAOS


El suicidio es voluntario, pensé mientras la levedad de mi cuerpo explotaba en frágiles fragmentos que se movían lentamente dibujando la agonía de mi alma y la sobriedad de mi confusión. Mi corazón y daba tumbos, magullado y mi garganta quemaba, lacerada por el caos que nos devoraba haciendo ruidos arrancados del infierno; yo era un indefenso pretexto para crear destrucción y sus consecuencias. Nunca antes tuve frente a frente mi final y era el principio del abismo. ¿Cómo tocar fondo cuando caes maniatado, amordazado, con los ojos incapaces de percibir la realidad y con los pies adictos a tropezar con la misma piedra? ¿Cómo despertar de una pesadilla si no estás dormida?

Noel se había transformado ante mi perpleja mirada y el enigmático matiz que recubre su ser se había vuelto en una nube negra que presagiaba tormenta y desolación. Mientras mi dios del rock manejaba sumergiéndose en sus pensamientos, yo me enredé en las calles oscuras y las luces de los otros autos y los faroles, deseando que todo fuese un sueño, mordiéndome el labio inferior arrepentida de haber confesado mi sensual pecado. Se que en mi subconsciente y en la enredadera que tengo por mente jamás me arrepentiría de hacer el amor con Marcos. Mi pasado no incendiaría mi presente y el futuro siempre podría volver a repetirse. 

Llegamos a un pequeño club de moda en la cosmopolita calle Mazaryk llamado Andiamo, un bar moderno, de diseño agudo y vanguardista. Sólo los ricos y famosos tienen el privilegio de entrar. Descendimos del auto Noel y yo, instantes después llegaron Chava y su amante en turno la modelo rubia piernas-largas llamada Florencia.  La gente permanecía absorta en sus pláticas y sus momentos, algunos esperaban que se les concediera el honor de disfrutar del ansiado interior del bar, llegaban grupos de personas casi ebrias y parejas se besaban en la acera;  yo sucumbía sumida en los miedos más inconcebibles, mordiéndome las uñas. La adrenalina ardía en los poros de mi cuerpo. Al entrar al bar, mis ojos buscaban incansablemente como un par de policías a Marcos. Examinaba de arriba hacia abajo el lugar con mi mirada de rayos x. La música poseía los cuerpos de aquellos alrededor de nosotros, la voz hechizante de Kimbra mezclada con vodka era la locura. Noel y Chava llegaron a la barra y saludaron al encargado del bar, la modelo piernas-largas y yo los seguíamos como perros falderos. El encargado nos sirvió un trago de tequila a los cuatro y señaló con su dedo en dirección a donde Marcos estaba con un grupo de amigos.

Ahí estaba Marcos, enredado entre las luces violetas y azules del bar, el humo y su sonrisa disparada al verme. Sus ojos me robaron el aliento, su sensual manera de vestir había aniquilado los latidos en mi corazón. Su exquisito cuerpo esculpido por las manos del Creador, era la obra de arte maestra ofrendada a la belleza. Sus brazos y hombros esculpidos eran recubiertos por una ceñida camisa a cuadros negra, tenía desabotonados cuatro botones dejándome ver el vello en su pecho y un nuevo tatuaje, una golondrina en pleno vuelo, haciendo nido en mis pupilas extasiadas. Sus caderas y sus fuertes piernas estaban revestidas por unos pantalones negros rasgados en la pierna derecha llegando a la ingle, entre las luces que parpadeaban podía ver su ropa interior. Sabía que iba a morir esa noche. Él, yo y cualquiera que estuviera cerca de nosotros, iba a morir pero no iba a hacerlo sin antes llevarme en la memoria el más bello de los recuerdos.

Noel frotó su puño derecho en la palma de su mano izquierda, relamiendo su labio, preparándose para pelear. Dio un trago sin tapujos ni reparos a su tequila. Aclaró su garganta y como un león caminando lentamente estudiando a su presa se acercó cautelosamente a Marcos. El miedo en mis piernas acuchillaba y no me permitía avanzar. Al estar frente a Marcos, lo saludé, era inevitable. Mi mirada manchada por la culpa me delataba. Cabizbaja y ansiosa acomodé una hebra de cabello tras mi oreja. Marcos abrazó a Noel y después hincó sus ojos en mí, sin darle importancia a la presencia Noel o que nuestros movimientos fuesen a revelar nuestros pecados compartidos, me rodeo entre sus brazos fuertemente, feliz y sin querer dejarme ir, como si al soltarme fuese yo a convertirme en una estatua de sal. Noel dilató sus pupilas, embriagándolas de odio y una siniestra paciencia. Marcos se dirigió a Chava y a la modelo y los saludó afectivamente. Llamó al camarero y pidió para todos una ronda de margaritas.

Marcos parecía ser un extravagante y hermoso carnaval brasileño, efervescente y cautivante. Su voz y su acento sonaban como un vieja canción de bossa nova y cada movimiento era ejecutado con la sensual gracia de la verdadera masculinidad, ensanchando mis ganas y empapando mis furtivos deseos.  

–Hermano ¿Cómo estás? Me da mucho gusto volver a verte. – Dijo Marcos, con una sonrisa sincera coloreando su boca. Mi mirada vagaba adicta y mareada sobre el pecho de Marcos. Esa golondrina venía a mí haciendo espirales, arrastrándome en un ensueño de sudor Carioca, vellos, tatuajes, músculos y figuras entintadas con pasión.  Su bigote y barba aún más largos eran el génesis de la vida y el placer. Marcos era en forma feroz y definitiva, el árbol del bien y del mal.

–Hola brother. Me dijo Chava que estabas aquí. Vas a tatuarlo ¿No es así? –La mirada de Noel mientras hablaba se oscurecía. Sus ojos parecían ser un cielo eclipsado haciendo destellar un lado de Noel que era ignoto para mí. Olía a pólvora.

–Sí. Así es. Ya nuestro querido Chava se animó. No se puede ser un chico malo sin tatuaje. ¿O sí? – Bromeaba Marcos haciendo reír a la modelo. Pobre ilusa. No sabía que estaba en la futura escena de un crimen y se da el lujo de reír y lucir relajada y sexy.

–Quiero una tarántula por debajo de mi ombligo. –Dijo Chava. La modelo lo abrazó y besó su cuello. Llegó el camarero con nuestras bebidas. Yo tomé velozmente mi copa. Bebí hasta atragantarme. Cautivando con mis torpes movimientos las verdosas centellas en los ojos de Marcos.

–Y tú bella mujer… ¿Qué me cuentas? ¿Cómo has estado? – Preguntó el sublime brasileño, incendiándome con su acento portugués. Tuve que bajar la mirada ante la energía posesiva de Noel.

–Bien. He estado bien. He acompañado a Noel durante su gira. Ha sido una experiencia inimaginablemente maravillosa. – Respondí. Noel me tomó entre sus brazos. Su lenguaje corporal gritaba y alardeaba que yo era su propiedad.

–Brother, vamos a mi apartamento, ahí seguimos la fiesta y si Chava quiere ahí puedes hacerle su tatuaje. – La mirada diabólica e intoxicada de Noel ocultaba algo. Un plan siniestro y malévolo.

–Excelente idea. Pagaré la cuenta y nos vamos. – Marcos se dirigió a la barra, sacó de su bolsillo trasero su cartera y le entregó al encargado del bar un par de billetes. Mis ojos pasmados ante tanta belleza sólo podían devorar el vaho que dejaba la presencia de ese bello espécimen brasileño, tatuado, poseedor de una anatomía hecha para matar, diseñada para hipnotizar. El hombre perfecto y casi prohibido.

 –Está hecho un cuero…– Dijo la modelo piernas-largas que al igual que yo estábamos pegadas visualmente a Marcos quien ya se aproximaba a nosotros.

–Ya lo sé. Calla o tendrás problemas. –Murmuré siendo inaudible para el mundo pues la música del bar seguía estridentemente ensordecedora.

Marcos se unió a nosotros y salimos del bar. En la acera Chava y Noel esperaban por sus autos, la gente caminada entre nosotros, nos daban golpes con sus hombros orillándonos al asfalto. Noel encendió un cigarro de marihuana y quizá por el aire frío de esa noche, su ebriedad era brutal. Marcos hablaba con alguien por teléfono. La modelo piernas-largas estaba prensada en los labios de Chava y yo junto a ellos, dentro de una multitud de extraños me sentía sola, desamparada y vacía. No pertenecía a ellos. Algunas personas reconocieron a Noel y lo saludaron. Él muy de mala gana accedió a tomarse fotos con ellos. La muchedumbre tumultuosa y enardecida nos rodeó. De entre ellos surgió Eloísa, quien fuera la abeja reina de las groupies de Zion, ataviada con unos pantalones vaqueros rotos y despintados, su torso sólo era recubierto por un sostén negro y una chaqueta de cuero negro. Maldita, lucía apetecible y salvaje. Pero más que envidia por su vestuario, los celos corroyeron mis entrañas cuando la vi abrazar a Noel con esa vieja familiaridad y le dio un largo beso. Noel quiso esquivarla pero se entregó al beso y lo hizo recíproco. Saqué de mi bolso el teléfono y vi la hora. Eran ya las dos de la mañana. El tiempo se me escapaba de las manos ante la inminente guerra. Olía a peligro en el aire y la impotencia no me dejaba mover mis músculos y huir. En el fondo, mi subconsciente y yo sabíamos que era la culpable de cualquier cosa que pudiera suceder.

Noel y Eloísa hablaban y reían. Ambos compartían una botella de cerveza y el cigarro, miré alrededor sintiéndome más sola. Su actitud carecía de amor, era venganza, todo lo que sentía de él hacia mí eran punzadas de su ego herido. Marcos se distrajo hablando con algunas personas, tal vez eran amigos. Me preguntaba cuánto más podrían tardar las personas encargadas del estacionamiento para que nos devolvieran el auto. Quería irme y todos se movían como en cámara lenta. De repente sentí a Marcos detrás de mí, levemente frotó su nariz en mi cabello, respirando hondo, llevándome a sus pulmones, apresándome. Quería diluirme en su aliento y desaparecer.

–Que noche tan loca, mujer. Te he extrañado. – Murmuró Marcos mirando de soslayo a Noel. Tragué saliva, lastimando mi garganta a su paso.

–Yo también pero quiero decirte algo. Noel ya sabe…– No pude terminar mi frase, anticipándole lo que Noel tenía en mente. Ni yo sabía qué es lo que Noel quería hacerle a Marcos pero su mirada amenazante y filosa nos interrumpió. Noel empujó violentamente a Eloísa haciéndola caer junto a un auto. Caminó hacia nosotros, enmudeciéndome, congelando mis sentidos.

–Brother. Creo que tengo que aclararte algunas cosas. Por si en tu pinche país de mierda se acostumbra, aquí en México no te metes con la mujer de tu hermano. Yo soy como tu hermano ¿cierto? – Dijo Noel empujando desafiantemente a Marcos. Yo bajé la mirada, apreté mis puños y cerré los ojos. Disociándome de la realidad infructuosamente.

–No entiendo de qué hablas Noel. Yo te respeto y respeto a Fanya. – Marcos se conservaba tranquilo, prudentemente elocuente.

–Fanya es mi putita. Sólo mía. Sólo yo me la puedo coger. – Noel escupió despectivamente esas palabras, me haló contra él bruscamente, bebió de la cerveza y quiso besarme pero su aliento alcohólico era intolerable. Volví la cara negándole mi boca.

–Hermano, tranquilízate, no la trates así. – Refutó Marcos quien tomó una postura de desafío o defensa.

–Jodido maricón, tú no me vas a venir a decir qué hacer. – Noel se abalanzó sobre Marcos como si fuera un cañón, dándole golpes en su rostro con el puño cerrado. La gente comenzó a gritar y a correr. Noel rompió la botella en la cabeza de Marcos. La desastrosa escena fue empeorada cuando Chava haciéndose paso entre las despavoridas personas comenzó a patear en la espalda y en las piernas a Marcos, haciéndolo caer de rodillas. Noel continuó golpeándolo en el ensangrentado rostro. Quise socorrer al hermoso y herido brasileño pero Noel me aventó a la calle llamándome puta, humillándome, hiriendo mi interior como había herido la cara de Marcos. No hay necesidad de golpes para herir a una mujer.

Reacomodé una de mis zapatillas, llorando y suplicando a Chava y a Noel que dejaran en paz a Marcos cuando de la nada los flashazos de las cámaras y los paparazis estaban sobre el enfurecido Noel. Foto tras foto, entre el caos y el desconcierto. No se quien dio aviso a los medios pero llegaron incluso reporteros a la zona de guerra. Los rostros de las personas fueron coloreados por colores rojos y azules intermitentemente. Al volver mi cabeza vi a la derecha de la calle que tres patrullas de policías se avecinaban como relámpagos en una tormenta. El aullido de las sirenas y los gritos de las mujeres casi hicieron a mi corazón agonizar. Cuando Noel y Chava vieron a los policías corrieron en dirección contraria. Yo arranqué mis pies del suelo y corrí junto a Marcos. Lo abracé y besé su lastimada y sangrante nariz. Lo ayudé a ponerse de pie y nos difuminados entre las personas. Nos escondimos tras una enorme camioneta mientras observé a través del vidrio a un policía que tenía a Noel contra la patrulla, intentaba esposarlo pero Noel forcejeaba. Los reporteros y los fotógrafos tomaban fotos luciendo como aves de rapiña sobre un animal putrefacto. Noel lanzaba palabras al aire diciendo que era inocente, que no sabían quién era, que se iban todos a arrepentir. Su rostro mojado por el sudor y sus ojos perdidos entre la intoxicación etílica y por la cocaína no intentaron buscarme entre la multitud asustada. Los policías introdujeron a empujones a Chava y Noel en la parte trasera de la patrulla. Los policías se subieron también y haciendo a un lado a los confundidos testigos, a los molestos transeúntes y a los hambrientos reporteros, se marcharon lentamente hasta que desaparecieron de Mazaryk. Lo último que quería era volver a pisar la cárcel o al menos los separos. Lloré al ver a Noel irse dentro de esa jaula de castigo como si fuera un perro rabioso que había mordido a alguien. En cierto modo eso era y temía el peor de los castigos para él. Tomé un respiro profundo, descansando un poco y miré a Marcos quien sangraba y parecía ausente. Caminé, entre sollozos y latidos entre cruzados  a la zona cero, recogí mi bolso entre los vidrios y astillas de la botella, la sangre y las colillas de cigarro se habían mezclado. Los paparazis me tomaron fotos y me persiguieron hasta el escondite donde yacía Marcos. Los insulté, a uno de ellos le arrojé su cámara a media calle y Marcos y yo corrimos como pudimos hasta que nos perdimos en algún callejón. Llamé por teléfono a un amigo de Marcos. Media hora después se estacionó junto a nosotros, nos subimos a su auto y fuimos a una casa ubicada en Coyoacán donde Marcos se hospedaba cuando estaba en la ciudad de México. La casa era de un primo suyo.



*****


             

Marcos estaba sentado en una hermosa y rústica silla de caoba junto a un enorme ventanal que abarcaba toda una pared y nos daba la vista de un verde y florido jardín iluminado por pequeñas luces blancas y anaranjadas. Se había quitado su camisa manchada de sangre dejando desnudo su torso. Cerró los ojos mientras yo limpiaba con un trapo humedecido con agua oxigenada y con algodón empapado en alcohol. El amigo de Marcos había ido a alguna farmacia por artículos de primeros auxilios, vendajes, y líquidos antisépticos y se fue encomendando a Marcos en mis manos, yo le dije que cuidaría de él como lo más preciado en mi vida. En la gran casa decorada de manera pintoresca solo estábamos Marcos y yo, en completo silencio, su respiración entrecortada por el dolor en sus heridas me enternecía. Su labio inferior roto me hizo derramar lágrimas. Lo miré a sus ojos y me sumergí en ellos con la elegancia de un clavadista olímpico. Me arrodillé cuidadosamente y limpié su barbilla entre la larga y soberbia mata de vellos de la barba brasileña que me tenía loca y apenadamente desconsolada llorando por ver a ese buen hombre lesionado cuyo único crimen era haberme hecho el amor como pocos y un tatuaje de camaleón que palpitaba cada vez que lo descubría viéndome, fundiéndome.

Encendí inciensos y velas que hallé en un cajón de la vitrina en el área del comedor. Me quité las zapatillas y friccioné mis doloridos talones. Volví a Marcos y me puse de rodillas de nuevo, acurruqué mi cabeza en su vientre, sollocé y él puso sus manos cálidas sobre mi cabello. Tomó mi rostro delicadamente y me hizo mirar sus ojos. Sonrió levemente, quejándose por el dolor de las heridas en su adónico rostro. La contusión en su cabeza había cesado de sangrar, ahora la hemorragia era emocional, mutua. Él había perdido a un amigo y yo tenía a mi hombre en los separos de alguna delegación, siendo escudriñado, fichado, humillado y escupido en el nombre, la reputación y su orgullo. Sé lo que se siente estar tras las rejas. Los calosfríos recorrían mi piel de tan solo volver a la celda entre recuerdos.

Esfumé las neblinas en mi mente, contemplando anonadada la belleza celestial de Marcos que aunque parecía soldado herido y atravesado por los golpes aún su apetecible cuerpo destellaba la lozanía que ponderan los brasileños. Levanté un poco mi cabeza y estiré mi cuello como cisne en una danza delicada hasta tener frente a mi boca aquella golondrina con las alas abiertas capturada en la piel de su pecho. Tracé un camino de besos hasta llegar a su pectoral derecho. Lamí su pezón y lo mordí con los labios, enredándolo en mi lengua dócilmente. Tomé su mano izquierda y entrelacé sus dedos en los míos, oprimiéndolos fuertemente. Su agitación se volvió aguda gradualmente al paso de mi boca por su abdomen hasta aterrizar sobre su erección. Me detuve desconcertándolo. Lo miré enternecidamente y me levanté un poco para abandonar al vuelo un beso en su frente.

–Cuando pienso en ti, viene una canción a mi mente…– Dije acariciando su cabello.

– ¿Oh sí? ¿Puedo saber qué canción es? Seguramente es una samba. – Dijo Marcos entre risas controladas para no retentar las heridas ya curadas.

–Quiero que la escuches. La tengo en mi teléfono. ¿Dónde lo puedo conectar?

–Ahí en la vitrina donde tomaste las velas, abre el vidrio y están las bocinas y la conexión auxiliar.

Caminé hasta la vitrina, miré hacia atrás y mis ojos se estrellaron en los de Marcos que misterioso y silente esperaba por mí. Conecté el teléfono y busqué la canción. Presioné el botón de reproducir y dejé que la música llenara la casa y rebotara en las paredes para introducirse en nuestros sentidos hasta llegar al alma. Regresé a Marcos, dando giros pretendiendo ser una bailarina de ballet. Él soltó leves risas y aún sentado, miró arriba encontrándome, puso sus manos en mi cintura, abrazándome y abarcándome completa. Soy un papiro entre sus dedos. Su toque para mi es el equivalente a la combustión espontánea. Arde y quema donde posa sus dedos, ese ardor delicioso de vida y de placer borboteando hasta llevarme a la locura, donde el razonamiento no funciona, donde los sentidos me traicionan, donde el sexo se prodiga y todo lo roba, donde él es absoluto y yo lo complemento.

–Que hermosa canción mujer. ¿Cómo se llama? – Preguntó Marcos exprimiendo mis alientos, imponiendo dulcemente sus manos en mi cintura, dibujando círculos con sus pulgares en mi vientre.

–Se llama “All The Wild Horses” de Ray Lamontagne. Es que… Desde el momento que te conocí… para mí fuiste como un corcel marcado por la vida y esos tatuajes son como pequeñas leyendas que revelan algo que tal vez no pudiste decir con palabras. Eres un caballo salvaje, tu libertad fue como un río que me arrastró cuando me ahogaba de dolor y frustración aquella noche… la noche del camaleón. – Mientras mi boca dejaba libres las palabras, mis manos estrujaron contra mi pecho la cabeza de Marcos. Sé que mis latidos aturdirían su oído, mi corazón era un loco caballo galopando hasta el fin del cielo.

–Nadie nunca me había dicho tan bellas palabras. – Dijo Marcos, susurrando cada palabra al ritmo del estremecimiento de su piel junto a la mía.

–Nadie nunca había hecho un tatuaje en mi cuerpo y al mismo tiempo cambiando mi vida hacia otra dirección.

Marcos desabrochó el botón de mis pantalones vaqueros amarillos y deslizó sus dedos clandestinos hasta dentro de mis bragas descubriendo mi pubis como si fuera una flor exótica en medio de la selva. Traté de mantenerme firme y de pie en la realidad pero el éxtasis me incitó a flotar y desfallecer en la convulsión de un orgasmo. Acompañada de la melodía de los violines de la canción de Ray, me convertí en un caballo, junto a Marcos nada podía herirnos, circundados de un paraíso lleno de promesas. Caí rendida sobre los hombros de Marcos. Me sostuvo y me sentó en sus piernas. Recobré paulatinamente mi lánguida respiración. Me clavé como dardo en sus ojos, esos ojos eran mi lugar favorito en el mundo, un lugar al cual no podía pertenecer.

– ¿Cómo es que un hombre tan hermoso como tú aún está soltero? – Pregunté y besé sus labios. Marcos fue envuelto por un silencio delator. Un silencio que revelaba más de lo que cualquier respuesta podría decir. Bajó la mirada queriendo escapar de mí.

–Yo… En realidad estoy casado. – Respondió Marcos tosiendo, impregnado de zozobra.

–Oh… Casado…– Las palabras y la idea en mi mente de saber a Marcos casado rompió mi ya roto corazón. Los trozos ahora eran polvo y mi dignidad femenina había sido acribillada impunemente.

–Ella está en Rio de Janeiro. Nunca ha venido a México y hace tres años que no la he visto. Pero tú me encantas. Tú me fascinas. Siento cosas por ti. Cuando te vi en el bar en Polanco, fue como celebrar la independencia y quemarme en sus fuegos artificiales.

–Sabes algo hermoso, por más que quiera quedarme, por más que quiera quererte y por más que anhele sentirte Noel está en mi corazón con todo y sus rajaduras y penumbras. – Un nudo en mi garganta impedía mi llanto.

– ¿Es porque soy casado?

–No. Ojos que no ven, corazón que no siente. Dicen… pero debo volver con Noel y ayudarlo a salir. Abogar por él. Defenderlo aunque sea indefendible.

– ¿Debes o quieres?

–Debo volver y quiero abrazarlo y cuidar de él. Noel es un niño asustado y dañado en el cuerpo de un hombre. Estoy enamorada de él aunque hoy me haya insultado. Creo que me lo merezco, al fin de cuentas, le resté un amigo y le he causado una enorme humillación. Sé que ésta noche será la causa de muchos escándalos.

–No voy a detenerte, si quieres irte…– Marcos me liberó de sus manos y me alejé rápidamente evitando arrepentirme, intentando recuperar el equilibrio.

–Eres un corcel y ésta noche no me apetece jugar con tu encadenada libertad. Y aunque tu toque divino me funde y me deja como oro líquido sobre las llamas, no puedo, simplemente no puedo traspasar la intimidad contigo ésta noche. – Volví a él como abeja a la flor, fiel y sedienta, besé por última vez sus labios, miré aquella golondrina en su pecho. Cerré los ojos y apreté los dientes, derramando una lágrima y digiriendo la desolación.

Me coloqué las zapatillas, arreglé mi cabello y esperé en la puerta un taxi que había pedido minutos antes por teléfono. Dentro del taxi, llamé al asistente personal de Noel quien ya estaba en la delegación con un abogado tratando de sacar a Noel. Lo llevaron al “Torito”, un lugar donde llevan a ebrios y otros tipos de almas en pena.

Ya dentro de las frías y austeras instalaciones del Torito, esperé sentada en la silla de la oficina de un agente, con Marcos sacudiendo mi cabeza y Noel latiendo en mi corazón. Debía sacudir los demonios de mi mente, debía exorcizar el primoroso recuerdo de Marcos tatuado en mi humanidad. Hablé unos minutos con el furioso representante de Noel. Le expliqué lo que había sucedido, maquillando los hechos para hacer más afable la reacción de Noel y justificar los golpes y el caos. Al final de la noche, Noel fue el héroe que me salvó de ser abusada por un ebrio brasileño tatuador.

A las nueve de la mañana después de firmar varios papeles y pagar una multa de cinco mil pesos, dejaron salir a Noel. Lo esperé al final del pasillo junto a la puerta de salida. Cuando me vio, quiso esconderse en sí mismo, avergonzado y fermentado en su resaca. Caminé a él y lo abracé fuertemente, imploré perdón en su oído, murmurándole palabras de aliento. Le dije que era mi héroe y que juntos íbamos a salir adelante. Ambos sabíamos claramente que las cosas se iban a poner feas y amargamente lluviosas. Y justo mientras caminábamos tomados de la mano hacia la puerta de salida, los fotógrafos y dos reporteros esperaban afuera como hienas y se lanzaron sobre nosotros con preguntas, cegándonos con los flashazos y haciendo trizas nuestra delgada tranquilidad. El asistente personal obligó a los camarógrafos a alejarse y respondió sus preguntas cordialmente con lenguaje encriptado de político, usando eufemismos ante la notoria mierda que Noel y yo éramos.

En el camino rumbo a su departamento el silencio se había zurcido en nuestras bocas. Su mano aún estaba entre la mía, sentía su calor e inconscientemente ambos trabajábamos a jordanas forzadas para derribar los muros que se habían erigido entre nosotros.




*****


             

Después de dormir una siesta reparadora de cuatro horas en la cama de Noel, abrí los ojos y lo vi sentado en la orilla de la cama, absorto en la televisión encendida, con el control remoto en una mano y una botella de vodka en la otra. Esperaba algo impacientemente, su cuerpo se movía con terca ansiedad. Hasta que apareció la imagen de una conductora  pálida y gris dando la anticipada noticia.

En la madrugada del día de hoy a las dos y media de la mañana en Polanco, en la calle Mazaryk fuera del bar Andiamo fue detenido Noel Jáuregui, líder y vocalista de la banda de rock mexicano Zion. Los motivos de su detención fueron una riña con otro sujeto cuya identidad permanece como desconocida. El estado de ebriedad evidente del artista aunado al consumo de cocaína y otros estupefacientes fueron los posibles detonantes de los sucesos. Su abogado reveló en una conferencia de prensa ésta mañana que después de haber pagado una multa de un poco más de cinco mil pesos fue puesto en libertad. Las razones de la pelea fuera del bar están siendo reservadas herméticamente aunque fuentes cercanas han contado a los medios que la trifulca podo haber iniciado cuando un extranjero proveniente de Brasil intentó abusar de la novia de Noel Jáuregui. El cantante y un miembro de la banda llamado Salvador Ochoa fueron remitidos al Centro de Sanciones Administrativas y de Integración Social popularmente conocido como El Torito. Los policías que hicieron la detención supusieron en un principio que los alcoholizados agresores habían descendido de un auto y después de no haber pasado la prueba del alcoholímetro fueron esposados y puestos a disposición de los agentes encargados de darle seguimiento al caso. En las imágenes podemos ver a Noel oponiéndose al arresto, insultando y amenazando a los medios y a los uniformados. Su estatus de estrella en el mundo de la música no le da derecho a éste hombre ni a nadie de irrespetar a las personas que protegen a la ciudadanía ni mucho menos hacer desmanes y destrozos en la vía pública. Éste es un tema que discutiremos en la noche. ¿Cuál es el límite entre una ‘estrella’ y un simple mortal? ¿Por qué las autoridades son tan permisivas con las personas que gozan de fama y fortuna? No se vayan. Después del corte, el debate.”

El rostro abatido de Noel, ennegrecido por las malas noticias y la crueldad de la conductora del programa noticioso, burbujeaba de frustración y rabia. Se levantó y caminó alrededor de la cama en un vaivén de locos. Sonó su teléfono celular y contestó dándome la espalda.

–Si, dime. ¿Quién les dijo eso? ¿Es oficial? Con un carajo. Pues diles que chinguen a su madre. No necesito nada de ellos. – Gritando entre insultos arrojó el teléfono a la pared. Yo tenía curiosidad de saber qué le habían dicho que lo había llevado a la frontera de la psicopatía pero tenía miedo. Escalofriante y trémulo miedo.

– ¿Qué pasa Noel? 

Noel caminó hasta mí. Yo me senté en la cama mirando a la puerta preparada para huir. Noel se arrodilló y golpeó su cabeza con el puño, llorando irasciblemente.

–El mayor de los patrocinadores de nuestra gira ha retirado su apoyo. Están molestos conmigo, inclusive Chava está furioso. Me están dando la espalda. ¿Qué voy a hacer? – Tomé su cabeza entre mis manos y froté suavemente sus sienes para intentar serenarlo. Besé su frente y mojé mis labios con sus lágrimas. Diligentemente le quité de su mano la botella de vodka a medio terminar y la asenté sobre la mesa de  noche,  me deslicé de la cama al suelo lentamente y envolví su cuerpo con mis piernas. Frente a frente, respirando de su aliento, arribamos a un lugar taciturno pero sosegado y lejano de la tormenta. Coloqué mis manos alrededor de su cuello y regalé la mejor de mis sonrisas.

–No importa que digan de ti en la televisión. Por eso yo no tenía televisión en mi apartamento ¿recuerdas? Odio los chismes y las patrañas que dicen. Calumnian a quien se les place y no reciben su castigo. Esa mujer incongruente exige una pena más severa para ti sin saber qué ocurrió pero  ¿a ella quien le da su merecido por difamar tu nombre?  Tú simplemente hiciste lo correcto. Yo cometí la indiscreción de acostarme con tu amigo. El error me pertenece y yo soy quien debería de ser castigada y juzgada a nivel nacional en el noticiero.

–Nada de lo que digas o de lo que yo haga cambiará lo que pasó pero quiero pedirte perdón. No hay palabras que puedan expresar lo sucio y desgraciadamente asqueroso que soy y como me siento. Me amas y te amo y anoche no honré lo que somos…– Noel dijo, mordiendo su estremecido labio inferior, derramando una pequeña lágrima.

–Te amo. Si mi amor no es suficiente para salvarnos entonces nada podrá hacerlo y terminaré dándote la razón. Estamos perdidos.

– ¡Cállate! ¡Cállate! – Gritó Noel golpeado con sus puños su cabeza, desesperado, hecho trizas, confundido como un niño extraviado.

– ¡Pues si tú te vas abajo yo me hundo contigo! – Desgarré desde lo más profundo esas palabras de dolor y derramé en mi boca y más adentro el vodka, amargo, ardiente, seco y cruel vodka. Los ojos de Noel se abrieron, asustado, me sacudió por los hombros, haciéndome reaccionar, devolviéndome a la realidad de la cual quería escapar. Todo lo que tenía era Noel, con gira o sin ella. Noel era mi hogar, Noel era mi amor, Noel era mi vida, mi despertar, mi placer y mi melancolía. Noel se había convertido en mi respiración, alcoholizada y enmarañada respiración. Noel lo era todo y sin ello me quedaba nada en las manos.

–Ya amor. Ya mujer. Detente. – Noel me abrazó, arrebató la botella casi vacía de mi mano y la arrojó a la pared rompiéndose en diminutos pedazos. Yo era esa botella. Vacía, hecha trizas, hueca y sin salvación.

–Yo te amo…– Todo lo que recuerdo fue el calor de su cuerpo circundarme. Caí en un recóndito sueño, oscuro, solitario.

Cuando desperté, presa de una implacable migraña, con la garganta seca ya había amanecido de nuevo. Me levanté procurando no caer, el malestar estaba matándome. No volveré a tomar vodka directo de la botella. Es veneno transparente que te aleja del dolor pero te somete al infierno. Busqué a Noel por todo el departamento. Decidí llamarle por el teléfono. Después de varios timbrazos contestó una mujer, la voz ronca y engreída pertenecía sólo a una persona, Eloísa. Intenté hablar pero una acre tristeza enmudeció mi voz, presioné el botón de finalizar la llamada y volví a la cama, sepulté mi cuerpo bajo las sábanas y los cobertores convirtiéndolos en mi capullo. Pensé que si dormía una eternidad, despertaría siendo una mariposa libre y reinventada. Un voraz agujero en mi pecho comenzó a expandirse. Volví a llamar a Noel y una vez más respondió Eloísa.

–Groupie, ponme en la línea a Noel. Necesito hablar con él. – Mi voz era cortante y mordaz.

–Déjalo en paz. Noel está dormido. No sé qué es lo que le estás haciendo pero desde que llegaste a su vida, está más jodido que nunca. Puedes hacerme a mí lo que quieras pero a él déjalo tranquilo o lo pagarás muy caro. – Eloísa amenazó murmurando. Tal vez no quería despertar a Noel. Cada palabra fue como una navaja clavada en mis manos y mi pecho, sé que en el fondo tenía razón. Yo soy nociva, inevitablemente nociva y sin fijarme en los daños, había acorralado a Noel al abismo que ha infectado mi vida desde que tengo memoria.

–Voy a decirte esto una sola vez. Noel es mío, maldita ramera. Tu tiempo ya expiró. Ya no eres la abeja reina, ya no eres su amante. Eres basura. Regalada basura. Él podrá ir y drogarse contigo pero siempre volverá a mí porque nadie le hace sentir lo que yo…– Terminé la llamada, amargada y paralizada sin darle a la malgastada groupie la oportunidad de escupir su réplica. Dejé caer el teléfono al suelo. Salí de mi refugio entre los cobertores y busqué imparable en los cajones de la cómoda y los burós de Noel hasta hallar dentro de un calcetín una bolsita con polvo blanco.

Tenía dos opciones. Seguir siendo quien era y perder eventualmente a Noel en los brazos de Eloísa quien todo le daba y todo le permitía compartiendo su libertinaje y sus vicios o competir contra ello y superarlo. ¿Qué tan mala puede ser la cocaína? Está estigmatizada. Pensé, buscando alguna excusa o razón que mitigara la pena e hiciera benévola la droga. Imité el ritual de Noel, bosquejé una línea fina del polvo sobre la lisa y brillante superficie de la cómoda.

No soy buena para nadie ni para nada. Todo lo que sé hacer es ser mujer y hacer el amor como nadie. Soy consciente de que soy un fruto jugoso y codiciado, no tengo un peso a mi nombre y mis talentos se reducen a usar la boca como una ventosa letal y mi sexo como el ancla que te arranca de tus sentidos terrenales y te ata a un edén de oníricas visiones y texturas. Mi corazón es una pesada carga, un puñado de ajados sentimientos y reverdecidas esperanzas. No tengo el coeficiente intelectual de los genios que crean la salvación de la humanidad, no tengo la codicia de los ricos ni la amargura de los pobres, no soy inocente pero puedo jugar a serlo, puedo ser el aire o ser la más leal caricia que nunca te abandona, puedo ser agua y bullir en tus venas o ser ajenjo francés y embelesarte la razón. Soy mi reputación y es todo lo que resta de mí tras el paso de la catástrofe. Mi reputación arañada y recién follada, eternamente.

La única manera de permanecer junto a Noel y hacerlo adicto a mí era descender a la tiniebla de su universo y encontrarlo ahí, aferrándome, volviéndonos uno solo dentro de una imperfecta burbuja llena de orgullosos espíritus, agonizantes.

Un extraño frío se filtró dentro de mis poros, me incliné un poco haciendo mi cabello hacia atrás con mi mano. Noel volvió a mi mente, vagando como un perdido león, la mirada en blanco, sus labios secos y sus arranques desenfrenados, violentos y peligrosos para él y su mundo, nuestro mundo. Miré fijamente la línea como si ésta fuera la frontera que divide dos naciones, al cruzar ésta línea la vid iba a ser diferente. Iba a consumir ese polvo que tenía preso a Noel, me preguntaba si yo quería ser prisionera de él y junto a su costado. ¿Lo merece? ¿Lo merezco? Éste será mi último aliento, pensé. Pase lo que pase, tengo que respirar purgando los demonios o prendiendo fuego a los ángeles. Tenía que respirar. Tenía que respirar. Por Dios, tenía que respirar…


Dime... ¿Qué hubieras hecho tú?



 


FANYA: CONFESIONES DE UNA EXHIBICIONISTA DESEMPLEADA -LOS ECOS DEL CAOS-


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