EL POETA: PALABRAS CIEGAS, OJOS MUDOS.

 

Han pasado varios meses desde su última carta, he visto morir al sol demasiadas veces, mas de las que los ojos deberían de ver  – si el sol muere, ¿por qué nosotros no habremos de morir?, los ocasos son como ladrones que se llevan la poca esperanza que me resta –, he presenciado tantos atardeceres desde la última vez que besé sus labios y él me hizo suya. Yo solía ser su cuaderno predilecto, mi espalda era su hoja más amada, entintaba su pluma y escribía versos sobre mi piel, él todo lo hacía a la antigua, parecía que provenía directo de otra época, su pluma era antigua, su caricia era antigua, su olor era antiguo, como el olor de los libros que llevan tantos años guardados en la biblioteca sin que nadie los toque, pese a que Ricardo sobrevivía como héroe de la poesía española de mano en mano, de mujer en mujer, siempre guardaba un poco de pureza, de ese hombre que aunque se había prodigado por todo el mundo, aún tenía algo inocente e intacto en él, y era justamente eso, la poesía que surgía desde sus arterias, entrenzaba mis latidos con sus palabras “Con el afán de mi cuerpo de mortal quiero llevarte a la luna, concebir un cielo para tus anhelos, bella mujer, mujer mía, que pendamos el uno del otro, que el amanecer sea una excusa para volver al inicio de todo, rodeados de eternidades inconclusas; con la poca vida que me queda, te entrego la antología de mis sueños, como si no fuera suficiente el indolente silencio, sé mi silencio, sé mi latido ya que mi corazón es un vaso roto, ya que el ajenjo que bebíamos se ha evaporado” no es hasta ahora que entiendo todo, el hombre no es capaz de despedirse, nadie nos enseña a decir adiós, hay libros que nos inspiran como aferrarnos y lanzarnos como bestias salvajes sobre nuestras presas, nuestros objetivos, nuestros caprichos mas nadie predica la palabra del adiós, nadie enseña cómo desentenderse del ayer, nadie te dice cómo dejar atrás parte de tu vida y seguir adelante sin que los gusanos del si yo hubiera y las gula de más nos atormenten. La gente siempre te dice que todo estará bien, desgraciadamente nunca te dicen cuando, cómo ni por qué.

Recuerdo cuando Ricardo a veces se dejaba crecer el bigote por deseo mío, y acercaba su rostro a mis pechos, él amaba mis gestos de placer con tan solo sentir su pelo en contacto con mi piel, los vellos de todo mi cuerpo se levantaban como soldados frente a su comandante, mis poros se abrían sedientos, mi vagina se dilataba y lubricaba todo mi interior, como si tuviese un esparcidor de agua por dentro, mi humectado clítoris era su banquete, él se servía como rey, se saciaba y comía más, yo era como el cerdo con la manzana en la boca sobre la mesa, sus brazos me apretujaban, me horneaban, su cuerpo se ponía tan caliente, al rojo vivo, su lengua era una serpiente sumamente peligrosa, mortal, venenosa y dentro de mi cueva danzaba profana, impía, gloriosa y hechizante.

Cuando Ricardo me penetraba, no era sólo el acto bruto de introducir su pene dentro de mi cuerpo, él primero metía su alma entre mis piernas, la empujaba con su aliento poco a poco, con sus dedos irradiaba su espíritu y lo dejaba ir hasta el fondo de mi entraña, cuando el momento era el indicado, entonces sí, con todo el poder que los cielos le otorgaban a ese hombre que parecía mitad diablo y mitad dios, me hacía el amor con su abrasante presencia dentro de mi ser; era más una posesión que una penetración, no era un cuerpo ajeno dentro mío, era su alma la que posesionaba mis venas, mis tripas, mi respiración, toda mi carne; su esencia era rey entre mis células mientras yo lo tocaba como él a mí me tocaba, languidecíamos casi muertos, casi divinos, absortos de la desolación universal, él amaba dominarme, le fascinaba la sensación de ejercer poder y toda la fuerza de su cuerpo masculino sobre mi menuda humanidad y cómo decirle que no a semejante maravilla que no hacía algo que no me dejara henchida de gozo. El vapor de su cuerpo hirviendo cuando su cadera con la furia de los huracanes infundía su enojo en mi entraña moviéndose en formas que no sabía la cadera de un hombre podía moverse, serpenteaba, trazaba círculos con el pene cual pincel de Picasso, triangulaba mis orificios haciéndole a mi mente escaparse de la materia y teñirse de la noche, ahogándose en ella.

Él no puede quejarse, puede decir lo que se le antoje de mí, puede decirle a sus amigos que su musa es una mantenida, que no tiene una casa propia, que ha tenido más sexo que la prostituta más antigua del mundo, que soy frágil o cualquier otra cosa que le haga quedar como el macho pudiente sobre la dolida musa, herida, usada y abandonada, pero jamás podrá ufanarse diciendo que sólo él era quien hacia a la cama gritar; él explotaba como cohetones en fin de año cuando mis dedos se infiltraban como roedores clandestinos en el área de su perineo (yo la llamo “El camino hacia el Dorado”) y frotaba suavemente con las yemas de mis dedos esa delicada línea que comenzaba en el prepucio, continuaba el rumbo en los testículos y terminaba hasta el ano, como si esa esa línea fuera la frontera que lo hacía cruzar hacia el paraíso, con cada toque gemía y suplicaba, hubo veces que pensé que él iba a morirse extasiado entre mis sábanas –no seria la primera vez que me pasa–, y las cosas se tornaban más locas, excitantes y desenfrenadas cuando con mi lengua vagaba por esa línea, la succionaba y recorría los rincones humedeciéndolo todo con mi saliva; lo asesinaba y él pedía más. Yo me conformaba con una sola cosa, que también me hacía estallar tan escandalosamente como él lo hacía, cuando me decía “Eres tan hermosa” entre suspiros trémulos, acariciaba mi frente y quitaba el cabello que se ponía frente a mis ojos, siempre sabía como terminar, siempre triunfante, siempre gallardo, caballeroso, me satisfacía y después expulsaba su espíritu líquido, tibio y sagrado.

Él es un hombre honorable, de hecho, el más honorable que conozco, le hace honor a sus valores y su fino gusto es una mezcla de rústicos instintos con los sentidos pulidos y bien trabajados de un hombre sumamente educado,  sus ojos te miran pero no sólo te contemplan, estudian tu persona de pies a cabeza y ya, su mirada no es otra cosa mas que un poema sin palabras, su tacto es tierno y cálido, todo él es una biblia de profecías ya cumplidas, de un amor que a la deriva lucha, chilla, patalea, como si fuese un recién nacido abrazándose a la vida con todas sus fuerzas.

Hace una semana que recibí una carta de él, me tomó por sorpresa, honestamente ya no esperaba una línea más del señor, incluía una foto de él, posando frente a un hermoso paisaje, una montaña, desconozco el lugar; su foto decía más que la carta misma, solo unas cuantas líneas, escuetas formulándome más preguntas que brindándome respuestas, esa carta y la foto revivieron como el viento a la hoguera, todo ese enredo de sentimientos que intentaba enterrar en el olvido.

Lunes 03 de Octubre de 2011

 

Querida Fanya:

Si el amor fue nuestro combustible, incendiemos nuestros seres dentro de él, si la distancia es nuestra enemiga, convirtámosla en aliada, démosle una sonrisa que le haga apiadarse de nosotros. Si lo que nos faltó fue tiempo, repitamos el ayer, reinterpretemos el pasado, algo que ya tuvo su tiempo, el reloj no puede impedirlo, posponerlo o negarlo, lo que vivimos puede volverse a vivir, no podemos matar los recuerdos, no podemos escondernos de nosotros mismos.

 

P.S: ¿Aún me amas?

El navegante de tus poros.

Ricardo R.

 

No he podido responderle, se exactamente qué decirle pero siempre hay un pero que congela mis dedos y deforma mi caligrafía. Sin embargo he decidido escribirle, entendiendo el por qué de sus cartas a la antigua, es lo único que nos queda de nosotros, su palabras plasmadas en las hojas amarillentas, mis cartas perfumadas, manchadas de mi lápiz labial, eso es algo que un correo electrónico no puede darte, la computadora no te da aromas, presencias, esencias, caricias, recuerdos y pedazos del alma.

 

Martes 11 de Octubre de 2011

 

Querido Ricardo:

 

Sin temor a revelarte la verdad y que ésta me deje como una idiota, desesperada y sola mujer te cuento que yo ya estaba rendida a morir sin ti, alimentándome del recuerdo, olfateando e impregnando mi piel del perfume que dejaste en mis sábanas, recordando la silueta de tu cuerpo cuando te ponías de pie junto a la ventana y te comías el amanecer, pensante, moviendo los dedos como si estuvieses mecanografiando tu imaginación. Se te olvidó una camisa en mi ropero, pareciera que aún la llevas puesta, está inflada y llena de ti, no me atrevo tocarla, si lo hago podría contaminar lo que queda de tu presencia y entonces me moriría.

Me he sentido tan sola e invisible estos últimos meses pero ese sentimiento ha arreciado en los últimos días, tal vez después de tu carta, quiero ir a visitar a mi familia, reconciliarme con mi madre, abrazar a mi padre que tanto quiero y ver a mi hermana, me enteré que está embarazada y me hará tía.

Soy de piedra por la mañana, nada me hiere, nada me impacta pero cuando anochece tengo que estar cobijada, en casa, apartada del mundo, antes de que puedan ver que me desmorono como pan, las migajas de lo que soy se ocultan, temerosas e incapaces de afrontar el amargo final. El tiempo es una escoba implacable, tengo miedo de que un día de éstos barra conmigo y me haga desaparecer.

Siempre supe que te irías y nunca te lo recriminé, pero me dolió que te fuiste sin abrazarme antes, sin darme la oportunidad de decirte que te amo, que podríamos iniciar una nueva vida, tenía miedo de que si te pedía que te quedaras a mi lado, ibas a preferir la cómoda costumbre y darle la espalda a la novedad que ya comenzaba a volverse aburrida. Siempre supe cual era mi lugar en tu vida, no niego que guardaba la esperanza que me volvería eventualmente en algo más importante para ti. Tal vez las musas no existen para permanecer con ellas, fui tu musa, la misa para que tus sentidos te redimieran y te dejaran escribir. La poesía es tu gran amor, ni tu esposa, ni las otras ni yo podremos contra ella, no queremos erradicar la poesía de tu vida, queremos ser la poesía para tu vida, pero algo que usas como zapatos es algo indigno de ser tocado por la belleza que tanto intentas cazar.

Ayer vino un señor, aquel que paga la renta de mi costoso departamento, y tuvimos sexo. En realidad él tuvo sexo, yo estuve ausente toda la noche –si la noche dura media hora– y no dejé de pensar en ti, sólo así hice llevadero ese momento, mi mente, mi personalidad, mi ego y mi alma estaban en otra parte, tal vez en Madrid, quizás en Veracruz. Te extraño demasiado, no creí nunca poder extrañar tanto a alguien, yo sabía que a mí me extrañaban, pero ahora que te extraño me percato que pese a mi belleza, mi cuerpo y mis nalgas suaves y redondas como durazno también soy digna de ser parte de una odiosa despedida convirtiéndome en ese alguien que se queda atrás respirando el abandono.

Soy frágil, tú siempre lo dijiste, puedo caer en trocitos ante una desgracia, no se como reaccionar a cosas como tú, el amor que me diste fue poco pero fue lo suficiente como para devastarme; quiero más de los dos, juntos, pero recordé la manera en la que querías tener contenta a tu mujer: con cartas, poemas, cuentos, fotos y dinero. Tal vez tu esposa mucho tiempo fue feliz con eso pero yo no soy tu esposa y no me hace feliz tenerte en la forma de papel, te mentiría si te digo que hago el amor con tus cartas, que me complace que tus manos sean palabras que no me llenan.

Yo reharé mi vida, puede que hoy no sea el día para eso, pero pretendientes me sobran, me sobra el hambre de todo, pues a pesar de ti, yo aun no he vivido nada. Tus palabras son ciegas y mis ojos son mudos, deja que ellas contemplen lo que nunca seremos, ya que yo con mi mirada gritaré orgullosa lo que siempre fuimos: Viajeros extraviados en una habitación, fugaces luces, sólo eso, aunque no queramos.

Hasta siempre halcón. No te atragantes con las palabras que nunca se dijeron, eso es sólo entretenimiento para los mediocres.

FANYA.

 

Fui al servicio de Correos de México, permanecí horas afuera antes de sentir la fuerza en mis piernas que me llevara hasta adentro y poder entonces enviar la carta. Lloré como niña y como tal esperaba una respuesta aunque no la pedí. No se nada de la vida (sólo lo que él me enseñó), no se de cierto si todos tenemos ese amor de nuestras vidas, si es cosa de novelas o el consuelo para los descorazonados; sería demasiado cínica si digo que no creo en ello, en verdad quiero encontrar ese gran hombre. Cuando iba a la escuela me enseñaron que la práctica vence a la teoría y que la búsqueda hace el encuentro y no a la inversa.

Hace un rato regresé del centro, traté de no cometer una locura al fugarme entre los montones de gente que todos los días se difuminan en la ciudad, recordando la melodía de su voz, el jazz y el soul de su carne, su manera cruelmente inevitable de amarme y mi deseo enlazado a su cuello, prendida a él, nos comimos la condena y el destino nos atravesó, sucumbimos ante la realidad, los soñadores no somos nada ante su juicio. Sola yo con mi cuerpo aburrido y meditabundo, iba caminando cerca de Bellas Artes cuando pasé por una gran librería, en uno de los elegantes escaparates yacía su foto –la misma que me envió–, protegida por un precioso marco dorado y al lado de la foto reposaba su libro “Un Navegante Entre Tus Poros” (recién lanzado al mercado, del cual no me platicó nada), mi corazón se exaltó tanto como el resto de mi cuerpo, quizá di un pequeño salto de alegría, pensando ingenuamente que Ricardo estaría adentro de la librería firmando libros o leyendo poemas, entré estremecida, ansiosa con las pupilas ensanchadas pero no había nadie adentro, sólo la encargada y mi soledad absoluta, físicamente palpable. Tomé el libro entre mis manos y lo acaricié como si estuviera acariciando su espalda, el forro de la portada era de exquisito cuero con bellos acabados, las orillas fueron bordadas con hilos dorados; casi pude sentir el aroma de su cuerpo en el libro. Lo abrí entonces y antes de darle vuelta a la primera página la dedicatoria me aniquiló “Porque el poeta es sólo un secuestrador de momentos, de almas, de piel y besos inolvidables, porque un poeta no es nada sin su musa suprema, porque el génesis de la vida no es la vida misma sino quien te inspira a vivirla todos los días con la dignidad de un caballero enfundado en su armadura, a mi amada esposa Angelina, que mis poemas sean el pañuelo de las lágrimas que nunca le haré llorar, el vagabundo que fui siempre se mantuvo con ella, en mi amado hogar, su cuerpo, sustrayendo de la prosa de sus caricias la delicia que alimenta mi sol”.

Al menos, gracias a los cielos donde fue que lo conocí ahora soy libre, él siempre estuvo cautivo en una jaula que no era yo, el desahucio de no sentirle es ahora como una estación que pronto se irá, que sea el otoño y sus hojas marchitas quienes se lleven mi pasado, que limpien el lodo que hace pesar tanto mis suelas, porque un poeta es sólo eso, una mujer enamorada es sólo eso, al final todos somos oportunistas y todos caemos en el hoyo que cavamos. Su amor fue como la tinta, manchó y perduró por algún tiempo mas de repente sin darme cuenta desapareció.

Sus canas manifiestan las experiencias de su existencia, la ciudad me mira, es tan indiferente, siendo tan grande me hace sentir extremadamente pequeña y mi soledad aprisiona los recuerdos, mi soledad tan masoquista, mi cama y su camisa, el adagio de una ausencia prometida y las eternidades que se quedaron pendientes, en el tintero, burbujeando entre fantasías, dibujando las líneas indiscretas de mi cuerpo ofrecido en sacrificio al aire, al vecino o al sepulturero. Todo depende de la intención con la que miras, no hay mano que no sepa leer, no hay poeta al que le hayan enseñado cómo regresar. Lo único que necesitamos en ésta vida es un testigo que asegure que alguna vez existimos, que amamos o hicimos algo relevante por más insignificantes que pensemos que somos.

Brindo en consecuencia por lo que seremos, que ardan las cartas que nunca escribirá, que revuelen los cuervos que nos han de devorar, yo seguiré escribiéndole –sin causarle más molestias–aunque sus ojos ya no puedan escuchar la afonía de mi cuerpo, los recónditos vestigios de nuestra intimidad.

Queridos Tú y Yo:

De tiempo en tiempo me acuerdo de ti y me lleno de una deliciosa melancolía que sabe a tu piel, sabe a un siglo a tu lado aunque así no haya sido. Es curioso, siento en ocasiones que te beso y siento el peso de tu corpulencia rebatiendo en mi regazo, creo que he traspasado los linderos del tiempo, el espacio y las dimensiones. Te he visto, tal como eres, es por eso que sigues volviendo a mí, intermitente, azul y vehemente, pero ya no me haces daño, solamente me instigas a sobrevivir y es así que sonrío.

 

Hoy como todos los días atrás...                                                                                                                      El viento soplo y el corazón se llenó de aire, el pronóstico avisa lluvias moderadas y decidí dejar el paraguas de mi sala...

Hace falta sentir la lluvia caer cuando una tormenta ríe en mi interior...

A veces cuando camino, siento y me obligo a entender el verdadero fin de la existencia, esta vida a la que nos aferramos a disfrutar... ¿Habré venido a disfrutar?                                                                   Yo creo que pase lo que pase todo seguirá siendo viento soplando, esquivando gotas de lluvia tropezando en corazones llenos de esperanza, desgastados y aferrados a disfrutar...

Tal vez nos suceden cosas malas durante nuestras vidas, pero en ellas existen sueños y almas más fuertes que la materia corpórea. Me lamento por lo que te he lastimado... ¡¡A pesar de todo, con el cerebro empapado en existencialismo, abrazo ese mismo aire, soñare que vuele a la distancia, que te llene el alma y te moje de inspiración!!

(ESCUCHA CON LOS OJOS)

Todo lo que preguntamos, en algún lugar tiene respuesta.





Bookmark and Share