CONFESIONES DE UNA EXHIBICIONISTA DESEMPLEADA: LA CASA DE TUS BESOS Y EL CAMALEON
LA CASA DE TUS BESOS Y EL CAMALEÓN.
Mi mente y mi cuerpo fueron desclavados del profundo sueño en el que me encontraba flotando. La culpable era una canción que Noel dejó tocando en el reproductor. “I’ll Be Your Baby Tonight” de la afligida y vivaz voz de Bob Dylan. Sacudí mi cabello para despertarme por completo y al abrir los ojos y ser llenadas mis pupilas por la luz que salpicaba el sol a través de mi ventana con las cortinas entreabiertas, descubrí una rosa roja y una pequeña nota de papel cartulina con las orillas quemadas.
“Cierra tus ojos
Cierra la puerta
Ya no tienes por qué estar preocupada
Porque seré tu amante ésta noche…
Soy tuyo para toda la vida”
Como una adolescente delirante abracé la rosa y la presioné contra mi pecho, tomé la nota y le di un beso. Comencé a bailar al ritmo de Dylan sobre mi cama; esa vieja amiga habitada por una loca enamorada semidesnuda, sostén a medio abrochar y bragas blancas que ardían de emoción, esa torpe enamorada de un ángel caído. Exiliada en los brazos de un poeta, enredada y comprimida entre las cuerdas de una guitarra.
Caminé bailando por toda la casa. Noté a primera vista que Noel no se encontraba. Fui a la cocina e inmediatamente percibí que algo lucía diferente. Abrí la alacena y el refrigerador y todo había sido llenado con cereales, sopas instantáneas, carne, legumbres, guisantes, yogur, leche, pan, galletas de avena y nuez, frutas, verduras y dos six pack de cerveza XX Lager. Sonreí como una estúpida embobada y enternecida al ver mi cocina rechoncha de alimentos y amor. Me serví un poco de cereal con leche para estrenar lo que Noel había comprado y me fui a la sala saboreando el dulzor de las crujientes hojuelas. Llegué al reproductor de música mientras la melodía se desvanecía al sonido de una armónica condenada a amar. Me senté en el sillón, mojada de pensamientos y recuerdos; aún sentía los pinchazos de Noel en mis entrañas, sentía el escozor que dejó su barba alrededor de mis labios, los pequeños mordiscos que esparció sobre mis senos; me dolía el cuello por dormir toda la noche acurrucada, entretejida entre su deliciosa y espigada anatomía. No lo sentí irse. Tuvo tiempo para ir a comprar y volver y para escribirme esa hermosa nota, dejarme esa flor en la cama y dejar la música para que fuera ella quien me diera la bienvenida a la vida en esa bella mañana. Pensé: “Ese hombre sí que sabe ser romántico, vulnerable, sensible y al mismo tiempo masculino”. Volví a tocar la misma canción y vino a mi mente la mañana después de la debacle del concierto, las groupies, la abeja reina de gran trasero y tatuaje de libélula en el brazo, la litografía marcada por mi boca y la canción de Nancy Sinatra. En esa ocasión Noel tomó la letra de “Bang Bang” por mis pensamientos, pidió perdón por haberme herido y lo salvé de su atormentada existencia, salvándome a mí misma del infierno en el que comenzaba a hundirme. Creo que Noel y yo encontramos una nueva manera de comunicarnos la cual nos facilita decir cosas que a veces no sabíamos cómo decir y esos sentimientos que a veces no podíamos interpretar. La música era el nuevo lenguaje entre los dos, para entendimiento íntimo y personal. Él es músico, artista y yo me adentraba poco a poco, cada vez más en el mundo donde los cantantes que el mundo idolatran se muestran como son, crudos y sin editar gracias a que ahora tenía una invisible pero poderosa credencial de “All Access” por ser la flagrante novia de ese tortuoso ser de bellos labios y ojos melancólicos.
Después de una tibia ducha y de vestir mi cuerpo con una minifalda vaporosa de suave seda, una blusa de tirantes con estampado de flores y un par de tenis Converse, hice un par de coletas en mi cabello, maquillé mi rostro tenuemente con colores rosas y perfumé mi cuello y mus muñecas. Me miré al espejo y mis ojos chocaron con la Lolita que quería ver en mí. Misión cumplida, pensé y volví a la cocina para engullir una manzana. Mi pequeño almuerzo fue interrumpido por un par de toquidos fuertes y bruscos en la puerta. Fui a la entrada sabiendo que no era Noel ya que el tenía llaves del departamento.
– ¿Quién es? – Pregunté tímidamente.
–Soy el arrendador señorita Fanya. Ábrame. Me urge solucionar el adeudo que tiene conmigo por ésta propiedad. – Dijo Don Antonio, el dueño del departamento donde he vivido los últimos tres años. Después de Julián y el poco dinero que me dejó, tras dejar de tomarle fotos y por continuar desempleada, había dejado de pagar la renta. Dejé de intimar con mi “patrocinador” por serle fiel al Sevillano, dejando de recibir la remuneración económica por las sesiones de masaje, el sexo oral y otras perversiones, ahora arrastraba una deuda de seis meses, quizá más tiempo. Era mucho dinero. Temía ser desalojada. Abrí la puerta y entró el casero rudamente acompañado de dos guardaespaldas, matones. Qué se yo.
– ¿Qué le pasa? No puede entrar así. Mientras yo viva en éste departamento, éste lugar me pertenece. No soy una mujer indefensa. – Grité furiosa. Don Antonio recorrió la sala de estar viendo de arriba hacia abajo, inspeccionando el estado del departamento.
–Ésta es mi propiedad y mientras no pague señorita, nada de aquí le pertenece. – Replicó arrogantemente mientras sus matones revisaban en la habitación y el baño.
– ¿Qué va a hacer? ¿Me va a embargar? No tengo nada valioso pero si eso ayuda a que se largue de aquí, llévese lo que quiera. –
–No. Definitivamente no voy a embargarle. Sería una pérdida de recursos y de tiempo. Tiene veinticuatro horas para finiquitar su adeudo o vendré con una orden de desalojo y la pondré con sus escasas cosas en la calle. – Escupía Don Antonio esas palabras, mirándome como si viera un insecto, barriendo con sus ojos las paredes carentes de cuadros u obras de arte, la sala que sólo contenía un mísero y desgastado sillón, la pequeña vitrina donde tenia mi reproductor de música. Soy una mujer que ama a través de la materia mas nunca he sido materialista.
–Haga lo que quiera. ¡Fuera de aquí! ¡Largo rufianes! – Grité empujando hacia fuera de la puerta a los dos matones, Don Antonio me miró amenazantemente y aporré la puerta con violencia para después romper en llanto e incertidumbre. No quiero abandonar éste departamento, no quiero dejar mi casa, no quiero dejar mis recuerdos, pensaba. Mi mente era devorada por todos los momentos buenos y malos que he vivido en mi casa, pese a que la miseria económica es evidente, siempre llamé hogar y sentí el calor del mismo entre las paredes del apartamento del cual al próximo canto del gallo iba a ser desterrada. Viví la vida que pocos se atreven a vivir en mi hogar. Mi departamento en el onceavo piso en la colonia Roma. Cerca de todo y de todos y aunque no soy la más sociable, en mi habitación, bajo mis sábanas la sociedad se reinventaba, la historia se reescribía. Lo iba a perder todo.
*****
A las ocho de la noche Noel no había vuelto, tenía los ojos enrojecidos e hinchados a causa del incontrolable llanto. Me sentía despojada, miserable, impotente. No temía a la ausencia de Noel pero lo necesitaba demasiado. Mi insultaba por dentro por no tener un teléfono móvil para llamarle o localizarle para implorarle que volviera y me ayudara. Preparé te, abrí la caja de galletas y merendé sola a la luz de una tenue y agonizante vela, sentada en flor de loto sobre el lugar diseñado para un comedor que a causa de mi presupuesto, no existía en mi departamento. Me corregía a mí misma. No es mí departamento. No es mío aunque more en el, no es mío.
Volví a la cama. Ya acechaba el olor de la media noche y mi corazón comenzaba a dar tumbos de miedo y unas inescudriñables náuseas abarcaban mi estómago. No me atrevía a pensar en la posibilidad. ¿Y si Noel me abandonó? Busqué la nota y la flor, sentí un poco de alivio al leer las palabras. Es mío, todo mío, repetían mis entrañas sin poder saciar el vacío que me consumía. De repente el ruido de las llaves y su voz llenó el departamento.
–Mujer, amor… ¿Dónde estás? Te tengo una sorpresa. – Exclamó Noel empachado de felicidad. Me levanté de la cama y fui a donde él estaba junto al reproductor de música mientras buscaba insistentemente una canción hasta que la melodía nos envolvió. “Hey Jude” de Los Beatles. Esa canción describía mi desesperada tristeza. ¿Cómo podía oler Noel mis estados de ánimo? ¿Tendrá un sexto sentido del cual no me ha hablado?
–Hola…– Dije casi murmurando, sin poder ocultar que había estado llorando. Los gestos de Noel, frunciendo el ceño delataron su preocupación. Me abrazó fuertemente.
– ¿Qué pasa bellísima? ¿Por qué lloras? –Susurraba, acariciando y oliendo mi cabello.
–Vino el dueño del departamento y si mañana en la tarde no le pago, va a desalojarme. – Al momento de decir la palabra “desalojar” las lágrimas volvieron a fugarse de mis ojos.
–Sabes. Manda todo a la chingada. Manda a ese cabrón a la verga y tú te vienes conmigo. No necesitas ésta mierda. –Dijo Noel con su voz embravecida sin llegar al enojo. Su mirada enmarcada por sus hermosas y pobladas cejas y pestañas escondía una sorpresa, una sonrisa.
– ¿Qué es lo que ocultas? –Pregunté sonriendo. Noel me estrujó y comenzó a bailar conmigo ese hermoso clásico de Los Beatles. Rozando lentamente su pubis contra el mío.
–Nos movieron una fecha. Mañana nos vamos de gira. Cantaremos en veinte ciudades. Estaremos al menos de tres a cuatro meses fuera de la ciudad de México aunque podemos volver siempre que queramos. – Confesó sonriendo de oreja a oreja, con su mirada de cachorro, irresistible. No pude negarme. El viaje de su gira no podía venir en mejor momento.
–Pero cuando vuelva… ¿Dónde voy a vivir?
–Hermosa, eso no tienes ni qué preguntarlo. Vamos a vivir juntos, en mi departamento. Ya lo conociste. ¿Te gustó? –Dijo Noel besando mi frente. Terminó “Hey Jude” y comenzó a reproducirse “Love Song For A Vampire” de la inconfundible Annie Lennox. Sonreí recordando cuántas veces he llamado “vampiro” a Noel en mi mente tras cada sensual y letal mordida que dejaba en mi cuello.
–Amé tu departamento. Parece un pequeño museo de arte abstracto, como tú. Lo amo. Te amo. Vampiro. – Lo besé en los labios, sobre su bigote y deshizo las coletas de mi cabello. Besó mi cuello, lo mordió delicadamente, besó mi hombro, siguió bajando con su boca hambrienta de mi piel hasta llegar a mis senos, me despojó de mi blusa, sentí su erección hacerse presente, pinchando mi vientre. Humedeció mis pezones con su saliva, los lamió circularmente matándome del antojo y la excitación. Lo quería adentro de mí. Lo quería ya pero me dejé arrastrar en su suave ritmo, como si estuviéramos bailando al compás de la canción de Lennox.
– ¿Soy un vampiro para ti? – Preguntó Noel, jadeando, succionando mi barbilla.
–Eres mi vampiro. Quítame la vida. Bébeme. – Supliqué, bajándome las bragas sin pedir permiso a su mirada, temblando, con la piel erizada.
Me llevó a la cama, echando en ella mi trémulo y caliente cuerpo. Me quitó los tenis Converse sonriendo como si pensara “¿Qué voy a hacer con ésta mujer?” y bajó su boca hasta mis pies, lamió dedo por dedo, mordió mi talón y frotó la planta de mis pies con su lengua, haciendo lenta la tortura, mi vagina húmeda e hirviente lo reclamaba. Arrulló mis tobillos y mis pantorrillas entre sus manos y sus largos y delgados dedos, como los dedos de Adrian Brody en “El Pianista”, sus dedos indisputablemente eran de pianista y sabían en dónde tocarme. Su nariz olfateó de mis pies hasta mis rodillas, se acomodó sobre mí, arrodillado, yo apenas si podía yacer recostada, el placer me retorcía. Su boca brillante, reluciente besó mi pubis, dejando besos arriba hasta mi ombligo y más abajo en el perineo usando la lengua como espada ahuyentando miedos, fantasmas y memorias. Olvidé el mundo fuera de nosotros, fuera de la alcoba, fuera de su cuerpo, fuera del mío. Su aliento humeaba en mi interior hasta perforar mis venas. Tomó mi cadera entre sus grandes manos, esas manos que me siembran y me cosechan, me abren, me destruyen, me recrean. Me jaló hacia él, dejándome sentada a la orilla de la cama, miró mis ojos con esa mirada de que el final ha llegado y aunque el “nosotros” claramente no había terminado, iba a terminar una etapa de mi vida, mi vida en ese departamento, mis recuerdos aunados con todos los que forman parte de ellos se desvanecerían, yo iba a dejar la vida atrás para renacer. Su mirada me leía esperanzada, lo miré como si él fuera la última gota de agua en el desierto porque indudablemente él curó mi sed de vida y placer. Besé su cabello hasta emborracharme, abrí mis piernas y tomé su mano, introduje al mismo tiempo su dedo índice y el mío muy dentro de mí pausadamente. Se puso de pie y me tomó de la cintura arrojándome a la cama, quedando boca arriba, me hizo sentir como una hoja de papel, ligera, vacía pero lista para ser inundada de poesía, música y amor.
–Tu cuerpo es mi casa. Es todo el hogar que necesito… Hmmm… Aaahg. – Dijo un gimiente Noel, con la respiración entrecortada, introduciendo entre mis piernas todo su esplendor.
–Soy tu casa. Sí… Ay amor. Soy tuya. Soy tu… Así… Así… Más fuerte. Rómpeme. Hazme pedazos y llévame en tus zapatos. – Grité, clamando, a punto de estallar.
–Despacio mujer. Con calma. Tu boca es mi vida; quiero vivir eternamente en ella. – La velocidad de su cadera fue aumentada gradualmente obedeciendo mis ruegos. Contemplé su rostro perdido en algún rincón donde el placer y el sexo es la Divina Comedia. Sentí un líquido caliente recorrerme y llegar hasta mi pecho, dejó caer su cuerpo sobre el mío, fatigado y sonriente, con la mirada trinando, colocó su cabeza en mi senos, exactamente sobre mi corazón sintiéndose ese momento como un interminable y gozoso dejá vú.
*****
Abrí los ojos a las nueve de la mañana, busqué hambrienta a Noel quien aún seguía entregado a los brazos de Morfeo. Mi cerebro fue agitado impetuosamente al recordar que esa era la última vez que iba a despertar en mi alcoba, esa alcoba. Tomé una ducha y me vestí con unos jeans rotos, una blusa holgada con pequeños orificios, con una frase estampada al frente “We were born free”. Nacimos libres. Nací libre, sin casa ni pertenencias. Con esa filosofía fue menos doloroso empacar los libros perdidos y los discos que tenía ocultos, olvidados bajo ropas sucias. Pedí al portero del departamento cajas y bolsas. En ellas introduje fotos, mi diario, secretos, risas desgastadas, besos arrebatados, sexos taladrados, abrazos obsesivos, manos aguerridas, almas regaladas. Tomé el iPhone de Noel y me puse los audífonos para escuchar música sólo para mí, para no entorpecer su sueño. Con Noel aprendí que la música es un lubricante emocional que hace menos ásperas las penas y más espesas las dichas. Después de presionar el botón “Reproducir” una guitarra con un leve eco comenzó a retumbar en mis oídos, una melancólica sucesión de notas seguida de una voz femenina, delicada, dulce, sangrando dolor y esperanza. “Bleeder” de Emiliana Torrini. Lánguidamente más obligada que complacida terminé de empacar mis pocas ropas y mis demasiadas ganas de sobrevivir. Noel despertó, me regaló una sonrisa, estiró su hermoso cuerpo, dio un largo bostezo y se levantó, se dirigió a mí para darme un beso y se escapó de prisa al baño. La música prolongaba su existencia en mi cabeza. Asomé mi mirada a la ventana por última vez. Escribí una nota despectiva al dueño del departamento. Fui a la sala de estar, repetí la misma desgraciada canción, le di tiempo a Noel para que se vistiera. Me diluí en la música y cuando volví atrás mi cabeza vi a Noel en la cocina preparando el desayuno. Me sirvió una deliciosa ensalada de frutas bañada en yogur y él comió cereal. Le devolví a Noel su iPhone.
–Tienes un excelente gusto musical.
–Creo que tengo mejor gusto respecto a las mujeres. – Dijo guiñando un ojo.
–Yo prefiero mil veces la música que las mujeres. – Dije riendo, olvidando el dolor que me acuchillaba por dejar inminentemente el departamento.
–Yo te prefiero a ti. – Aún con cereal en su boca, me dio un beso con la punta de sus labios y seguimos desayunando. Un rato después bajó todas las cajas y bolsas hasta su auto en el estacionamiento del edificio.
Ahí estaba yo. Dejando la que había sido mi incondicional casa. Sé que las paredes sabían que me iba forzada por las situaciones y la escasez de dinero en mi bolso. Saben que siempre llevaré en mis neuronas y en mis células gratitud por todo lo que hicieron por mí. Dejé la nota para Don Antonio en el suelo junto a la puerta, salí, suspiré hondamente y cerré con llave. Vi al portero a dos puertas de mi departamento, llevaba periódicos en sus manos; le pedí que cuando viera al casero le entregara el llavero y un profundo agradecimiento de mi parte.
Bajé hasta el estacionamiento, me encontré con Noel encendiendo el auto, abordé el lado del copiloto y nos miramos sin decir palabra. Sonrió y puso en marcha “la nave”. No miré hacia atrás para no desmoronarme. Ya me sentía desquebrajada pero no quería romper la frágil calma que imperaba en el interior del automóvil con mi llanto. Al llegar a su departamento, descendió y llevó adentro todas mis pertenencias. Sintiéndome hueca e insatisfecha introduje mi friolento cuerpo hasta su sala de estar. Me senté, aún sin mencionar nada. Vi a Noel hablando por teléfono, riendo emocionado y volvió a mí.
– ¿Ya estas lista amor? Ya vienen por nosotros. Mañana en la noche tocamos en Puebla. Ahorita vienen por nosotros. – Sonreía Noel como niño, destellando emoción.
–Sí. Estoy lista para irme contigo a donde sea que me lleves. – Correspondí a su emoción con una sonrisa pequeña pero sincera. Puse de nuevo mi bolso en mi antebrazo y salí con Noel cuando escuchamos el chillido de un claxon. Una camioneta Van gris manejada por Federico, el personal manager de Noel y los integrantes del grupo Zion. Noel lo saludó efusivamente y abrió la puerta lateral, me metí y él tras de mí. Cerró la puerta y emprendimos el viaje. Nos dirigíamos rumbo a Puebla.
– ¿Quién es Paola? –Pregunté repentinamente, rompiendo el silencio que ya había erigido muros. Noel me miró alterado.
– ¿Perdón? No sé. ¿A qué te refieres? – Masculló las palabras frunciendo el ceño.
–Una de tus canciones se llama Paola. Sentí tu alma mientras la cantabas. Enfatizaste tus emociones con cada palabra. ¿Quién fue Paola en tu vida? ¿Sigue existiendo Paola en tu vida? – Pregunté levantando la ceja, desafiante, altiva pero con un tono de “quiero divertirme” escondido en mi voz.
–Oh. De esa Paola hablas. – Respondió aliviado.
– ¿Pues cuántas Paolas hay en tu vida? – Pregunté reincorporándome en mi asiento, mirándolo fijamente. Exigiendo la verdad.
–Sólo esa Paola pero no sabía de qué hablabas hasta que mencionaste la canción. Paola es un fantasma. Paola es para mí lo que para ti es Julián. – Respondió dejándome boquiabierta y con urticaria en mi cabeza.
– ¿Cómo sabes de la existencia de Julián? – Pregunté abiertamente molesta, sorprendida, invadida.
–Leí tu diario. No pude evitarlo. Fue reconfortante saber más de ti. Te miro y quiero traspasarte pero eres enigmática, eres indescifrable, eres cósmica, eres aguamarina. Paola fue un gran amor, uno lo suficientemente inmenso como para consumirse a la velocidad de una estrella fugaz. La amé y le escribí hace años esa canción pero ahora sólo forma parte de mi antología, tú eres parte de mi presente. ¿Sigue existiendo Julián en tu vida? – Preguntó Noel corroído por la curiosidad.
–Julián es para mí lo que entonces Paola es para ti. Un fantasma, un gran amor, igual de inmenso, igual de fugaz. Nos empachamos del mundo y nos olvidamos de la realidad, ésta nos golpeó devolviéndonos inesperadamente las consecuencias de viejos actos. Él se quedó en Sevilla para convertirse en padre y yo estoy aquí, después de él todo lo que veo, todo lo que respiro, todo lo que vivo eres tú. ¿Puede Dios castigarme por desearte tanto? – Tomé sus manos entre las mías. – Nunca me imaginé viviendo mi ahora, bajo mi carne y mucho menos con alguien como tú. – Dije derramando miel de amor por los ojos, viendo su boca convertirse en una sonrisa alada.
–Amé de ti desde un principio que no sabías quien era yo y me aceptaste con todo y mis defectos y adicciones. – Dijo, besando los nudillos de mis manos.
–Sigo sin saber todo de ti, pero todo lo que he visto y sentido de ti, desde el primer momento hasta éste aliento que nos llevamos a los pulmones, te amo como una condenada a muerte ama la idea del cielo esperándole abierto de brazos. Estoy feliz de empezar una nueva vida y que sea a tu lado.
–Te he visto cambiar de color. Eres un camaleón, bellísima. Eres un camaleón. Mis ojos agradecen a la oscuridad porque tú luz me guía hasta mi destino, me has hecho encontrarme conmigo mismo. – Sopló en mi boca y me besó suavemente.
El viaje no duró mucho, quizás se sintió corto el trayecto en la carretera debido a nuestra íntima, profunda y reveladora plática. Llegamos a Puebla y nos registramos en el hotel donde pasaríamos la noche. Subimos a la habitación visiblemente excitados. En el elevador, junto a una pareja de adultos mayores, tomé el pene de Noel en mis manos, frotando sobre sus jeans, haciéndolo crecer y engordar más y más de pasión.
–Podría cogerte en éste elevador ahora mismo pero no quiero escándalos hoy. No hoy. – Murmuró Noel en mi oído. Los señores en el elevador nos miraban como miembros de la santísima Inquisición.
–Ya estamos a un piso de nuestra habitación. Tengo la boca cansada de hablar. Dios me dio esta boca para hacer más cosas. – Murmuré también a su oído, mordiendo el lóbulo de su oreja, humedeciendo de exaltación su cuello. Siempre se siente tan bien hacer lo incorrecto en los lugares perfectos para ello. Es siempre una tentación. Soy un ratón y quiero mi queso aunque éste se encuentre reposando en el centro de una trampa mortal.
Apenas entramos a la habitación 422 del hotel Holiday Inn saltamos a la cama como dos fieras en celo, lascivas, devorándonos sin misericordia del uno por el otro. Mordimos, lamimos, tragamos, besamos, succionamos, inhalamos, acariciamos, rasgamos, abrazamos, arañamos, cantamos; amamos, con las cortinas abiertas y los corazones rebosados. Su sonrisa retorcida era el ápice de su cuerpo abatido por el explosivo orgasmo que inoculó muy por dentro de mí.
–Nunca me cansaré de hacerte el amor…– Dijo Noel, recostado, desnudo, sudoroso, suspirando, llenando de vigor los rincones de su cuerpo.
–Ni yo me voy a cansar de que me hagas el amor. Pero voy a tener que aplicarme con mis ejercicios de Kegel. Si no hago eso, me vas a dejar más aflojada y estirada que el resorte de mis viejas bragas. – Dije riendo, poniendo mi cadera desnuda encima de la de Noel, montándolo.
–Eres insaciable amor. – Dijo Noel. Colocó sus manos en mis senos, acariciándolos, succionándolos con los dedos como si éstos fueran sus labios y dientes.
–Eres irresistible, tormento mío. – Susurré, haciendo mi cabeza hacia atrás, poniendo la vista en el techo, después lo vi todo en blanco, mi cadera tomó control del mundo en ese instante, levantando de nuevo al soldado caído, reiniciando la guerra, prolongando las agonías que nos reverdecen el alma. Pendiendo de nuestros cuerpos entrelazados en la oscuridad, sus estocadas y mis uñas clavadas en su pecho no necesitaban de subtítulos o interpretes, su piel con mi piel, eran entendimiento total. Idiomas diferentes, inventados por su boca y hablados el sexo, los latidos y el alma. La música nos envolvió, sin preguntarme de donde provenía la canción, “Chained” de The XX seducía mis instintos, volviéndome feroz, haciendo de Noel ceniza, escondiéndonos bajo las famélicas sábanas.
–Eres magia, bellísima, eres luz. Brillas…– Susurró Noel enfatizando cada palabra con una estocada hasta el fondo de mi vientre.
– ¿Será que algún día la vida se cansará de nosotros? Yo me veo contigo hasta el último aliento del sol. – Trepada sobre Noel, jalé su cabello bruscamente para hacerlo sentarse. Puso su cabeza entre mis senos, ahogando su aliento en mis pezones.
–Creo que hemos traspasado las fronteras de la vida y hemos vencido a la muerte. – Murmuró. Después su cuerpo empezó a convulsionar de gozo, explotando juntos en un colorido orgasmo, incandescente, indomable.
*****
Después de la prueba de sonido en el auditorio donde cantarían en la noche, Zion, Noel, algunas groupies, miembros del staff y yo comimos en el restaurante del hotel. Entre bocado y bocado Noel y yo nos entregábamos el alma a besos y sonrisas. Chava nos miraba con recelo y quizá lacerado por un tono más elevado de envidia. Cuando coincidían nuestras miradas, lo veía fijamente, retándolo, midiéndolo, sometiéndolo, burlándome de él, haciéndolo desearme. Mi subconsciente quería despedazarlo por la manera en que me introdujo al mundo de las groupies y las costumbres de carretera. Había disfrutado hacerme pasar un mal rato, ahora era mi turno de levemente ofrecerle lo que nunca iba a poder tener en su cama.
Después de pedir la cuenta, Noel y yo caminamos tomados de la mano al vestíbulo y ahí le esperaba un viejo amigo. Vestido de jeans rotos y playera sport negra. Es alto, ojos verdes, barba y bigotes largos y poblados, un piercing en la ceja, labios carnosos, cabello rizado castaño oscuro, sus musculosos brazos tatuados hasta el último centímetro de piel.
–Marcos, te presento a la chica más hermosa en el manto estelar: Fanya. – Nos introdujo Noel. Marcos y yo nos dimos la mano sonriendo cordialmente.
–Encantada…
–Hola Fanya. Noel me ha hablado de ti… Mucho. – Expresó Marcos, sonriendo traviesamente.
–Amor, Marcos es un viejo amigo, es tatuador, el mejor que conozco. Como verás en sus brazos, él no hace garabatos ridículos. Él crea obras de arte en tu piel. – Agregó Noel, abrazándome por detrás, marcando su territorio.
Ay Dios Mío… Hombres igual a perros sin correa.
Subimos los tres a la habitación. Mientras Noel tomaba una ducha y se arreglaba para el concierto, yo me senté en la cama, en el lado derecho y Marcos caminó hasta la gran ventana contemplando la vista y el horizonte.
– ¿Desde hace cuánto tiempo haces tatuajes? – Pregunté en un intento de romper el hielo. De saber más… De él.
–Ya son diez años los que llevo tatuando profesionalmente pero desde los quince hago tatuajes. Aprendí el arte del tatuaje desde muy pequeño, en Brasil. –Dijo Marcos flexionando sus bíceps, mostrando sus tatuajes. Su hombría. Mordí inconscientemente mi labio inferior, mis pupilas se dilataron.
–Es que para que a un hombre le luzcan los tatuajes debe de tener un cuerpo como el tuyo…– Caminé hacia él, quedamos frente a frente. Su manzana de Adán delató un trago hondo y lento. – ¿Puedo?... – Acaricié lentamente sus bíceps, sus tatuajes, el cráneo que tenía en el hombro derecho deslizando mis dedos siguiendo el cuerpo escamoso de una serpiente que daba vuelta por todo su brazo hasta llegar a la muñeca, respiré su perfume; mezcla de sudor, cigarros y colonia de Hugo Boss.
– ¿Tienes tatuajes? – Preguntó Marcos un poco agitado. Caminé de nuevo a la cama sentada ahora del lado izquierdo frente a él, con las piernas entreabiertas, como su boca un poco atropellada por la sorpresa. Me sentía como en la escena de la película Basic Instincts cuando Sharon Stone abre las piernas y muestra su vagina carente de pantaletas a los policías para distraerlos.
–Me he hecho varios tatuajes, pero todos han sido falsos. Alguna vez me tatuaron una geisha en la espalda, pero era de henna. Fue doloroso. Muero por hacerme un tatuaje, quiero que tenga un gran significado pero muero de miedo ante el dolor. – Acaricié mi brazo izquierdo delicadamente, relamí mis labios.
–El dolor es parte del tatuaje. Cuando estés segura de que quieres tatuarte y qué es lo que quieres dibujar en tu cuerpo de por vida, el dolor será lo de menos, hasta lo vas a disfrutar. – Dijo Marcos, también relamiéndose los labios, mirándome, queriéndome desnudarme con la mirada.
–Ya lo decidí. Tú me tatuarás. ¿Vives aquí en Puebla o en la Ciudad de México?
–Radico aquí en Puebla pero viajo con frecuencia al D.F. porque doy talleres, tatúo modelos, cantantes, actores. He tatuado a muchas personas del medio artístico. – Me miró sonriendo.
– ¡Uy! Entonces no vas a querer tatuarme. No soy artista ni actriz, mucho menos modelo. – Dije haciendo delgada mi voz, como de niña, abriendo lentamente mis piernas, dejándole ver las puertas del paraíso.
–Yo encantado de tatuarte. Tú dime cuándo y yo pongo el resto. – Mordió su labio inferior. De repente no sabía si estábamos hablando de tatuajes o de otra cosa. Había una energía tóxica y vibrante entre los dos. Cerré mis piernas abruptamente interrumpiéndoles la exploración a sus pupilas. Me puse de pie y camine hasta el baño, antes de entrar le sonreí a Marcos y cerré la puerta. Necesitaba urgentemente una ducha con agua fría. Sentía que si me sentaba en los hielos árticos era capaz de derretirlos.
>Las
horas pasaron rápidamente y fundidos en el torbellino minutos antes del
concierto, besé los labios de Noel y estrujé fuertemente su mano
transfiriéndole los mejores deseos y buena energía. Un poco culpable por mis
vespertinos pensamientos impúdicos me senté en la primera fila, ocupando butaca
junto a Marcos y algunos miembros de la prensa, fotógrafos y camarógrafos que
cubrían el evento esa noche. Noel subió al escenario con el resto de los chicos
de Zion e hipnotizaron durante hora y media al sediento público. Los aplausos
incesantes no se hicieron esperar.
Después de la última canción Noel bajó rápidamente del escenario y se escabulló en el camerino. Fui tras él. La puerta del baño estaba asegurada. Toqué fuertemente llamando su nombre pero no abrió. Esperé casi media hora, punzando el piso con mi afilado tacón, molesta, impaciente hasta que emergió del cuarto con los ojos rojos, un poco rasgados, eufórico, insultando más de lo normal y con pulso de maraquero. Era innegable que estaba siendo poseído por los efectos de la cocaína. Un poco frustrada pero enamorada, lo abracé.
–Amor, todo va a estar bien…– Susurré suavemente en su oído.
–Sé que todo está bien mi vida. – Dijo y me dio un beso corto en los labios.
– ¿Volveremos al hotel? – Pregunté haciéndome rulos en el cabello, flirteando, sonriendo sugerentemente.
–Te van a llevar al hotel a ti amor. Yo te alcanzo en un rato. Iré a ver con mis hermanos de Zion un asunto pendiente y mañana nos vamos a Cuernavaca al medio día. – Contestó rápida y tajantemente haciéndome fruncir el ceño, disgustada.
–Está bien pero no demores mucho. Te quiero en mí. – Dije mordiéndome el labio, frotando su pene inerte bajo sus pantalones.
De vuelta al hotel, subimos a la habitación Marcos, Noel y yo. Noel se cambió las ropas, fumando un cigarro de marihuana se despidió de mí y de Marcos y abordó el elevador. Estando fuera de la habitación, en el pasillo, Marcos me dejó en una hoja de papel rotulada con el logotipo del hotel su correo electrónico, su nombre de usuario en Facebook y su teléfono. Le dije que cuando decidiera el momento indicado para que me tatuara le llamaría para hacer una cita. Se marchó sin ganas de irse, deseoso y queriendo decir mucho sin atreverse a abrir la boca y escupir las palabras.
Después de haber sido masticada pero no deglutida por el deseo, el insomnio se apoderó de mi ser. Era la una de la mañana y oí ruidos y risas en el pasillo. Me asomé y vi a Chava ebrio y drogado zigzagueando con su groupie también ebria y drogada, dirigiéndose a su habitación, tropezándose con sus risas, sus jugueteos y su estado de ebriedad perceptible a una milla de distancia.
–Chava, ¿sabes donde está Noel? – Pregunté rascando mi mano izquierda invadida por la ansiedad.
–Se fue con Rebeca. – Dijo balbuceando, riendo, besando en la boca a la groupie. Apenas podían permanecer de pie los miserables.
– ¿Quién es Rebeca? ¿A dónde se fueron? –Pregunté al borde del abismo de la ira.
–Una vieja amiga. Ya sabes. Una periodista. Nos vemos mañana Fanya. Buenas noches. – Se marchó Chava llevando a cuestas a su groupie, riéndose pero sabía que ésta vez no estaba burlándose de mí. El exceso de alcohol era la causa.
Furiosa entré a la habitación, queriendo gritar, romper la ventana, incendiar la habitación. Me metí al baño, mojé con agua fría del lavabo mi cara, respiré profundamente hasta que me tranquilicé un poco. Me sentía dejada de lado, abusada, burlada, usada. Yo no soy amante de la venganza pero tampoco pongo la otra mejilla. Despechada y herida llamé a Marcos, prometiéndome a mí misma que no iba a pasar nada con él. Lo único de Marcos que iba a penetrar mi carne era su aguja, sólo eso, repetía una y otra vez en mi cabeza mientras el taxi se aproximaba a su casa. Ya estando en su casa, lo primero que vi fueron sus grandes ojos verdes anegados de luz y deleite de verme. Las paredes moradas con pinturas de serpientes y arañas colgando a la luz de las velas hacían de su casa las fauces afiladas de un lobo embravecido.
–Pensé que tardarías meses en decidirte a hacerte el tatuaje. – Dijo Marcos estirando sus fuertes y divinos brazos hacia atrás, inflándose como pavorreal, derramando su masculinidad.
–Ya ves. Soy un camaleón y cambio rápidamente. – Relamí mis labios.
–Espero que no cambies de opinión a medio tatuaje. No me gusta dejar trabajos inconclusos, dejarlo a medias. – Dijo Marcos aproximándose a mí, tomando mi brazo entre sus manos. Mi respiración aumentó su ritmo, mi corazón comenzó a latir como las patas de los caballos en el hipódromo en plena carrera. – ¿Dónde vas a querer que clave mi aguja? – Su mirada se hacía cínicamente lujuriosa, expandiéndose como la noche, queriendo devorarme de un solo trago.
–Justo aquí, en el brazo izquierdo… Quiero que me tatúes un camaleón. Es mi esencia y es justo lo que nunca quiero olvidar de mí. – Dije sacudiendo la cabeza, echando fuera la cara de Noel y su fuga con “Rebeca la periodista”.
–Pues manos a la obra. – Exclamó emocionado Marcos.
Fue apasionante ver a ese hombre conquistado por las formas, los colores y los trazos permanentes en su piel, envuelto en su ritual, esterilizando utensilios, encendiendo más velas, poniendo música de fondo, haciéndome flotar en la hipnótica atmósfera que había creado ante mis ojos. Su hechizo se estiraba y me constreñía como una pitón a sus presas. “I Put a Spell On You” empezó a hacer eco entre mis huesos y mis venas. La desgarrada y febril voz de Sreamin’ Jay Hawkins sacudía mis entrañas. Me embriagué de blues, alaridos enardecidos y los brazos, los ojos y la barba de Marcos quien ya tenía listo el lugar donde me haría mi primer tatuaje, una marca permanente en mi cuerpo.
– ¿Lista? – Preguntó Marcos con su pistola tatuadora en mano.
–Nací lista…– Respondí, relamiendo mis labios. Cerré los ojos, resignada a sentir el dolor físico, esperando que pudiera disipar la tormenta de dolor que sentía batirse en mi pecho. No pienses en Noel ahorita. No pienses en él. Ahorita ha de estar “empiernado” en la cama de esa estúpida Rebeca. Sentí la sangre en mi cuerpo bullir. Sentí el primer pinchazo y eché mi imaginación fuera de su jaula, libre como halcón y voló, lejos y alto, voló. Volamos.
Marcos daba los últimos retoques al hermoso, verde y fiero camaleón en mi brazo, el sudor escurría de su frente, la luz blanca sobre nosotros dibujaba mejor sus pómulos y la bella estructura ósea de su rostro. Saboreando cada centímetro de su cuerpo, queriendo ejecutar “La Ley del Cojón”, la ley del talión o como se llame. Quería revancha y la quería justo en ese instante cuando la aguja trazaba la última línea, los últimos puntos, empapando mi vagina. El dolor del tatuaje es como tener a tres sementales en ti sin querer parar. Creo. Dicen…
–Terminado. Que bello trabajo hicimos…– Suspiró Marcos viendo su obra de arte culminada en mi piel enrojecida y un poco hinchada. –Ahorita te anotaré todas las instrucciones y reglas a seguir para que no se te infecte el tatuaje y se cure rápido tu piel. Por lo pronto no comas carne de cerdo ni…– Interrumpí sus palabras poniendo mi dedo índice en su boca. Quería su atención. Quería poner las cartas sobre la mesa. Declararle la guerra. Recibir la más gloriosa tortura de placer entre sus fuertes brazos.
–Vuelve a poner esa canción. – Ordené finamente mientras veía la exquisita anatomía de Marcos dirigirse a la conexión de su iPod. Reprodujo la misma canción y cuando dio vuelta atrás para volver a mí, su quijada inferior rodó hasta el suelo.
– ¿Qué? ¿Por qué estás desnuda? – Sus ojos y su boca no coordinaban las ideas, estaba sucumbiendo ante el éxtasis.
–Quiero que me tatúes todo el cuerpo pero quiero que uses tu otra aguja…– Miré fogosamente en dirección a su pene.
–Encantado de tatuarte…– Dijo Marcos, lujurioso, en brama, duro y listo para atacar.
Me envolvió en sus brazos, él por detrás de mí, quitó mi blusa, bajó mi pantalón y quedé en bragas (No usé sostén esa noche). Sentía sus duros pectorales en mi espalda hundirse, su mano rozó delicadamente mi brazo aún rojo y dolorido por el tatuaje. Su respiración era brusca, fuerte y sonora. Los largos vellos de su barba y su bigote frotaron mis hombros, mi cuello y fue bajando esa sexy mata de pelo hasta mi espalda baja, con sus dientes arrancó mis bragas, lamió mi piel, cosquilleando entre mis nalgas mientras sus manos subían en otra dirección tratando alcanzar mis senos.
–Me hechizaste…– Murmuré jadeando casi sin poder permanecer de pie.
–Fue un hechizo en ambas direcciones. – Agitado y endurecido, Marcos me tomó entre sus brazos, se sentó sobre la cama y me dejó caer violentamente sobre su enorme miembro. Ambos gritamos, dolor y placer desleídos en la misma sensación. Me llenó por completo, no había espacio para dudas en mi vagina. Sus golpes fueron brutales, sus alfilerazos marcaron las paredes de mi interior indeleblemente.
Acabamos al mismo tiempo. No podíamos más. Y aunque los movimientos de su ser ya habían cesado, los sentía aún borbotear muy adentro. Él llegó profundo, tan profundo como el punto más oscuro del océano. Después descubrí que era prácticamente Brasileño, relamí mis labios, enaltecida, ufana y orgullosa por haber devorado esa impactante deidad tatuada. Moriré teniendo esa ineludible debilidad por los Brasileiros.
A las cinco de la mañana, mi brazo seguía doliendo, mi cuerpo entero seguía palpitando, zumbando, ardiendo y volvió Noel a mi cabeza y con él regresó también la cordura y la resaca quemaba en mi garganta. El hechizo se había terminado, Marcos estaba durmiendo, reposando en su cama de sábanas rojas, con su brazo derecho sobre sus ojos, semidesnudo, agotado.
Antes de darme cuenta estaba de vuelta en el hotel, en la habitación y tropecé con la cama, todo estaba oscuro. Noel estaba ya de vuelta, dormido, hediendo a alcohol y otras sustancias. Lo abracé sin despertarlo. Acurruqué mi cabeza entre sus brazos tomando su pecho como almohada. Traté de conciliar el sueño pero los vestigios de Marcos y su hechizo volvían a mi cabeza.
El camaleón palpitaba en mi brazo.
Mi camaleón interno estaba en llamas.
¿De qué color seré mañana? Me pregunté.
Por ahora sólo quiero camuflarme entre la oscuridad, en la piel de Noel y las sábanas. No quiero pensar mañana. Sólo quiero cerrar los ojos y abandonar el mundo por un rato aunque lleve en el cuerpo un tatuaje que solo los ojos de Marcos y los míos podrán ver.
Mi espíritu había dejado la habitación… De algún modo el hechizo seguía surtiendo su maligno efecto. Los camaleones como la energía, se transforman, cambian pero nunca mueren.
Mordí mi labio inferior y “I Put a Spell On You” volvió a resonar una vez más, etéreamente, sin que nadie nos pudiera ver ni escuchar. Invisibles para el ojo humano.
Ya ves cómo nos ha hecho la vida… Unas veces amamos la paz y en otras ocasiones suplicamos la guerra y seguimos mudando la piel sin que el pudor nos pueda parar.
CONTINUARÁ…
In : FANYA
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