CONFESIONES DE UNA EXHIBICIONISTA DESEMPLEADA: EL POETA "UNA ALCOBA ENTRE LAS NUBES"
EL POETA: UNA ALCOBA ENTRE LAS NUBES.
Nunca pensé que la poesía podría ser de carne y hueso, no imaginé que podría tornarse en algo inolvidable, que su nombre sería el del gran poeta Ricardo Rovelo, el intérprete de mi carne, el ingrediente oculto de mis lágrimas. Lo conocí en Marzo a tres mil metros de altura, sobrevolando algún lugar desconocido de Jalisco, en un avión lleno de extraños, él se convirtió en mi cobijo aunque para nada tenía frío. Regresábamos de Los Cabos, yo había ido a pasar unos días a la playa con un tipo que nunca se metió conmigo a la cama pues se perdió en el bar del hotel, realmente estuve muy aburrida pese a que los paisajes eran maravillosos y todo lo que recibí fue de lujo sin embargo comenzaba a faltarme algo, después de la muerte de mi amiga, algo en mí se rompió y pedía algo más, ya no me bastaba el sexo y las compañías de una noche, soy una mujer cambiante, no volátil pero sí impredecible hasta para mí misma así que tenía que averiguar qué era aquello que me dolía en las tripas, que no me dejaba dormir, que me tenía inquieta y no me permitía concentrarme.
Cuando abordamos el avión, pude ver a Ricardo, él era alto, su cabello comenzaba a teñirse de canas, la madurez y la plenitud de todo un hombre revestían su cuerpo; me atrajo como imán su mirada, pero él desapareció en primera clase y yo como turista en mi propio país tuve que resignarme a imaginarlo enjaulada en otra clase. A media hora de estar volando, de repente lo vi de pie en el pasillo, cerca de mi asiento, estaba buscando a alguien y no pude evitar emocionarme, entonces me miró, se aproximó a mí y me invitó a ir con el a su asiento en primera clase, de ninguna forma iba a negarme y sin pensarlo dos veces dejé sola a la señora que estaba sentada junto a mí quien roncaba como grillo.
¿Cómo te llamas? Preguntó Ricardo. Me llamo Fanya. Le respondí y nos sentamos en esos cómodos y sedosos asientos de primera clase; él me invitó una copa de champaña, le pregunté su nombre y fue cuando él besó mi oído y entonces con su voz grave mencionó su nombre… “Me llamo Ricardo Rovelo, español de nacimiento pero mundano por tradición, dicen que soy poeta, que soy el matador de las palabras pero yo me considero un mentiroso profesional, un esquizofrénico privilegiado, un errante, nada más…”
Sentí mariposas en mi estómago, me sentía como una chiquilla emocionada la primera vez que se sube a la montaña rusa. Si algo sabía hacer bien Ricardo era impresionarte tanto que se hacía inolvidable en tu memoria.
Ricardo me confesó que me había visto en el hotel, me vio en distintas ocasiones comiendo sola o asoleándome sin sostén, dijo que tuvo la intensión de acercarse a mí y preguntarme mi nombre varias veces pero que nunca se atrevió. Estando cerca de él, me quedé cautivada por su manera de hablar, lo varonil de sus movimientos, la seguridad de su persona, la sensualidad de sus ademanes, gestos y me sentí embelesada por su trato, era todo un caballero, delicado pero sin ocultar sus intensiones para conmigo. Éramos sólo él y yo en primera clase, el avión iba casi vacío y nosotros gozábamos de la privacidad que brinda la opulencia y el poder, flotando en el cielo.
Él era mayor que yo, tenía 53 años, a su edad él le enseñaba a la vida y no al revés, era poeta de profesión y un halcón por convicción, era un hombre libre pero vivía preso, condenado a deambular como un trovador en busca de inspiración, tenía la vida prácticamente resuelta, su economía era estable y le permitía darse lujos, en lo sentimental él siempre fue un hombre inconforme, por lo que amó demasiado y probó tantas pieles, tantas nacionalidades, tantas razas, tantos sabores, tantas mujeres y tal vez hombres, sólo se que es un hombre completo que se derrama ante la definición de esa palabra, hombre es una palabra que no le hace el honor. Era un hombre de mundo (lo sigue siendo pero ya no en el mío), un hombre culto, un hombre con historia como una hermosa y antigua ciudad. Él me recordaba Roma, un lugar en el mundo, sofisticado, una ciudad llena de lugares en ruinas pero aún siendo tan hermosos, que conservaban el misterio y la magia del esplendor que alguna vez tuvieron, una ciudad íntima que ponderaba su encanto, que atrapaba tu pupila y te invitaba a volver y querer quedarte ahí para siempre; él es un lugar atrapante, un hombre bueno, un dios mortal orgulloso de su carne y sus huesos. Después de un rato de charla, me miró a los ojos y me llamó musa, entonces deslizó su mano dentro de mi blusa y comenzó a acariciarme los senos, mi respiración se agitó, no pude contenerme y lo besé, fue un beso tan exquisito que estando en el cielo volví a la tierra y regresé a mi cuerpo hipnotizada y deleitada. Su boca era un festín divino, suave, llena de texturas y dulce; su boca no me dejó levantar mi guardia, indefensa, excitada y feliz, nada ni nadie podía haberme separado de sus labios, he besado demasiadas bocas, tantas que a veces quisiera borrar de mi mente algunas de ellas, pero todas y cada una de las bocas que besé me enseñaron a besar dignamente la de Ricardo, las bocas que besé me llevaron justo a la boca del poeta, que por un instante se quedó sin palabras, tanto él como yo nos perdimos en ese beso, nos absorbió como espiral y no pudimos ni quisimos impedirlo.
Estando suspendidos tan alto, a medio cielo, lejos de la locura de las ciudades, de la tortura agobiante del tráfico, del humo de los miedos ajenos y del ruido de la muchedumbre, estábamos Ricardo y yo, enredados y de algún modo, renaciendo, anticipándonos, ansiosos como si fuéramos vírgenes, él por su lado complaciente, tierno, varonil e irrefutablemente interesante, yo por el mío, sola, indecente, sedienta de su cuerpo, libando su miembro, llevándolo al lado oscuro de la luz cuando apunta directamente a tus ojos; mi lengua traspasó la frontera de su cremallera, su hombría se hizo evidente, dura, sagaz e imperante, era el trono perfecto, tenía que reinar sobre el.
Ricardo me tomó por las caderas y me sentó sobre de el, lentamente fue entrando en mí, se sentía como un cuchillo al rojo vivo penetrando, cortando mi carne, adentrándose a mi intimidad, con sus los movimientos de su pubis entraba aún más, yo podía sentir el latir de su corazón, lo besé de nuevo, no quería parar, él puso sus brazos alrededor de mí y me apretó con fuerza, besó mi cuello, mordió el lóbulo de mis orejas, lamió mi nariz, mordió mi labio inferior, olvidamos por un momento que estábamos en un avión, en medio de la nada, entre las nubes, en nuestra alcoba, haciendo el amor sin temor a que alguien pudiera descubrirnos, tal vez eso nos excitaba aún más. Su cuerpo estaba sumamente caliente, sus manos frotaban con fuerza mis nalgas mientras yo trataba de aumentar el ritmo de mis movimientos, quería llevarlo al extremo, quería hacerlo gritar, que se viniera pero él aguantó mucho, su deseo por mí era inmenso, incandescente, me decía hermosas frases al oído, lo metía con fuerza y con ello una frase de amor se colaba en mis sentidos, no sólo su mente es poeta, su cuerpo hace poesía, sus brazos me abrazaban con tanta fuerza como la fuerza de un mar en plena tormenta, su pene era un cetro mágico, el elixir de la vida, la ciencia, la alquimia, el cielo mismo introducido en su vientre, su cuerpo era una fogata y ardía dentro mío; sus uñas recorrían mi espalda y dejaron marca de su presencia, yo me aferré a su boca y al mismo tiempo mientras nos mirábamos, nos corrimos y caímos al fondo del mortal goce, un orgasmo como pocos, entre ángeles ahí estábamos él y yo, intentando recobrar el aliento, agitados, sudorosos, abrazados, su cuerpo todavía yacía dentro del mío, apoyé mi cabeza en su hombro y me quedé dormida por unos segundos.
“Recuesta tu alma sobre mi pecho que tu sueño es la sangre que irriga mis impulsos de vida, recuesta tu cabeza en mí, que de tus pensamientos me alimento, de tu aliento me inspiro, de tu mirada pendo y con tu boca me suicido. Soy la almohada de tu silencio, soy un navegante traductor de tu piel, el cielo es testigo, me deslío y te rezo, unidos en nuestra alcoba, varados entre las nubes, soy el guardián de tus fantasías, eres la cuna de mis desvelos. Sueña profundo que quiero hundirme en ti, impío, perverso, rendido y sin sosiego, arrástrame con cada suspiro, yo me abandono a tu voluntad como el sol a las mañanas, henchida de nuestro secreto, recóndito tu fruto que se teje al mío, no despiertes que temo nos desvaneceremos cuando tu pupila bien abierta se encuentre con el filo voraz de la realidad”.
Pude oír las bellas palabras de Ricardo, humedeciendo con su saliva mis oídos, su acento español me arrullaba y me encendía como el fuego a la pólvora, habría dado todo por pasar ahí con él todos los días de mi vida. Cuando desperté bien y volví a mis sentidos, lo miré, sonreímos y me reinstalé en mi asiento, acomodé mi ropa y bebí un poco más de champaña.
Volveré a verte? Preguntó Ricardo, entonces yo lo besé en la frente y con mi mirada más tierna y natural le dije que dependía de él, le anoté mi dirección en un papel y lo introduje en el bolsillo de su camisa.
“Soy un hombre casado, soy leal a mi mujer, todos los días le rindo tributo, le debo la mitad de mi vida, era sólo un peón cuando ella con su mano me salvó. No quiero mentirte, bellísima mujer, no quiero construir castillos de arcilla mojada en tu ser que se derrumbarán y te sepultarán con ellos, no te prometo una eternidad pero te aseguro con toda la energía que galopa en mis arterias que viviré cada segundo a tu lado, aprovecharé la sabia de tu existencia, te invito a que estrujes mi alma entre tus manos, que me muerdas el cuello y bebas mi sangre, vampiresa, te imploro que me mates y me devores que quiero morar en ti, quiero reinar en ti”. Mientras hablaba con tanta seriedad y su manera emotiva de atraparme, sus manos suplicantes tomaron las mías, sus ojos como dos niños abandonados se colgaron de mi ser y no me dejaron ir sin poder evitar llevármelos conmigo.
“Hombre, marinero de tierra, tú no atrapas pescados en agua dulce, tú eres dulce y pescas mujeres con tu anzuelo infalible, tu rostro de hombre, tu cuerpo de corcel, tu trato de ángel, tienes un amor en cada ciudad, en cada país, te aseguro que tienes más de una esposa y si me equivoco no me importa, no quiero un contrato que te obligue a estar a mi lado, no quiero rogarte para que me hagas el amor como recién me lo has hecho, no quiero imponerte un te amo en tus palabras, no pido que seas incondicional pero al menos si vas a estar en mi vida, elévame al cielo incansablemente, estoy agotada de tanto desencuentro pero estoy enamorada de mi vida y si amo mi vida y deseas permanecer en ella durante un segundo, una hora, un día o el tiempo que tu tiempo nos lo permita, entonces te amaré con la misma intensidad, eres fe para mi carne, eres amor para mis anhelos, nadie ama a las mujeres como yo, soy pasajera, voluntariamente desechable, pero ahora estás tu aquí, con un mundo de proyectos por realizar, por un mar de palabras por escribir sin embargo soy el antónimo de una despedida, te introduces entre mis piernas y guías mis pasos hacia caminos diferentes, creo que dibujas un nuevo surco por donde todas las noches me quiero fugar”. Mi lengua que aún palpaba el sabor de su cuerpo le decía palabras honestas, mi lado más humilde y vulnerable estaba expuesto, él era un hombre que pudo haberme devuelto a mi clase de turista y olvidar mi nombre y mi cuerpo pero me abrazó con tanto afecto que por un momento creí en esas cursilerías del amor a primera vista y las almas gemelas.
Después de aterrizar nos volvimos a abrazar y a darnos un beso tan dulce que casi me causa un coma diabético, él se fue por su rumbo y yo me perdí en el mío, tomé un taxi que me llevó a mi departamento, descendí con mi valija en mano y cuando volví mi cabeza para pagarle al conductor, vi que en la acera de enfrente estaba Ricardo, me sonrió y cruzó la calle, le pagó al taxista y se aproximó a mí emocionado como si hubiesen transcurrido siglos sin vernos.
“¿Pero qué haces aquí Ricardo? Yo en serio pensé que no iba a volver a verte, con tu último beso encontré la resignación, que grata sorpresa, ¡no grata!, es el mejor regalo, verte, tenerte conmigo, te extrañé.
Subimos a mi apartamento y antes de si quiera poder cerrar la puerta, nos arrancamos las ropas y volvimos a hacer el amor. Lo hicimos en la sala, en el baño, en la cama, en el piso, en la mesa, en la cocina, en los pasillos y repetimos de nuevo lugares. Tuvimos sexo por más de dos días, casi sin detenernos, nos comíamos el universo de un solo bocado, lo hicimos tantas veces sin contar las que vendrían después, nunca me imaginé que un hombre de su edad podría tener tanto deseo, tanta pasión, tanta locura descarriada dentro de su ser comparado con alguien de mi edad. No discrimino a los hombres de 25 o 30 años, pero un hombre de más de 50, cuando hace el amor, sabe realmente lo que hace, no se anda con juegos o tretas, cuando te besa es porque quiere besarte pero además dejar huella en tu boca, cuando te penetra es porque está listo para cambiarte la vida, para enseñarte lo que es el sexo en su forma más primitiva, en su presentación más carnal y placentera, los hombres como Ricardo, cuando te aman lo hacen de verdad, son un libro lleno de experiencias y relatos maravillosos, en ellos, sus errores son trofeos y sus defectos son virtudes, me sentía tan afortunada por tener en mi cama, sobre mi cuerpo a Ricardo que si bien no sería eterno, sabía usar bien su pluma para escribir en mí sus poesías.
Permanecimos como dos náufragos en mi colchón por varios días, comiendo galletas, bebiendo leche, leyendo revistas o periódicos viejos, y volvíamos a hacer el amor bajo la aterciopelada y agridulce voz de Billie Holiday (una de sus cantantes favoritas y mía también), éramos Adán y Eva lejos del paraíso, en nuestro propio refugio, sin necesidad de dioses o diablos, la desnudez recubría perfectamente nuestros pensamientos, sus secretos eran míos y mis indiscreciones lo amarraban a mi cintura.
Después de dos semanas de pasión derrochada y de corazones diluidos entre besos, decidimos salir al mundo, allá afuera, donde las verdaderas guerras se llevan a cabo, donde la sociedad juega el papel de juez, donde nadie es libre, aunque el panorama sea el más amplio. Le presenté a algunas de mis amigas y él me llevó a algunas reuniones con colegas suyos, me presentó como su musa (entre escritores y poetas eso es una clave para decir: Te presento a la mujer que me estoy follando, la que me sostiene la polla con la boca, la que me cabalga y no pide nada a cambio.) Yo estaba un poco nerviosa, eran hombres cultos y yo no quería desencajar en todo ese ambiente un poco arrogante pero sensualmente humeante como los cigarrillos que se llevaban a la boca. Uno de ellos dijo que me conocía, me tocó las piernas mientras hablábamos y yo me aparté un poco de él, haciéndole ver mi rechazo y le dije: “No creo conocerlo señor, Ricardo es al primer poeta que me llevo a la cama, muchos hombres son escritores de sus propias fantasías, desgraciadamente pocos las diseñan más allá del pudor y las erigen desafiando las realidades”. Se que con eso lo dejé estupefacto y callado porque se fue a acosar a otras mujeres, que al igual que yo, éramos musas de aquellos abusadores que por el hecho de disparar con balas de tinta y torturar con bellas líneas, eran perdonados por todos sus crímenes. Son igual de criminales que aquellos que están tras las rejas, los poetas son homicidas, nos roban el alma, se comen nuestro corazón delante de nosotras y en vez de encarcelarlos, los ovacionamos de pie y hacemos reverencia con nuestro sexo.
Seguimos saliendo a diferentes lugares de la ciudad, yo lo llevaba a los clubes que frecuentemente visitaba y él me arrastraba a sus rincones de trova, besos acústicos y caricias abrasantes. Viajamos a Guanajuato para disfrutar del arte y los lugares más clásicos y antiguos de México, eran las 11 de la noche y a pesar de que podíamos ver a lo lejos la gente transcurrir, hicimos el amor en el callejón del beso, lo abracé con mis piernas y me introdujo todo su ser con pasión, nos mordíamos como animales salvajes, nos besábamos y nos lamíamos como una loba lame a sus crías recién nacidas, estábamos tan ensimismados que pensábamos que el mundo giraba alrededor nuestro, creíamos que la luna era nuestra esclava, fetichista, voyerista, la hacíamos encenderse y consumirse con nuestro sexo y su forma de expresarse, expuesto al viento y la humanidad.
“Eres tan idéntico a mí, eres tan apasionado, tan apasionante, tan extrovertido, tan soberano, indiscreto, desnudo, con la entraña gritando al aire libre, no sé si eres mi cómplice o el delito que cometo gustosamente, te gusta hacer el amor delante de los demás, como si saber que te observan te motivara a hacerlo con más fuerza, con más deseo, con todo menos recato, eres mi molde, mi silueta, ¿Quién eres?”. Le pregunté a Ricardo, mientras nos besábamos y nos arropábamos otra vez.
Continuamos viajando a varios lugares y pueblos del país, haciendo el amor en tejados ajenos, en escondites lejanos, en autos abandonados, fue tanto el amor, fue excesivo el fuego que sin percatarnos se fue apagando silenciosamente, revelando lo desolado que el horizonte se hallaba.
Ricardo recibió una llamada y su actitud cambió, su beso en los labios se convirtió en un tenue roce de su boca en mi frente, me hacía el amor con la misma intensidad que antes pero su mente ya no estaba en la habitación conmigo ni en su cuerpo, ya no lograba venirse, a veces perdía la erección y quedábamos a medias, de repente había mucho frío en plena Primavera y sus manos no eran oportunas ni puntuales para calentarme. Después de Juan el político, yo preferí nunca quedarme callada y preguntar o reclamar si algo me molestaba o si las dudas me invadían. Le cuestioné a Ricardo por su cambio brusco de actitud, la ausencia de la calidez de su mirada y él me dijo con un dolor evidente en su rostro que su esposa le había pedido el divorcio y él no quería dejarla ir, que no sabia que hacer, deseaba estar con ella pero moriría si me dejaba atrás, el paraíso se incendió, el infierno se llenó de hielo, los dos vagabundos entre las nubes cayeron desde tan alto y se aporrearon fuertemente en el suelo.
“Yo sabía que no estarías aquí permanentemente” le dije y él sólo exclamó: “Lo se, pero llegué a creer que mi esposa estaría feliz con la mesada que le envío, con las cartas que le escribo, con los paisajes que pinto para ella entre renglones, pensé que se sentiría plena con imaginarme junto a ella mientras el poeta vuela, mientras muere un poco todos los días, de avión en avión, de carretera en carretera, de catre en catre, de mujer a mujer, como si la prosa no fuese infecciosa, como si las analogías nos desenredaran de nosotros mismos, ella me quiere gramo por gramo a su lado y si es algo que no puedo darle entonces me exige que le devuelva al menos su libertad”.
El pobre hombre derramó lágrimas, los ídolos que al final son de piedra, cuando caen se despedazan, los dioses son sólo imitadores del Supremo, los focos no iluminan como lo hace el sol, el aliento de aquellos que con desesperación te hacen el amor no sopla como lo hace la brisa del mar. La música se acabó, los trovadores se rindieron, nos consumíamos tan lentamente, oíamos crujir los carbones de nuestros momentos juntos. Esa zozobra, esa angustia, ese adiós que no se pronunciaba, esa despedida que no mostraba su cara, todo ello fue un morir lento, al mismo tiempo una negación. Actuábamos como si el tiempo avanzara a nuestro favor, pretendíamos que la esposa no existía, que su morada era conmigo, que dejarlo ir era clavarme en él y seguirlo a donde fuese necesario. Sus poemas no ayudaban, delataban su estado anímico y mis ojeras robaron ese resplandor de mi mirada que tanto lo volvía loco, a eso yo lo llamo realidad pero para un poeta que ve el mundo de manera diferente a los demás, yo me marchitaba sin gracia ni encanto y él se suicidaba con la indecisión y la cobardía; ni el cielo pudo habernos socorrido. Él era un NO con pies, yo era una muda con altavoz, él negaba el futuro y yo comenzaba a extrañarlo pese a que seguía durmiendo en mi cama, de pronto dejé de reírme con él, dejé de olerlo, de tocarlo y de aprender de él. Con el paso de los días y las semanas me fui deprimiendo con él y por él, porque realmente necesitaba en mi vida a un hombre como él. He tenido parejas muy inteligentes, sagaces pero siempre carentes de algo, siempre están incompletos, les falta algo: El punto de vista de la experiencia, del camino ya recorrido y de cómo saber andarlo, del consejo a sí mismo vivido, de la mano que a tantos años y desdichas ha enfrentado. Comprendí entonces que si no aprovechaba todo lo bueno que él me enseño, habría sido todo en vano, todo lo que hicimos habría sido un insulto en lugar de ser una bendición. Él me ordenó que fuera feliz, me pidió que sonriera cuando lo viera gris y silente, me enseñó a vivir y a desmenuzar mis complejos, me enseñó tantas cosas, más allá del sexo y las aventuras, no cabe duda que un hombre con experiencia termina por dañar con belleza y sabiduría tu vida y lo que resta de ella.
Optamos por dejar las penas dentro de los cajones y vivir cada momento tan plenamente como nuestro egoísmo y apetito nos lo permitía, borramos de nuestro léxico algunas palabras como adiós, dolor, te extraño y otras que denotaban la inexistencia de alguien amado en nuestras vidas. Llenábamos el apartamento con ruido, colores y baile, él escribía poemas en mi espalda, usando tinta china que se derramaba y se filtraba en mis poros, dibujaba soles en mis pezones, escribía párrafos en latín sobre mi vientre.
Una mañana desperté temprano y él estaba dormido, salí para comprar el periódico, pan y flores. Caminé por la calle colmada de vida, orgullosa de mí misma, sintiendo la mirada de Ricardo en todas partes, las calles lucían diferente, parecían invadidas por la presencia del poeta, todo era bello, hasta la basura me resultaba hermosa. Cuando volví a mi apartamento la cama estaba vacía, las sábanas aún tibias confesaban que Ricardo acababa de levantarse, los busqué por todas partes, corrí incluso a la calle de nuevo, llegué a la esquina pero curiosamente las calles estaban completamente despobladas, no había rastro de Ricardo, la mañana que parecía estar tan brillante y colorida se destiñó en un instante.
Ricardo había desaparecido, combustión espontanea o súbito impulso de estar con la otra. La muerte es segura, es algo que todos nos ganamos desde el día que nacimos, pero su ausencia previamente anunciada no me la esperaba, tarde o temprano él iba a ser neblina, tarde o temprano el mañana nos devoraría. Él me enseñó a respirar la ausencia de un aliento pero no me dijo cómo reponerme de la vida después de ella.
Continuará…

In : FANYA
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