EPOPEYA DE UN ADIÓS.

 

En una semana el cielo y la vida podrían cambiar para siempre, podrías volverte la persona más rica del mundo o podrías enamorarte irreversiblemente y morir en el intento de vivir como un inmortal, el dolor es el recordatorio de que somos humanos, no más, no menos, somos imperfectos, todos cometemos errores, todos queremos más de lo que merecemos, en ocasiones damos más de lo que recibimos o esperamos por algo hasta hacernos viejos mientras nos desmoronamos en pedazos.

Debí subir al avión pero no pude, fui al aeropuerto casi de madrugada, con una valija llena de ropa indispensable y fotos, un mar de gente me circundaba, cada quien con su historia escribiéndose sobre sus frentes, a prisa como si el suelo ardiera y todos estuviésemos descalzos, vi a algunas personas llorar al abrazar a sus seres queridos que tenían que partir, vi llegar a personas con la cara llena de emoción, como si la Ciudad de México fuera a llenar sus expectativas, y tal vez lo hará o puede que rompa sus corazones, ésta ciudad es un enorme y bullicioso juego de azar. Compré un refresco y me senté para esperar a abordar mi vuelo, los minutos se hicieron horas y las horas se hicieron años, envejecí en aquella sala de espera hasta que una fuerte voz daba aviso que el vuelo para Sevilla estaba siendo ya abordado, me levanté tan rápido que con el esfuerzo rompí el tacón de mi zapato, caminé hasta el ventanal para ver a los grandes aviones enfilarse y prepararse para volar, parecen inmensas gaviotas de metal, llenas de latidos, recuerdos y sueños de personas que van a otro lugar en busca de su destino. Volvieron a dar un segundo aviso, yo posaba junto a la ventana, miré el boleto para imaginar el destino, para percibir a Julián en ese pedazo de papel, me relamí los labios, acicalé mi cabello, estaba lista pasa subir y en doce horas abrazar al hombre de mis fantasías que se había hecho realidad, me acerqué a la azafata que tomaba los boletos y le pregunté si ella viajaría a otro país, a otra ciudad siguiendo a alguien que ama, ella sonrió nerviosa y apenada, siendo observada por las personas que esperaban en la fila y me dijo: “Lo hago casi todos los días, todos los días me enamoro de una persona diferente, a veces arriba, en el cielo, en un avión, conozco al hombre que soñé desde niña, a veces lo encuentro en las calles de algún país exótico donde hacemos escala y tenemos pocas horas de descanso hasta llegar al último sitio de viaje. Me enamoro todos los días, por eso me gusta éste trabajo, nunca me aburro, aprendo mucho de las personas y de mí misma, me emociona aterrizar en ciudades donde nunca he estado antes, se que mañana me enamoraré de algún español, se que él me olvidará y yo también pero recordaré la enseñanza, al final eso somos todos, somos moralejas, refranes y consejos andantes, si no aprendemos nada al estar con alguien es porque no tenemos consciencia ni alma, por eso amo viajar, para amar, para sentir el amor en otro cuerpo que no sea el mío, me complemento, no me siento tan vacía como habitualmente suele suceder…”, la mujer, excitada por compartir sus experiencias conmigo, me hizo sentir cómoda, como si hablara con mi propio reflejo, entonces preguntó: “¿Volarás entonces?, ¿Vendrás a Sevilla para perseguir a tu amado?”, mientras preguntaba, yo iba caminando lentamente hacia atrás, desconcertando a la azafata y a las personas en la fila, rompí el boleto en pequeños trozos, con las lágrimas escurriéndose por mis ojos y corrí lejos de ellos, volví al ventanal para ver elevarse y desaparecer al avión que me llevaría a Sevilla, imaginé la cara de Julián al ver mi ausencia llegar, me imaginé sola de nuevo todas las noches, comiendo sola, despertando sola en la cama que se había enamorado también del hombre que acababa de dejar ir, sin poder comprender mi propia decisión, lloré por horas mientras la gente atrapada en el vaivén de sus destinos desaparecía también. Quité de mi dedo anular el anillo de diamantes con el cual me había pedido matrimonio y lo guardé en la valija, me quité los zapatos y caminé entonces descalza hasta la puerta de salida, tomé un taxi sin indicarle al chofer un rumbo fijo, es que no quería llegar a la casa porque iba a partirme en dos, iba ser devorada por la muerte, iba a sentir la calidez del cuerpo desnudo de Julián entre los rincones, iba a sucumbir tras las persianas ante el olor de su piel y su sexo, iba a volver a ser la misma de siempre, sola y mi sombra traicionera.

Después de vagar por la ciudad, por varios barrios y cientos de pesos, volví al apartamento, subí por las escaleras evitando la eficaz velocidad del elevador, para hacer más tardado mi arribo. Abrí la puerta y como era de esperarse mi casa estaba llena de fantasmas; los fantasmas de su cuerpo haciéndome el amor, el fantasma de sus labios besando su escondite favorito: mi entrepierna, sus manos arrancándome suspiros como si fuéramos maíces en las manos de un agricultor, sus ojos diluyéndose en los míos, sus vellos acariciándome, su bigote haciéndome cosquillas, sus brazos robándome el aliento, dos cuerpos transfigurándose bajo las sábanas, como un par de santos siendo ascendidos a la gloria de los cielos, porque Julián era mi cielo pero en un punto no me vi surcando en él, en otra ciudad, perdiendo mi identidad, dejando de ser quien soy por acoplarme a los deseos de su familia, moría por ser su esposa pero habría preferido mil veces casarme con su alma antes que con su cuerpo.

Cuando me recosté en la cama, inconscientemente busqué su cuerpo pero no estaba, entonces me di cuenta que había cometido un error, debí de haberme atrevido a desafiar mi acostumbrada manera de vivir y hacer algo extraordinario, entonces fui donde mi amiga Mónica y le pedí un poco de dinero prestado para poder comprar otro boleto rumbo a Sevilla, esperé a que amaneciera, compré mi lugar rumbo a mi sueño dorado, acompañada de mi amiga, ambas silentes e inmóviles, parecíamos dos estatuas de carne y hueso hasta que llamaron a las personas de mi vuelo, me despedí de Mónica con un fuerte beso en la mejilla y un abrazo, corrí sin equipaje hasta entrar al avión, acomodándome el cinturón de seguridad pero sobretodo, sintiéndome segura de que estaba haciendo lo correcto pues vivir como suelo vivir está bien para alguien como yo pero ser valiente y romper las formas y las esquemas de mi manera de vida es admirable y es lo que quería pero más quería abrazar a mi Sevillano, besarle y decirle “te amo”.

En el avión conocí a una señora que como yo iba a reunirse con su amor de juventud, hacía aproximadamente 55 años que no lo veía pero estaba segura que él la esperaba con los brazos abiertos, sus lentes se empañaron de su tierno llanto al contarme su historia: “Sabes, lo conocí cuando tenía 17 años en un viaje que mis padres y yo hicimos a Madrid, vivimos parte del verano en casa de mi tío paterno hasta que me escapé y sin saber a dónde manejaba el automóvil que me había robado, llegué a Sevilla, entonces choqué con el auto de un hombre bello, fuerte, tan varonil y tan moderno para aquella época, yo tenía miedo, pensé que él iba a llamar a la policía pero dijo que no habría problemas si lo acompañaba a beber un café, yo me sentía tan alucinada, salía humo de mis orejas, sin dudarlo acepté, platicamos largas horas, sin aburrirnos, hasta que nos anocheció y él tuvo que irse, me pidió le permitiera llevarme a mi casa mas entonces le conté mi travesura, y al no tener en dónde quedarme para pasar la noche en Sevilla, me llevó a su casa. Estando ahí, encendió la chimenea, preparó chocolate caliente, esa noche hacía mucho frío, y le pregunté su edad, “tengo 25 años”, dijo y yo me ruboricé pues sabía que era mucho mayor que yo y pese a mi corta y virginal edad, en mi mente pasaban tantas cosas que moría por hacer con él. Su nombre es Alberto, su cuerpo, tendrías que haberlo visto para poder creerlo, era la cosa más exquisita y hermosa que Dios pudo haber creado pero era opacado por su mirada, cuando me miraba yo me sentía tan llena, como si vaciara un sol líquido por mis venas, sentía un calor indescriptible recorrerme y así me encendía, trataba de contenerme y no robarle un beso, ¿qué podría pensar de una chiquilla mimada y lujuriosa?, varios días después de convivencia amistosa, una buena noche de Sábado, hicimos el amor por primera vez, era ciertamente la primera vez para mí, y él fue tan tierno, tan caballeroso, cuidando de mí a cada movimiento, cuando me besaba era como si los ángeles cantaran dentro de mí, recuerdo como si hubiese sido ayer cuando me dijo ‘te amo’, fui la mujer más dichosa sobre el planeta, sus manos fueron mis mejores amigas, durante mucho tiempo, hasta el final del verano cuando mis padres me encontraron, me abofetearon frente a él y me alejaron a rastras lejos, durante un año me metieron en un internado Inglés y cuando cumplí la mayoría de edad volví a México, al próximo verano volví a Sevilla y lo busqué como loca hasta que me entere que se había casado con una prima lejana, lo vi desde lejos con ella, en una plazuela, comiendo alguna confitería, entonces regresé a casa, deprimida y sin esperanzas, mis padres querían que me casara con un niño aún más mimado que yo, hijo de un banquero prestigiado y sin ganas de nada, los complací, nos casamos y nos convertimos en una superflua noticia en primera plana, los años pasaron, tuve hijos, él enfermó de cáncer  y murió hace algunos años, entonces cumplí uno de mis sueños, viajar por todo el mundo, sola, porque mis hijos no quieren saber nada mí, hasta que muera y como cuervos pelearán por el testamento, pero esta vida es mía y mi patrimonio es mío, haré con el lo que se me plazca. No quiero morirme llena de remordimientos, de dudas, de miedos y de hubieras, quiero buscar a Alberto y decirle que todavía lo amo…”

“¿No tiene miedo de que el señor esté aún casado?”

“A éstas alturas de la vida ni la muerte me asusta, sin embargo no quiero irme de éste mundo sin volver a besarlo de nuevo, si está casado seguirá estando con su mujer hasta que Dios lo llame, pero si ha enviudado, entonces ésta anciana con alma de niña podría tener una segunda oportunidad para vivir junto al amor de su vida, mírame, estoy tan vieja y tan loca que hablo en tercera persona, no tengo remedio, somos mi corazón y yo dos viejas enamoradas a la espera de un milagro.”

“¿Cómo sabe que él es el amor de su vida?”

“Porque cambió mi vida, porque me hizo ser mujer, porque me amó tal y como era, porque me educó con su caricia, porque no imagino los próximos días de mi existencia sin él, porque es el primer pensamiento que tengo cuando despierto y es la última cara que imagino cuando voy a dormir, porque el chocolate me lo recuerda, porque nada en el universo es indispensable para mí excepto su boca, y no se como he sobrevivido tantos años lejos de él, creo que soy una efigie, tal vez volveré a la vida cuando nos besemos otra vez”

“Su vida es tan hermosa, su historia es tan reconfortante para mí, me demuestra que no hay imposibles, que estoy haciendo lo correcto…”

“¿Pues qué es lo que estás haciendo, hija?”

“Ayer debí de reunirme con mi Sevillano, Julián, pero me llené de dudas y de miedos absurdos y dejé escapar mi vuelo y la oportunidad de ser su esposa, mire el anillo de compromiso que me regaló, luego estando sola en casa me arrepentí de lo que hice y aquí estoy, desesperadamente enamorada de alguien que es tan idéntico a Alberto, Julián me hizo sentir como Don Alberto a usted, le dio sentido a mi vida, aliento a mis pulmones y luz a mis fantasías, lo amo tanto…”

“El amor no es algo que hagas con la lógica, para cualquier filósofo o pensador, tú y yo somos un par de mujeres arruinadas que buscan mitigar el dolor de sus vidas con alguna presencia masculina de su pasado, pero ellos no saben lo que nosotras sentimos, nunca sintieron lo que vivimos y no lo disfrutaron junto a nuestros hombres como nosotros lo hicimos, así que olvida las dudas y los miedos, donde hay miedo no hay amor…”

“Quiero morir junto a él…”

“¿Por qué hablas de muerte hija? Eres una joven maravillosa que apenas inicia su travesía en ésta vida, déjame la muerte a mí, deja que ella se entretenga con mis huesos, mis equivocaciones y mis andanzas, tú vive tu vida y haz con ella lo que la luz hace con las sombras, cómete la luna sin empacho.”

“Muchas gracias…”

“Me llamo Regina y no me agradezcas nada, es un honor que una bella joven preste oído a una vieja roída como yo…”

“Usted, señora mía es bellísima, quisiera tener un ápice de la clase y elegancia que usted pondera.”

“Que linda eres, ahora, cuéntame más de tu historia con Julián…”

Gracias a Doña Regina, el viaje se me hizo corto, no mordí mis uñas ni bebí copas de vino extra, entre la plática fuimos interrumpidas por el aviso del piloto, estábamos a punto de aterrizar, nos miramos a los ojos y tomamos fuertemente nuestras manos, atragantadas con la ansiedad y emoción, descendimos del avión apenas tocó suelo, estando cerca de la puerta de salida nos dimos un fuerte abrazo, ella me dio un número telefónico donde podía encontrarla si las cosas no sucedían como ella esperaba, prometí llamarle y le dije que desde el fondo de mi corazón esperaba que no me contestara. Un señor en traje negro la recogió y se la llevó en una limusina negra, y yo, pensante, delirante y hambrienta –más de Julián que de comida– esperé por un taxi y cuando lo tomé le pedí me llevara al centro de Sevilla o a algún lugar donde comúnmente se reúne la gente, el chofer preguntó: “¿Eres mexicana tía? y yo le respondí afirmativamente, con el alma moviéndose en mi interior tan efusiva e ignorando el mundo que me rodeaba. Eran aproximadamente las siete de la noche, sola en una plaza llena de gente, con mi bolso y mis recuerdos, nada más, no sabía por dónde comenzar a buscar a Julián, no tenía su dirección ni nunca me tomé la molestia de preguntarle por su lugar favorito o alguna pista que me facilitara ubicarlo, entonces saqué de mi bolso una de las fotos que le tomé y pregunté a algunas personas si lo conocían, pero nadie ayudó, nadie lo había visto y me hacían sentir tan miserable con cada no que restregaban en mi pálido rostro. Cuando en verdad anocheció y las calles se habían vaciado, dormí tal vez una o dos horas en las escaleras de la catedral principal, donde Julián quería casarse conmigo, tratando de imaginar la idea como si hubiese sido un recuerdo, pero la mitomanía es fácil cuando no tienes nada que perder.

A la mañana siguiente, con el estómago vacío pero cargando un corazón lleno de amor y deseo, inicié la más épica búsqueda de un amor, toque puerta por puerta y el hombro de todas las personas que transitaban las calles para que me prestaran atención, les mostraba la foto de mi Sevillano mas nadie podía asegurar que lo conocía, nadie sabía en donde vivía sin embargo no perdí la esperanza. Sin dinero, sedienta y con los pies doloridos, llamé desde un teléfono público al número que Doña Regina me dio, timbró demasiado y nunca contestaron, aunque por fuera mi cara parecía estar triste, por dentro sonreí de dicha porque Doña Regina pudo reunirse con su amado Alberto inflando mi fe como pan en el horno.

Ya estaba anocheciendo de nuevo, entonces entré a una cantina llena de hombres y mujeres, entre extranjeros y lugareños busqué en todos los rostros algún rastro de Julián, me fui a la barra y un tipo me invitó un trago, después otro y al séptimo quiso besarme y llevarme a su cama pero lo tan fuerte que cayó al piso, tomé un poco de cacahuates y salí huyendo del lugar, fui donde la parroquia para buscar un lugar donde poder dormir, de nuevo sola, en otra ciudad, al otro lado del mundo mas la misma soledad me perseguía como si ya fuera parte de mí. Antes de que el reloj marcara las diez de la noche, volví a llamar a Doña Regina, después de dos timbrazos contestó:

“¿Bueno?...”

“Hola, ¿Doña Regina? Habla Fanya, la chica que conoció en el avión, ¿me recuerda?”

“Claro que te recuerdo. ¿Cómo vas hija? ¿Estás ya con tu gran amor Julián?”

“¡No! No lo he podido hallar, he estado vagando por todas partes, no he probado bocado, anoche dormí afuera de la catedral, estoy cansada, triste y sin ánimos, soy como una mochilera sin mochila o una brújula sin destino…”

“No llores hija mía, me entristece tu pena.”

“Olvidemos mis dramas por un momento, ¿usted pudo encontrarse de nuevo con Don Alberto?”

“Sí, fui a su antigua casa, después fui a visitarlo, también tomé un delicioso chocolate con sus hijos y nietos, son todos unos caballeros, atentos y tan guapos como mi Alberto.”

“¿Puedo verla ahorita? ¿Me permitiría dormir con usted ésta noche?”

“Claro hija mía, perdóname, que desconsiderada soy, dime en donde estás para mandar a mi chofer por ti…”

“Estoy en la gran catedral…”

Después de esperar unos minutos, llegó la limusina y me subí, me enamoré a primera vista del interior y de los asientos aterciopelados que me excitaron tanto, tuve que acariciarme hasta que el chofer me vio por el espejo retrovisor, sonrió y guiñó su ojo, estaba a punto de acabar cuando llegué a la mansión de Doña Regina, ella esperaba en su bello jardín alumbrado por faroles y pequeñas luces blancas, la abracé tan fuerte y lloré en su hombro como una niña con la rodilla herida aunque en mi caso, mi pecho era quien sangraba. Al entrar al cobijo de su casa le platiqué todo lo que había vivido en mis escasas horas de turista en Sevilla y en la cruel odisea buscando a Julián, le mostré la foto del motivo de mi locura, ella dijo con voz fuerte: “Tu hombre es muy guapo”, y yo limpiándome las lágrimas dije: “Lo es, es bellísimo pero más que nada es un hombre con un alma tan hermosa que muchas veces su interior eclipsa su cuerpo, hay veces que su interior, su personalidad posee a su exterior y su cuerpo es el cielo con pies sobre la faz de la tierra”. Una de las empleadas domésticas de Doña Regina nos llevó chocolate, galletas y queso para amenizar la charla, devoré todo con el apetito de un tiburón y cerca de la una de la mañana Doña Regina me pidió que me durmiera pues cuando el gallo cantara, me llevaría a conocer a Don Alberto y que tenía otros lugares de la ciudad que mostrarme.

A pesar del cambio de horario pude dormir, tuve pesadillas pero desperté sintiéndome renovada. Me puse un vestido hermoso que Doña Regina me prestó, ataviadas como diosas salimos, como si fuésemos parientes, volví a tomarle de la mano y sonreímos con complicidad y picardía, éramos dos adolescentes enamoradas, haciendo travesuras en uno de los rincones más hermosos del mundo. Arribamos a un lugar con una reja enorme, pensé que Don Alberto era dueño de un palacio en Sevilla hasta que entramos y noté tumbas, después de caminar un largo pasillo de tierra, penas y hierbas, llegamos a Don Alberto, en su lápida yacía su foto y flores bellas y frescas sobre flores secas y ajadas, a Doña Regina se le quebró la voz:

“Solecito mío, Alberto, despierta, quiero presentarte a una mujercita maravillosa, Fanya…”

“Hola…”

Me quedé sin palabras, no supe cómo reaccionar, Doña Regina se arrodilló ante la tumba y rompió en llanto, me hinqué con ella y la abracé lo más fuerte que pude, le murmuraba repetidamente: “No está sola, yo estoy con usted…”, mas nada podía consolarla, entonces dejé que se desahogara y lloré por ella y con ella, contemplándola besar los labios de Don Alberto en esa foto que ni el tiempo ni la intemperie parecían percudir, porque las verdaderas historias de amor se siguen escribiendo más allá de la muerte y después de la vida. El amor cuando es real no conoce imposibilidades.

Después de un rato en el cementerio ella dijo: “Creo que llegué un poco tarde, ¿no te parece?”

“No, Doña Regina, usted vino cuando tenía que venir, ni antes ni después, usted pudo cumplir sus sueños en vida, pocas personas lo logran, usted amo demasiado y lo sigue haciendo, además, cumplió su objetivo, la he visto darle un beso en la boca a su amado Alberto…”

“Es verdad, sabes, lo pude sentir en ese beso, el sabor de sus labios, la humedad de su lengua; pude sentir a mi Alberto en ese beso, las fotografías son cofres que guardan parte de la esencia y alma de la persona retratada.”

“Me encantan las fotos pero más me encanta su sonrisa, sería egoísta de mi parte pedirle que no llore, porque me duele. Verla sonreír es el sol para mí.”

“Suficiente por hoy de las tristezas de ésta dama marchita, ahora tenemos que ir a otro lugar, hay tanto Sevilla que ver, aquí yacen los que construyeron ésta ciudad, los héroes y las mujeres que amaron como tú y yo…”.

Después de desayunar en uno de los restoranes predilectos de Doña Regina, me llevó a una casa cuyo número era el cuarentaicinco, los muros eran de color mostaza y portón de madera antiguo. Doña Regina permaneció conmigo fuera, respiró hondo, rozando  la fachada con sus manos mezcladas con el paso del tiempo –que a nada ni a nadie perdona– y dijo: “Aquí vivía Alberto cuando lo conocí, aquí vivimos el romance más tórrido, apasionado, poético y divino que los cielos hayan podido presenciar. Ayer estuve aquí con su familia, toqué la puerta con ésta misma mano pero temblando por culpa del miedo y la incertidumbre, atendió entonces un joven guapo y gentil, pregunté por Alberto y me hicieron pasar, su viuda, una señora llena de canas como yo me invitó un chocolate y me reconoció casi de inmediato gracias a que Alberto mandó a enmarcar una fotografía mía y la colocó sobre la cabecera de su cama pagando un tributo a su gran amada, su familia es amable, son buenas gentes, me contaron todas las aventuras de Alberto hasta las últimas palabras que dijo antes de morir: mi nombre; su viuda dijo que ella vivió en un matrimonio de tres y que esperaba algún día poder conocer a la mujer que su marido tanto amó, les conté mis deseos y el motivo por le cual estaba en Sevilla una vez más, uno de sus nietos me llevó hasta su tumba y pensé que moriría ahí mismo pero ahora gracias a tus palabras, creo que cumplí con mi designio, sin embargo ahora te toca a ti, vivir tu historia, encontrar a Julián, tu amor…”

“Pero no se dónde está…”

“El mundo es tan pequeño que podrías encontrarte aquí mismo en cuarentaicinco días y no en ochenta, ¿me entiendes?”

Tocó con una roca en el gran portón hasta que alguien abrió, yo me alejé un poco de ella, perdiendo mi mirada en aquella calle que iba en declive hacia abajo y el mundo se difuminaba y se tornaba borroso como el recuerdo de Julián y yo, fue entonces que Doña Regina dijo: “Fanya, tienes visitas”, volví mi cabeza y casi caí desmayada al ver a Julián en la puerta de esa casona, sin poder entender nada y renunciando a todo, corrí hacia él para abrazarlo, besarlo y palparlo con mis manos para asegurarme que fuera real y no un espejismo de mi hambriento y desolado corazón. Doña Regina sonrió y dijo: “Yo entraré con Elisa a tomar un delicioso chocolate, ¿por qué ustedes dos no se ponen cómodos en la intimidad de mi limusina? Úsenla, ya que mañana será obsoleta”. Y como niños obedientes, nos escabullimos en la grandeza de su auto para hacer el amor, para olernos y besarnos como dos personas condenadas a muerte. No podíamos detenernos, mirarnos y reír de júbilo y placer.

“¿Por qué no viniste aquel día?, te esperé por horas, derrotado, llorando, abandonado y nunca apareciste…”

“No vine por que soy una mujer abismalmente estúpida pero pagué con creces haberte dejado plantado, he estado buscándote en Sevilla incansablemente, dormí en la calle, pasé más de un día sin comer… Te he extrañado tanto, pensé que moriría, habría sido un alivio que la tierra me tragara.”

“Lo se todo, la señora Regina me lo ha contado sin saber quién eres tú en mi vida y yo sin saber de quién estaba hablando; vino buscando a mi abuelo llena de ilusión, me rompió el corazón ver su rostro cuando mi abuela le dijo que ya había muerto. La llevé al cementerio y platicamos, ella se percató de mi melancolía pero le di un abrazo para consolarla, en ese momento era más grande su pesar que el mío, supongo.”

“Esa gran señora es un milagro para mí, desde el avión se convirtió en alguien sumamente especial, sin ella no habría podido encontrarte.”

“Tengo algo que decirte…”

“¡Mira! Llevo el anillo a todos lados, soy orgullosamente tu mujer ¿Podemos antes de decir algo más volver a hacer el amor?”

“No, tengo algo importante que decirte.”

“¿Ocurre algo malo Julián?

“Antes de irme a México tenía una relación con una chica muy maja pero no la amaba, por eso no me importó dejarla, cuando me fui a México, te conocí y mi vida dio vueltas como un barco que se lo comen las olas. Regresé a Sevilla para presentarte con mi familia que como podrás ver, tienen historias muy interesantes que contar. El hecho es que, cuando volví, me encontré con Adela, mi ex-novia y vi su vientre abultado, espera un hijo mío y yo siempre he querido ser padre, es mi más grande sueño. Quiero estar con él y encargarme que sea un hombre de bien, ejemplar y digno de ser leyenda como mi abuelo.”

“¿Y en dónde quedo yo?”

“En mi corazón, pero no hay cabida para ti en mi vida, no quiero educar a mi hijo desde México, desde otro hogar. Quiero ser padre a tiempo completo y no por correspondencia, tía, esta es  una decisión muy difícil para mí.”

“¿Habría pasado esto, es decir, me habrías rechazado si hubiese venido el día que dijiste, cuando me esperabas en el aeropuerto?”

“Sí, porque iba a enterarme de todos modos que voy a ser padre y aunque te amo con todas las fuerzas de mi ser, mi hijo es mi mayor prioridad, sueño y  mi más satisfactorio logro en mi vida.”

“Yo podría darte hijos, los que quieras, sólo pídemelo, pídeme que sea la madre de tus hijos…”

“Mujer, no llores. Se que podrías darme hijos y los amaría de la misma manera que amo a ese pequeño querubín que está creciendo como duende. Pero soy realista, las cosas nunca volverían a ser como antes, yo tengo que quedarme aquí, con Adela y mi hijo que pronto nacerá, mi familia, mi ciudad, mi abuelo y su historia que voy a revivir a mi manera…”

“En unos años yo seré Doña Regina y volveré por ti… No me olvides.”

Emergimos de la limusina como dos polluelos del cascarón, trémulos y débiles, nos abrazamos por última vez, ambos aguantándonos el llanto, fuimos más hipócritas que valientes, Doña Regina salió de la casa diciéndole adiós a toda la familia, vio el dolor y la desgracia picotear mi rostro como buitres pero no dijo nada. El viaje a su casa fue lento, paseamos sin mencionar palabra por algunos lugares hermosos que ya casi ni recuerdo. Ella tenía que volver a México y le supliqué que pagara mi pasaje de regreso y ella gustosa lo hizo. Después de la espera y ya estando en el avión, dos corazones en cachitos iban de vuelta a su nido, repudiando la melancolía pero sin arrepentirse de la experiencia, de haber volado, de haber amado, de soñar aunque los sueños no siempre se hagan realidad.

“¿Qué ocurrió hija? Pensé que te quedarías con Julián. ¿A caso no te perdonó que lo dejaste plantado?”

“No es eso, ojalá fuera eso. Julián va a ser padre, embarazó a una sevillana antes de irse a México, cuando regresó a Sevilla volvió a verla y se enteró de que iba a ser padre, ella no le pidió que se casaran pero él quiere hacerse responsable de los dos, ser padre a tiempo completo, ser leyenda como su abuelo Alberto, reviviendo la historia que usted y él en su tiempo vivieron, dejándome a mí con el recuerdo, ¿para qué me sirve el recuerdo?”

“Sin el recuerdo no somos nada, seríamos pozos sin fondo. Al guardar nuestros recuerdos, atesoramos nuestra vida y eso es lo mejor que podemos heredar. No renuncies a los recuerdos de Julián, porque el cuerpo muere, vuelve al polvo y jamás resucita pero el recuerdo prevalece, el recuerdo nunca envejece, somos hologramas creados por la mente de quien nos ama, de quien nos mira y de quien nos recuerda.”

“Le dije a Julián que algún día sería usted y que volvería por él…”

“Que curioso es todo esto… En otra vida yo pude haber sido tu abuela…”

“Ya le amo como tal, mi abuela nunca me miró, toda mi familia me ha hecho sentir invisible, por eso amé como a nunca a Julián, porque él me hizo sentir viva, encarnada en un cuerpo gozoso y libre, fui la mujer que se robó las estrellas y las escondí en sus ojos. Él me amó y entonces existí.”

“Y es por eso que amamos, hija mía, para darle a la materia amor y materializar el amor con algo tan sagrado como un beso, somos dos corazones que amaron, somos dos corazones que nunca se rendirán, somos personajes incondicionales que algún día serán parte de la leyenda de un gran hombre que como mi Alberto, vivirá en muchas mentes y corazones eternamente, seremos jóvenes toda la vida…”.

El amor es como un hijo. Lo engendras, lo concibes, lo alimentas, le enseñas a andar, lo ves crecer, lo sientes hacerse fuerte, independiente y  tarde o temprano tienes que ponerlo en libertad. Un amor condicionado o reprimido no es amor. Amar es ser libre con el corazón, amar es Julián y soy yo, amar es Doña Regina y su baúl de recuerdos, amar es Don Alberto que nunca olvidó a su amada, amar es no dejar que la fe muera, amar irte cuando tienes que hacerlo, amar es volver aunque nadie te lo pida.


CONFESIONES DE UNA EXHIBICIONISTA DESEMPLEADA


Fanya volverá con nuevas y más candentes confesiones en Febrero del 2012, sigue leyendo Fanya, la exhibicionista desempleada.
Ella es indiscretamente tuya.

Bookmark and Share