CONFESIONES DE UNA EXHIBICIONISTA DESEMPLEADA: GROUPIES, GRUPOS, UNA LITOGRAFIA Y ALGO MAS...
GROUPIES, GRUPOS, UNA LITOGRAFÍA Y ALGO MÁS.
Cayó una lluvia cruel que inundó hasta mis pensamientos más olvidados. Yo soy amante de los cielos nublados, de las tazas de té caliente, galletas de vainilla y nuez y las ventanas empañadas creando la perfecta humedad que cala hasta la intimidad. La ciudad parecía haber sido tragada por el agua pero afortunadamente yo vivía más cerca del cielo que del piso y aunque los torrentes de lluvia seguían cayendo sobre nuestras cabezas, el mundo que nos rodeaba permanecía girando, muriendo, renaciendo, transformándose como la energía misma. Y la energía de Noel me perseguía, me succionaba, me redimía y me condenaba. Me resultó fácil volver a mis viejas costumbres pero fue aún más fácil y placentero renovar esos vicios en los brazos de ese hombre delgado, barbudo, de cabello negro, ondulado, ojos misteriosos, melancólicos; esos ojos que intentaban esconder cicatrices de heridas que la vida y quienes la viven le ocasionaron. Noel es tímido aunque en público aparenta ser un rey que gobierna sobre sí mismo y en aquellos que le admiran o le dirigen la palabra, es evidente y tangible su poderosa y avasalladora personalidad pero cuando estamos solos veo matices de su alma que no logro encontrar cuando estamos fuera de la alcoba. Él ha sufrido mucho, no me consta pero lo huelo en sus poros, su sudor es morado, su sangre es dulce, su alma es huidiza y se mezcla con la mía de cuando en cuando. A veces lo acurruco entre mis brazos como si fuera un indefenso y tierno recién nacido y acaricio su cabeza, pasan las horas y le entrego mis sentimientos en estado puro, sin diluir con miedos o disimulos. Después de varias semanas a su lado es ineludible percatarme de que estoy enamorada de él hasta el tuétano y que su voz cuando habla me desnuda y cuando canta me arranca de mi cuerpo, la profundidad de sus palabras me sumerge en un arcoíris eterno; tal vez son las drogas disueltas en el alcohol que pone en mi boca y me obliga a tragar a besos y mordidas.
Lo descubrí ingiriendo drogas una madrugada, me desperté y sentí la cama vacía, sedienta y mordí mis uñas de miedo, caminé por todos lados en el departamento como hámster encerrado en una pecera hasta que abrí la puerta del baño y lo vi sentado en el inodoro, vestido de su desnudez, inhalando una fina línea de cocaína que había colocado sobre su mano hecha un puño, tenía sus ojos casi en blanco, su mirada extraviada, estaba hundido en su ritual de autodestrucción y aunque sabía que lo estaba observando no puso sus ojos en mí ni se detuvo, impasiblemente inhalaba como si el mañana no existiera. Regresé a la cama invadida de preguntas respondidas y de dudas que rebotaban dentro de mi cráneo. Me preguntaba por qué se drogaba y en el fondo sabía que eso era parte de su encanto, era una consecuencia por ser un alma atormentada y justo eso, con sus largos dedos y sus ojos enigmáticos era la mezcla que me volvía una loca rendida, arrodillada y enamorada de él. Quise salir a la calle huyendo de ese turbio secreto que se había revelado ante mis pupilas en negación instantes atrás pero un recuerdo fresco recién concebido apenas la madrugada anterior sacudió mi cabeza como terremoto de 10° en la escala de Richter.
Yacíamos acostados ya como una de nuestras costumbres favoritas, acabábamos de hacer el amor y él dejó la cama para ir en busca de su guitarra, todo estaba oscuro, cuando volvió a la alcoba, abrió la ventana para que entrara aire fresco y movió las cortinas. Se coló un hilo delgado de luz de luna sobre la cama y Noel se sentó junto a mí, yo me senté en flor de loto, acarició con su pulgar mi barbilla, sonrió como un ángel ebrio de nostalgia y sus dedos emprendieron con ancestral sabiduría su alevosa y embelesada labor de emborracharme de romance y arte, rozando las cuerdas de la guitarra, creando portales a otras dimensiones, desflorando mi espíritu y reverdeciendo mis ojos, ocasionando que de ellos brotaran lágrimas de dicha, ésta vez no por dolor.
–No llores hermosa– Dijo Noel mientras interrumpía su música para limpiar de las lágrimas de mis mejillas tiernamente.
–No lloro por dolor y en todo caso esto no es llanto, es mi emoción haciendo de mis ojos sus válvulas de escape. Es sólo que no puedo hallar las palabras para decirte lo que me haces sentir y para describirte los lugares a donde tu música me lleva– Seguí sollozando hasta que Noel me besó y suavemente succionó mi labio inferior.
–No me dejes por favor, nunca, me convierto en un monstruo no sólo cuando hay luna llena sino todas las noches y todos los días. Soy un monstruo y tú eres, mujer, tú eres algo más, ¿cómo puedo llenarme la boca y el corazón afirmando que alguien tan divina como tú quiere estar con alguien como yo? – Murmuraba Noel con un nudo en la garganta, apenas rasgando las cuerdas de su leal guitarra.
–Te amo– Solté las palabras sin pensarlo como toros embravecidos, saltándome varios latidos y sin poder respirar, lo miré fijamente casi predispuesta a decirle adiós pensando que ese dios del rock iba a dejarme porque luce como un hombre de mil amantes y cero compromisos.
–También te amo Fanya, también te amo. Perdóname por no habértelo dicho antes– Exclamó con preocupación Noel.
–Creí que tu manera de decirme que me amas es con esas incontables canciones que me cantas, improvisando versos poéticos. Me haces sentir única y especial– Sonreí y tomé su rostro con mis manos, aproximé mi boca a la suya sin besarlo.
–Tú eres única y especial. Eres mía. Amo tus eternamente labios rojos. – La voz de Noel comenzaba a mojarse de excitación.
–Soy tuya con todo y mis labios rojos hasta que los dioses se harten de la música y de los mares. – Acariciaba con cada palabra sus oídos hambrientos de amor.
–Hasta que Los Cielos se harten de nosotros…– Dijo Noel, después me besó y me hizo el amor. Ésta vez, se introdujo en mí despacio, delicada y dulcemente, perfumando la habitación y mis intimas esquinas con la fragancia de su cuerpo humedecido de sudor; enredó sus dedos entre los míos y los estrujaba cada vez que sentía que iba a acabar, respiraba profundo unos instantes y continuaba sus lentos y cadenciosos movimientos, garabateando círculos en mi interior con su pene, excavándome, socavándome, reinventándome… Simplemente me hizo el amor con su sexo. Usó su cuerpo para hacerme sentir amada. Esa noche olvidé todo, era amada, era amada y bebí su peligrosa miel.
De repente ahí estaba, hecha nudos, revuelta y abrumada sobre la cama con el llanto atorado en la garganta como un hueso de pescado pinchándome, hiriéndome. Me preguntaba si Noel me dijo que me amaba bajo la hipnosis de la cocaína o si sus palabras nacieron de su corazón como de sus tripas nacen sus gemidos cuando le muerdo los testículos. Quería escapar pero le dije que nunca lo dejaría y es que tampoco quería dejarlo pero ¿en realidad quería tener una relación con un músico drogadicto? Comencé a revisar los pros y los contras mentalmente sin ignorar mis vicios, uno de ellos que compartí con él y se dejó llevar llenando mis entrañas de cerveza en un oscuro parque en La Condesa.
Noel llevó su cuerpo a la habitación y se arrojó a la cama como si fuera un río y quisiera que ésta lo arrastrara y le quitara la vida, luciendo cansado, vencido, hastiado de respirar, sin decir palabras, acomodó su cabeza en la almohada y se acostó de su lado derecho, mirándome intensamente, sus ojos se volvieron oscuros, como dos cuervos queriendo picarme y arrancar trozos de mí. Lo miré de vuelta, sin decirle nada tampoco, sin reprocharle su adicción pero no pude evitar preguntarle:
– ¿Me dijiste que me amas por que realmente me amas o acababas de inhalar cocaína? Todo éste tiempo has estado drogándote en mi departamento ¿verdad? – El tono de mi voz era áspero y seco.
–Mi droga eres tú. La cocaína es… Soy un monstruo, te lo dije. ¿Ahora vas a dejarme? – Preguntó Noel, dilatando sus pupilas, mirándome como lo haría un gatito hambriento en una noche fría.
–No lo haré. Lo sabes. Te amo. ¿Cuánto tiempo llevamos juntos? Ya un mes y medio o ¿cuánto? – Pregunté conservando ese tono desafiante en mi voz, Noel me regaló una sonrisa y puso una canción en su iPhone de Jeff Buckley “Lover, You Should’ve Come Over” y mientras la canción iba avanzando, los melancólicos acordes y la desgarradora voz del cantante me empujaron encima de Noel. Lo abracé fuertemente, mordí su oreja, besé su frente y lloré sobre su hombro.
–Me odio. Te estoy haciendo llorar– Dijo Noel intentando pegarse en la cabeza pero lo detuve con fuerzas que ignoraba que tenía. Lo monté sin apetito sexual, queriendo someterlo hasta que logré tranquilizarlo.
–No hagas esto. – Supliqué desesperada mientras que Noel aún debajo de mí, atado con mis manos respiraba violentamente, parecía un animal rabioso, queriendo explotar, morder o matar.
Los días transcurrieron con un poco más de calma pero yo no podía olvidar lo sucedido esa noche, gradualmente ese semidios del rock, ese hombre casi perfecto se había ido desmoronando en migajas ante mis ojos y el resto de mis sentidos. Nunca lo idealicé, siempre estuve consiente de que él al igual que yo éramos dos almas retorcidas que se reconocieron al momento de verse. La vida funciona de una manera extraña. Quizá él y yo provenimos del mismo limbo y aquí en la Tierra, encarnados, era cuestión de tiempo para que nos encontráramos y nos fundiéramos en un beso, en una misma piel.
Acompañé a Noel a sus ensayos, ahí conocí al resto de los integrantes de “Zion” y volví a ver a Chava quien me miró de nuevo lascivamente, sus intenciones eran más notorias y decidí torturarlo al enseñarle a través de vestimentas diminutas lo que nunca iba a tener. En uno de los ensayos cuando Noel platicaba con su representante, Chava caminó hacia mí con una cerveza en sus manos y me ofreció beber un poco, me negué y dijo:
–Me gustaría hacerte muchas cosas con la botella…– Sonrió lasciva y asquerosamente. Le propiné una bofetada llamando la atención de todos y sobretodo de Noel.
– ¡¿Qué pasa?! – Preguntó Noel alzando el volumen de su voz, se abalanzó sobre Chava y le dio dos puñetazos en la boca y el pómulo.
– ¡Déjalo Noel! No vale la pena. – Me retiré del ensayo y aunque Noel quería irse conmigo le sugerí que debía quedarse y ensayar pues estaba a la vuelta de la esquina su primer gran concierto después de un año sin cantar a grandes cantidades de público. Noel volvió al grupo y yo salí de la habitación. Me fui al jardín de la casa en la que nos encontrábamos, propiedad del baterista de la banda. No podía impedirle a mi mente advertir que Noel le había contado a Chava y al resto del grupo lo que habíamos hecho con la botella de cerveza. Palpé un dejo de decepción en mi paladar. Permanecí ahí sentada en el césped una o dos horas hasta que Noel fue a buscarme, se inclinó y dibujó una línea de besos de mi hombro hasta la punta de mi nariz. Yo fruncí el ceño y me negaba a mirarlo, lo evadía y el notó que estaba molesta.
– ¿Sigues molesta con Chava? Discúlpalo, así es él. – Dijo Noel con una voz amable y regulada.
–Ni al caso. No estoy pensando en Chava. Él no es nada para mí aunque sea un cretino. Estoy furiosa contigo porque le platicaste a tu grupito de amigos lo que hicimos en La Condesa con la botella de cerveza. De haber querido que lo supieran, lo habaríamos hecho delante de ellos.– Refunfuñé apretando los dientes, reprimiendo las ganas de jalar sus cabellos o clavarle las uñas en los testículos.
–Hiciste una rima. Condesa, cerveza. Eres buena con las rimas, mujer…– Noel quiso bromear, riendo nerviosamente, intentando quizá hacerme reír. Me puse de pie, sacudí con las manos mi trasero limpiando así de cualquier basura o tierra mis jeans y lo miré impasiblemente, aminorando su indiscreción. Comprendiéndolo, tal vez para él, el exhibicionismo era algo descabellado, prohibido, intenso y quiso compartir su hazaña con sus amigos.
–Está bien. Te perdono. Espero que no le cuentes a tus amigos lo que te haré ésta noche.
– ¿Qué me harás? – Preguntó relamiéndose los labios con sus ojos bañados de antojo y lujuria.
–Voy a mojar tu pene en vinagre y lo dejaré reposando una hora. Después podré ponerle a los hot dogs un chilito en escabeche. – Solté una carcajada, dejando a Noel con la boca abierta pero con sus ojos sonrientes, alegres, brillantes. Después de todo, si me lo propusiera, haría añicos a Chava, pobre hombre, nunca estaría listo para alguien como yo.
*****
Me metí al baño del camerino para poner un poco de brillo en mis labios, salí y vi a Noel tratando de abrocharse unos pantalones negros, rasgados, demasiado ceñidos a su cadera y sus piernas. Lo ayudé. Noté su nerviosismo, era ya el día del gran concierto y después del soundcheck todos eran un caos organizado pero a simple vista pude percibir que era ya un hábito. La locura, la emoción, el hambre de hacer música, la anticipación y la resaca de la borrachera de la que todos fueron parte la noche anterior. Sé que hay muchas cosas que yo aún desconocía de Noel y del grupo Zion, de sus amigos fuera del escenario y despojados de sus vestuarios de “irresistibles rockeros”, sin sus poses ni sus chaquetas con cadenas y estoperoles. Noel tenía que irse pero antes lo besé, mordí sus dos labios, le susurré al oído que todo sería un enorme éxito porque él era un artista, él era arte. Acomodé sus grandes anteojos que perfeccionaban su atuendo irresistible y oscuro. Se fue envolviéndose en una turbe de músicos, instrumentos, gente, luces y bramidos.
Después de ver correr a personas del staff, yendo y viniendo como si el suelo estuviera caliente y quemara las plantas de sus pies, buscando a los músicos y a Noel para indicarles que debían ya subir al escenario. El público gritaba ya “Zion” sin parar haciendo inaudibles mis propios latidos. Caminé cuidando de no caer a causa de mis tacones de aguja y me posicioné en una esquina, al lado derecho del escenario, en un punto donde podía ver a Noel subir y tomar el micrófono entre sus manos, arrollado por la conmoción.
–Muy buenas noches Vive Latino. Estamos muy contentos de estar aquí. Muchas gracias. – Dijo Noel felizmente aturdido. Los músicos comenzaron a tocar la primera melodía, el público aullaba de alegría y las luces en el escenario palpitaban al ritmo de la batería, retumbando en mis ojos y en los erizados vellos de mis brazos. Estaba aplastada de orgullo y de placer al ver a Noel transformarse, su cuerpo era atravesado por las luces, parecía un cristo cantor con chaqueta negra y un pasado tormentoso. Sus canciones narraban amores perdidos y corazones destrozados pero aún vivos que guardaban la esperanza de amar o de volver a ver a su amada. Mientras que yo, en la comodidad de la oscuridad y el anonimato a un costado del escenario, frente a miles de almas cantando al unísono lo contemplaba, enamorándome, mordiéndome los labios inconscientemente, refundiéndome más en mis sentimientos por Noel. Fue en ese momento que me di cuenta de lo grandioso que era Noel y cuan amado era por sus seguidores y cuan grande era mi amor por él e imaginándome que lo seguiría hasta la cumbre más alta de rodillas y con una corona de espinas en mi cabeza. Noel no era un hombre sobre el escenario, ciertamente era un monstruo y devoraba toda y cada una de las almas que estaban rendidas ante él sin dejar sombra; su voz subía y bajaba, matizaba y centelleaba causando que mi corazón quisiera salirse de mi cuerpo.
Una cantante invitada terminó la primera canción, después se desvaneció la música y se apagaron las luces. Sentí mis tripas hacerse moños; el público gritaba ante la antelación y el anhelo, entonces comenzó a sonar una nueva canción, una melodía familiar. Ya la había escuchado antes, de hecho es parte del soundtrack de una de mis películas favoritas…
"Al diablo con el silencio
Quiero hablarle a tus ojos
Quiero decirles que todo el tiempo
Estoy pensando en ti
Eres el eco de la noche
Eres el fuego en el mar…"
Al terminar la canción rocé con las puntas de mis dedos mis senos, mis pezones estaban duros, hinchados. Acababa de enterarme que ese hombre que amo y que me ama canta una de las canciones que escucho en mis peores momentos y que me ha ayudado a salir adelante. El destino está demente, juega con nosotros, me sentí como ratón de laboratorio y el destino era un científico loco, las circunstancias eran tenazas frías, los momentos eran navajas que abrían mi pecho y mi vientre exponiendo mis órganos, mi corazón y mi aliento al aire. Algo o alguien hizo parte de mi vida a Noel antes de si quiera pensar en conocerlo. Nunca me interesó saber quien era el que cantaba esa canción que tanto amo, por algún extraño motivo la melodía y l as letras eran suficientes remedios para mí y mi masacrada existencia.
Quería tocarme, quería poner en libertad ese orgasmo que en mis entrañas relinchaba y reparaba bestialmente como caballo indómito, amarrado. Quería hacerle el amor a Noel sobre el escenario y mostrarle a todos cuanto lo amaba y lo admiraba sin embargo, estaba embelesada, hipnotizada, tras cada canción hasta que cantó una canción titulada con el nombre de una mujer “Paola” y los celos me devoraron como leones hambrientos… ¿Quién es esa mujer? ¿La seguirá viendo? Maldita sea, ninguna canción que ha compuesto en mi honor lleva mi nombre. Hice pucheros y los celos me atragantaron y se convirtieron en ridículas y enormes lágrimas que escaparon de mis ojos. Necesitaba una explicación. Quería gritarle, insultarle a la cara pero de pronto llegó a mi la calma al recordar que tanto su pasado como el mío era un árbol con enormes ramas, testigos y saqueadores de frutos. Seguí saboreando la música y su voz, riéndome por dentro, avergonzada de mi pequeña rabieta de celos. Carajo, sentí muchos celos. Fue como si un autobús me golpeara y me pasara encima, dejándome machacada pero viva.
Comenzó a cantar la artista invitada quien también fungía como corista y aunque su voz es hermosa y angelical, volví al camerino, chocando con los cuerpos de tantos que en backstage que eran los encargados de que el escenario destellara y sonara a la perfección como lo estaba haciendo. Al entrar a la pequeña calma que el tocador me brindaba, abrí una botella de agua y la bebí sin parar, a mis oídos llegaba la voz de la chica, maquillé de nuevo mi rostro que parecía una pintura de Pollock gracias a las lágrimas con sabor a celos y frustración que lloré. Peiné mis largos cabellos rubios, volví a untarle brillo a mi boca, apreté los labios y salí a la pequeña sala de estar para descansar un poco, estaba sofocada, incómoda, sentía que la minifalda y la pequeña blusa de tirantes me robaban el aire hasta que oí el eco de la voz de Noel llamando a un invitado especial. Yo pensé que era la chica sin embargo mencionó el nombre de su amigo, aquel que le regaló la caja negra que contenía los puros de menta especial. Volví lo más rápido que mis piernas nerviosas me lo permitieron hasta el punto donde estaba, observando a Noel haciendo dueto con el otro gran artista, ninguno era más, ambos al mismo nivel, ambos grandiosos, ambos invencibles. Al terminar la canción el público pedía otra canción mas las luces se apagaron, el público reposaba expectante ante la que iba a ser la siguiente canción. Sonó una nota del teclado, todo en penumbras, Noel comenzó a cantar acapella, el público enardecido abrazó con lamentos de deleite a mi hombre y a mí, que enamorada como un caballito de mar, moriría por él si así lo quisiera.
El concierto duró casi dos horas. El público gritaba ante la despedida de Noel quien fue el primero en bajar del escenario, le siguieron los otros integrantes del grupo, di unos pasos para abrazar a Noel pero otras personas lo arrastraron entre abrazos y felicitaciones, alejándolo de mí, alguien le dio una botella de agua y le avisaban que iba a haber una fiesta en casa del “Pato” y que iban a ir las groupies y amigos. El grupo de personas súbitamente quitó de mi vista a Noel, no podía verlo o al menos tantos cuerpos no me lo permitían, hasta que dos manos cubrieron mis ojos, alguien estaba atrás de mí y preguntó:
– ¿Sabes quien soy? – Su voz era familiarmente conocida, misteriosa, con aroma a cama, alcohol, menta y hogar.
–Eres mi vida. – Dije, dándome la vuelta y viendo el rostro de Noel, bañado en sudor y júbilo. Lo besé hasta que me dolieron los labios. Tomó mi mano y me llevó hasta el auto de uno de sus amigos, lejos de la locura y del escenario, abrí la puerta trasera del lado derecho y me subí, después subió Noel y un amigo. En el lado del copiloto se subió Chava y un hombre que no había visto hasta ese momento era el chofer que nos iba a llevar al lugar donde iba a “seguirse la fiesta”. En el camino, mientras los otros hablaban casi gritando, eufóricos, yo tenía prensado a Noel entre mis senos y mis labios maniáticos y paranoicos. Mis manos descendían poco a poco bajos sus ropas, en su pecho, llegué al ombligo, sentía los gemidos airosos de Noel en mi cuello cuando fuimos interrumpidos por el amigo informándonos que habíamos llegado a la casa de Pato. Todos descendieron a prisa pero Noel me esperó y me dio la mano para salir del auto grácil y femeninamente. Sus ojos ponderaban orgullo al verme y ese orgullo o admiración era totalmente recíproco.
La casa por fuera tenía una fachada lúgubre mas adentro los lujos y las obras de arte hacían de esa choza un pequeño museo apetecible a la vista. La sala de estar era tan minimalista, los muebles y la decoración enmarcaba en mis pupilas un juego de ajedrez color negro, blanco y rojo. Recorrí con la vista el lugar, ignorando a los presentes. Ya había mucha gente dentro esperando a Noel y llegaron mas personas. Sentí un apretujón en mi brazo derecho, pensé que era Noel pero cuando volví la cabeza vi a Chava haciendo un puchero y batiendo a los lados una aceituna con un palillo clavado en ella, como si fuera una bandera blanca pidiendo paz. Le sonreí y mordí de su palillo la aceituna. Él sonrió de nuevo libidinosamente pero ésta vez sabiendo que existía un límite que no podía violar.
– ¿Ya conociste a la abeja reina? – Preguntó Chava que observaba conmigo a Noel quien quedaba a tres metros de nosotros, rodeado de muchachas.
–No. ¿Quién es esa? – Pregunté sin poder disimular mi enojo… CELOS.
–Es esa morena de gran culo, la del tatuaje de libélula en el brazo y cabello negro que está frente a él, la parlanchina que lo tiene muerto de risa. –
– ¿Y esa tipa qué es o a qué se dedica? ¿Es periodista? – La rabia en mi boca comenzaba a espumear vehementemente.
– ¿Conoces el termino “Groupie”? –
–No. – Respondí cortante, tajante como navaja recién afilada.
–Verás…Una groupie es… No sé como decirlo, ese tipo de cosas sólo se disfrutan con el cuerpo, nunca se le pone etiquetas ni explicaciones. –
– ¡Con un carajo Salvador, si vas a decirme qué es una maldita groupie dímelo y deja de titubear! – Grité furiosamente. Un gesto de susto delató a Chava que se puso serio. Afortunadamente el volumen de la música en el lugar repentinamente se había elevado, impidiéndole a los oídos de Noel oír mi grito.
–No te enojes. Una groupie es como una esposa en las giras. Ellas vienen con nosotros en el autobús de la banda y son como esposas de ruta, amantes del camino. Lavan nuestras ropas, nos cocinan cuando tenemos flojera de salir. Nos las cogemos sin compromiso. Bueno… Viéndolo las cosas con franqueza, sí hay compromiso. Ellas son leales a nosotros y nosotros debemos ser leales a ellas. Ellas crean su propio clan y reglas. Todo es inofensivo y todas son mayores de edad. Son legales jajaja. Como ves, la abeja reina, la culona, es la groupie de Noel, el líder de la banda. Ella da órdenes a las otras, organiza todo, incluso nos ayudan a veces cuando damos pequeños conciertos. No como el de hoy, pero son útiles. Son buenas. – Confesaba Chava sin parecer hartarse de sus memorias y actos.
– ¿Desde hace cuánto tiempo hacen eso con éstas tipas? – Mi saliva tenía un sabor acre, mis manos estaban hechas puños preparados para abatir a esa. La del tatuaje de libélula en el brazo derecho.
–Desde que comenzó la banda. Ya hace casi diez años. Ellas han estado con nosotros desde nuestros inicios cuando éramos nada. Ellas creyeron en nosotros antes que cualquier disquera o empresario. –
– ¿Cómo se llama ella? La abeja reina– Mascullé con asco las palabras esperando la contestación de Chava pero uno de los integrantes del grupo se lo llevó a jalones y carcajadas.
Era ella. Estaba inequívocamente convencida que la abeja reina era Paola. Es a ella a quien él “iba a amar para siempre”. Cursi, estúpido, mentiroso, arrogante… Hermoso. Quería odiarlo pero algo en mí lo impedía. Mi corazón era sólo flores, brisa marina y música de guitarras cuando pensaba en Noel. No podía verter oscuridad en el. Estaba totalmente jodida. Discapacitada para aborrecerlo y escupirle a la cara. Yo quería ser su todo, ser su esposa de ruta, lavar sus ropas y sus calzoncillos manchados de… Placer. Quería ir con él, zurcida a su regazo, visitando ciudades, conociendo nuevos públicos, diferentes cielos y seguir aprendiendo de la majestuosidad de su alma artística y sensible pero ahí estaba esa mujer, de enorme trasero, pechos insignificantes, ropas baratas, con horrible labial en sus labios mas nada de lo que mi pudiera pensar mi mente roída por los celos iba a borrar todos esos años que había estado comiéndose a mi hombre. Puedo sonar egoísta pero para mí el ahora es lo que importa y ahora yo estaba en su vida y él en la mía y no permitiría a una desquiciada y malacostumbrada fanática seguir jugando con el sexo de Noel.
–Hola… ¿Los interrumpo? – Pregunté sarcásticamente. La abeja reina me dio esa mirada con complejo de escoba que barrió mi persona de pies a cabeza.
–Nena, te presento a Eloísa. Eloísa, ella es Fanya. – Dijo Noel, dejando boquiabierta a… ¡¡¡ELOÍSA!!! (Soy una celosa chusca y grotesca. La abeja reina no es Paola. Respiré con gran alivio pero luego mi subconsciente preguntó: ¿Entonces?… ¿Quién diablos es Paola?).
–Hola Fanya. He estado escuchando mucho de ti. – Me dio la mano, con una sonrisa retorcida, intoxicada de hipocresía y celos.
Trágate eso, perra.
–Hola linda. – Respondí ante su saludo con niveles altos de falsedad en mi sangre.
–Noel, entonces… ¿Vienes conmigo para darte la litografía que te hice? Está en mi cajuela. – Preguntó la abeja reina dándome la espalda, aproximándose levemente a mi Noel.
–Claro, vamos. Espérame aquí nena. Ahorita regreso. No tardo. – Guiñó Noel su ojo izquierdo, me dio esa sonrisa sensualmente matadora y se fue siguiendo el camino que trazaba la tosca anatomía de la abeja reina entre las personas que bebían y fumaban como si el amanecer fuese a convertirse en el apocalipsis.
Me quedé ahí, dejada, en medio de un grupo de borrachos, el aire olía a marihuana y las otras “abejitas” estaban con sus amos, besándolos sin pudor. Mi emancipada moral no me permite asustarme de ver escenas de suave sexo ocurriendo a un metro de distancia de mi humanidad pero los celos que me convertían en una inminente fiera no me dejaban en paz. Me picaba la espalda. Rasqué mis manos, mis brazos y mi cuello pero esa urticaria no parecía ceder. Después de algunos demasiado largos minutos, salí hasta la calle donde estaban todos los autos estacionados pero no había rastro de Noel ni la abeja reina. Maldita abeja reina. No quiero saber donde tiene la entrada a su panal. Esperé casi diez minutos (sí, los conté) en la acera, esperando ver algún movimiento de cuerpos entre la calle oscura, los arboles y los autos pero era sólo yo y mi colérico cuerpo quienes estábamos fuera. Regresé a la casa y me tropecé con una orgía de alcohol, drogas, cuerpos desnudos, piernas arriba, humo y mi desesperación. Caminé entre los grupos de cuerpos entrenzados buscando a Noel, miraba de soslayo entre la barahúnda tratando de reconocer a Noel mas no había huella de él ahí, con ellos. Subí unas escaleras que llevaban a un segundo piso y abría paso a tres puertas. Abrí las primeras dos, una era el baño, otra era un pequeño estudio de grabación y me restaba la otra puerta. Mi mano temblaba al acercarse más y más a la manija. Quería abrir pero el pavor de encontrarme con lo irremediablemente obvio entorpecía mis movimientos. Tragué hondamente y giré la perilla de la puerta. Mi mente trabaja a marchas forzadas pensando siempre lo peor para evitarme sorpresas desagradables, dando casi todo por hecho aunque no haya precisamente sucedido. Ahí estaba Noel, ahí estaba la abeja reina, mamando de su pene la miel, ahí estaba la litografía de su rostro entrecortado, en blanco y negro, hecho a base de carboncillo y cinismo sobre el buró, junto a una pequeña bolsa que contenía lo que a gritos revelaba ser cocaína. Noel quiso levantarse de la cama al verme pero la ávida boca de la abeja reina no se lo permitió provocándole lo que aparentaba ser un segundo orgasmo. No sé. Lo miré con tristeza, lágrimas horadaban mis ojos y bajé las escaleras con el escaso equilibrio que me quedaba. Oí su voz aullar mi nombre pero lo dejé ahí con su abeja, envueltos en su flor. Salí hasta la lóbrega calle y vomité. Limpié mis lágrimas fingiendo una fortaleza feminista que nunca he poseído y caminé desgastando las suelas de mis zapatillas hasta llegar a una calle un poco más iluminada y transitada. Abordé un taxi y sin darme cuenta estaba ya en el departamento. En el baño, llorando, desnuda. Llené la tina con agua. Tomé una tibia y larga ducha. Salí de ahí renovada y limpia sin esos olores de orgía que se impregnaron hasta en mi cabello. Fui a mi habitación, abrí la ventana dejando entrar una ráfaga de aire puro que acarició con amor maternal todo mi cuerpo que solo estaba cubierto por unas cómodas bragas blancas de algodón y una playera sport. Mi cabello aún húmedo se secó rápidamente con ese aire que me mecía y entumecía el llanto que no había podido desenterrar de mi interior, sabiendo que Noel no regresaría para hallarme a mí una vez más con mi cabeza entre los tobillos.
Al toque del amanecer mi cama no lucía tan vacía ni se mofaba tanto de mí. Me levanté aún soñolienta, preparé un té, puse en mi pequeño reproductor de música “Bang Bang”, una de mis canciones predilectas de Nancy Sinatra incitándome a convertirme en una pistolera para ir a buscar a Noel y a su abejita y dispararles hasta que los casquillos llegaran a mis rodillas. La melancólica voz de Nancy fundida con esa guitarra entumecida de dolor, tronaban entre mis paredes, muy adentro de mi pecho, sintiendo un enorme agujero en el vientre, como si una bala hubiese perforado mi carne. Mi alma moría, mi orgullo sufría una letal hemorragia y dieron tres toquidos a la puerta.
– ¿Quién es? –Pregunté sin abrir mientras alguien afuera tosió de nervios.
–Mujer. Soy un pendejo pero algunos me llaman Noel. – Exclamó en un susurro ahogado de arrepentimiento Noel. Me atraganté con mi saliva demostrándole mi asombro. Era inesperado tenerlo ahí afuera. Pensé que la abeja reina me lo había ganado y que se quedaría con él. Abrí la puerta, mordiendo mi labio, aguantándome el llanto, lo vi ahí de pie como un sobreviviente de guerra, con su guitarra y su litografía en manos, lo dejé pasar y quiso abrazarme pero lo evadí con la maestría de un torero, haciéndome a un lado. La canción de Nancy se repitió y en mis adentros pensé que eso delataría mi estado depresivo y necesitado mas no me importó. Noel prestó oídos a la canción y me miró como si la canción le dijera todo lo que yo no podía decirle.
–Perdóname por haberte disparado. Te amo. Perdóname. – Intentó ponerse de rodillas, con sus pupilas dilatadas y su cabello reinado por el desastre.
–No seas ridículo. No necesito que te pongas de rodillas ante mí. Necesito que me respetes y me des en tu vida el lugar que merezco. Quiero ser tu costilla derecha, quiero ser la única abeja reina, quiero ser la única que tenga acceso a tu sexo, quiero ser la única que bese tu boca y que robe tu aliento. – Grité con sarcasmo, ironía y rabia. Mezcolanza mortífera que lo doblegó y aunque su cuerpo se mantuvo de pie, su corazón, su dignidad y su alma cayeron subyugados ante mí.
–Te amo. Eres la única. Lo juro. – Dijo sollozando Noel, como un niño herido. Le di la mano y lo llevé a la habitación. Le pedí que durmiera y obediente se recostó, cerró los ojos y de su garganta comenzaron a gorgorear estruendosos ronquidos. Cerré la puerta y volví a la sala, donde en el único sillón que poseo dejó asentada la litografía que encuadraba el rostro de Noel trazado casi a escala real. La olí y aún pude percibir el aroma a marihuana, whisky y desenfreno. Saqué de mi bolso el labial rojo que me obsequió una de mis amigas. Manché con ciega pero exacta destreza mis labios, de nuevo rojos y bravucones… “Eternamente labios rojos”. Tatué un beso cerca de los labios de Noel, en la litografía, como leona en celo, marcando mi territorio. Puede que la abeja reina haya dibujado el rostro de Noel pero era mi boca la única que podía besarlo. Quizás la abeja reina rigió sobre Noel y las demás abejitas durante varios años, antes de mí, pero ahora yo estaba ahí, al mando, con la manzana de la discordia descansando en mis aposentos, arrepentido y eximido al mismo tiempo.
No tengo alas pero sí tengo aguijón y en éste juego el camaleón siempre prevalecerá por sobre la libélula…
CONTINUARÁ…
In : FANYA
Tags: confesiones de una exhibicionista desempleada fanya erotismo literatura fer irigoyen
blog comments powered by Disqus
























