CONFESIONES DE UNA EXHIBICIONISTA DESEMPLEADA: EL DIA ANTES DE LA GUERRA
EL DÍA ANTES DE LA GUERRA
Desperté
en una habitación blanca, la luz blanquecina y cálida que entraba desde la
ventana a través de las blancas persianas me obligó a cerrar los ojos. Tenía
jaqueca y un mareo que me golpeaba como si fuera yo una débil bolsa de plástico
dentro de un remolino. Después de un rato y tras palpar en mi lengua y mi
garganta un sabor amargo, pasé mi lengua sobre mis labios y los sentí secos y
escamosos. El silencio me circundaba y atravesaba mi solitaria humanidad,
echada en una cama dura, fría y extraña ajena a mi malestar. Traté de sentarme
pero el dolor en mi cerebro me hizo gritar. Me recosté en posición fetal
consolando mi cabeza, dándole un suave masaje a mis sienes, repitiéndome en voz baja que el
malestar iba a desaparecer pronto. Sentí un pinchazo en el dorso de mi mano,
abrí suavemente los ojos y miré una aguja clavada ahí en mi mano. Un catéter que
era seguido por un largo y delgado tubo de plástico hasta un pedestal metálico,
cargando una bolsa que contenía suero. Con mi otra mano toqué mi nariz y me
quité de las fosas nasales los tubos que me brindaban oxígeno. Abrí grandemente
los ojos, asustada, intentando reconocer en qué lugar me encontraba, miré mi
cuerpo cubierto por una bata blanca abierta en la parte trasera. Lo último que
recordaba era mi nariz y mis ojos sobre aquella diabólica línea blanca. Me
sentía como una indocumentada, violé la frontera y ahora mi cuerpo era castigado
por mis transgresiones.
Miré al
suelo y vi a un hombre recostado sobre su flanco derecho, utilizando sus manos
empalmadas como una almohada. Cuando pude enfocar la vista, aclarando las
neblinas del desconcierto, descubrí a Noel, durmiendo, sacudiendo levemente sus
pies. Mi dios rockero, ni estando sobre el frío suelo de un hospital dejaba de
lucir listo para matar y derretir corazones. Traía puestos unos jeans negros,
una camisa negra y una chaqueta roja, botas de militar que sobrepasaban sus
tobillos, su barba y su bigote habían crecido un poco, su cabello despeinado
como testigo del olvido después del caos y sus bellos y misteriosos ojos
cerrados, soñando, lejos del desastre pero descansando junto al cuerpo del
delito.
Su bello
rostro lucía apacible, envuelto en un delicioso sueño que no me atrevía a
interrumpir. El remordimiento comenzó a taladrar mis entrañas. ¿Por qué le
había hecho esto a Noel? ¿Por qué había inhalado la cocaína? ¿Por qué puse en
peligro mi vida, mi relación con Noel, nuestro amor, el futuro, nuestros
alientos? ¿Qué fue lo que pasó por mi mente? Todo lo que quería era echarme en
el piso junto a Noel y abrazarlo por detrás, besar su nuca, su cuello, deslizar
mis manos hasta llegar a su pecho y sentir los latidos de su corazón. Quería
amarlo en silencio y sin despertarlo, quería hacerle el amor sin quitarle las
ropas, quería entregarle mi arrepentimiento y llorar hasta que el vacío dentro
de mí se llenara de alivio. Sé que nadie es perfecto y quise estúpidamente ser
perfecta en el retorcido y oscuro universo de Noel donde Eloísa es perfecta
para él y sus vicios. Quise ser mejor que lo peor cayendo bajo hasta tocar
fondo pero ¿en realidad había yo tocado fondo? ¿Cómo puedes saber cuando has
tocado fondo? Dicen que tocas el abismo puro e impío cuando no hay nada más en
tu vida que te pueda tirar más bajo de lo que has caído. Lo había perdido todo.
Mi austeramente amueblado apartamento, mi salud y tal vez hasta mi dios
rockero. Pero algo lo mantenía junto a mí, cuidándome. Tal vez pasó su
madrugada en vigilia, custodiándome, protegiéndome de los peligros,
protegiéndome de mí misma. No sé si sabía qué es lo que había sucedido conmigo
en su habitación. Tal vez mi subconsciente quiso llamar su atención, mostrarle
lo volátil que puedo ser, lo poco permanente en éste mundo que siempre he sido.
Quería
gritar pero no podía, mi garganta dolía y la jaqueca aumentaba su palpitante
intensidad dentro de mi cráneo. Comencé entonces evadiendo mi inmovilidad a
mirar el techo del cuarto, sumergiendo lentamente mis pensamientos en mi
pasado, mi presente y mi futuro. El lado más imparcial, maduro y decente de mi
mente me cuestionaba, cuestionaba mi vida, mis pervertidas costumbres y hasta
mi amor por Noel. ¿Realmente lo amas? Preguntaba mi mente. Reacomodé mi cuerpo
y bajé la vista para encontrar a Noel, lo absorbí taciturnamente, lo consumí
sin percibirlo, notarlo o sentirlo. Mi corazón se infló como globo en fiesta de
niños y estalló sollozando. Sí. Lo amo, respondí en pleno uso de mis
sentimientos y la sangre aún caliente corriendo a través de mis venas. Lo amo
porque me salvó del desastre, lo amo porque he aprendido mucho a su lado. Lo
amo porque no me ha dejado, lo amo porque es honesto ante sus defectos, lo amo
porque es auténtico, lo amo porque me ama como pocos se han atrevido a amarme.
Los hombres me han hecho sentir siempre un trapo de una sola puesta y yo lo he
permitido por temor a pedir más y ser desechada con crueldad. Aprecio la
sutileza de aquellos al momento de abandonar la cama, vestir sus sudorosos
cuerpos y abandonar la alcoba sin promesa de volver. Sé que nunca volverán. No
necesito que lo hagan. No necesito que vuelvan después de darme esa mirada que
le dan a los trofeos al colocarlos en un estante.
Amo a
Noel más allá de su físico, más allá de su música causante de su fama y su
dinero. Lo amo porque me hace el amor. No me folla aunque me ha herido en el
acto, me ama, me explora, me limpia y me enturbia con el espesor de su alma al
mismo tiempo. Me coloca entre sus brazos y me contempla como si yo fuera el
último atardecer frente a sus pupilas. Él es rojo y yo soy verde. Estoy
consciente de que somos colorismo absoluto y abstracto. Yo me decoloro en su
ausencia y Noel se desdibuja en mi cuerpo. Soy suya aunque el mundo no quiera,
aunque Eloísa aborrezca la idea, aunque su representante y los integrantes de
Zion no estén de acuerdo. El mundo es nuestra alcoba, sus manos son mi
vestimenta preferida. He muerto mil veces con él y si me dejara tal vez moriría
la última y nadie asistiría a mi funeral.
Dicen que
conoces a los amigos en la prisión y en el hospital, en los tiempos
turbulentos, cuando la miseria te acorrala y la deshonra te mancha. Ahí afloran
los amigos, si los tienes aparecerán y si no, estarás ahí, solitaria en una
cama. No tengo amigas de todos los días, las pocas amigas que tengo íntimas o
no, están lejos de mí aunque vivamos bajo el mismo cielo. Ellas tienen sus
vidas y sus secretos y como yo he evitado darles cabida en mi intimidad, ellas
han devuelto el gélido detalle con su ausencia cuando más las necesitaba.
Una
enfermera entró a la habitación, me dio una sonrisa afable y revisó mi presión
arterial. El dolor en mi brazo producido por la tensión de la tira elástica
apretujando mi brazo mientras la enfermera la inflaba era mínima comparada con
el dolor que achicaba mi corazón. Mi patético estado era la consecuencia de
haber inhalado ese tósigo polvoroso pero aún no había enfrentado los verdaderos
efectos secundarios y los daños hechos.
– Su
novio ha estado cuidando de usted como un halcón. Me da ternura verlo ahí
dormido en el suelo. Debe estar abatido. –
Dijo la enfermera mientras dejaba fluir el suero a través del tubo.
– ¿Cuántas
horas he dormido? – Pregunté dando un
leve bostezo.
– ¿Horas?
Si lo contamos con horas, ha dormido 96 horas aproximadamente. – Dijo la enfermera fríamente, abrí mi boca
sorprendida y asustada.
– ¿Tanto
tiempo? Pero si sentí como si hubiese dormido una larga siesta.
– Una
siesta de cuatro días. Su novio la trajo inconsciente y llorando, suplicando
por ayuda. Rompió la puerta de la entrada a Urgencias y la trajo cobijada entre
sus brazos. Inmediatamente uno de los médicos que estaba de guardia aquella
noche pidió una camilla y la llevaron a revisión. El pobre hombre apenas podía
explicar qué había sucedido. Era un manojo de sollozos interrumpidos por sus
movimientos erráticos y las patadas que le daba a las sillas y a la pared. Lo
obligaron a tranquilizarse. Horas más tarde habló con el médico que le atendía
a usted y le dijo lo que ya se sabía. Los altos índices de cocaína y alcohol en
su sangre la indujeron a un coma. Aquí le hemos drenado la sangre con suero y
medicamentos. Hemos visto mejoría hasta en las pulsaciones de su corazón pero
no había despertado, creo que era cuestión de tiempo. – Mientras la enfermera
explicaba los penosos acontecimientos, lágrimas prófugas dejaron mis ojos y
rodaron hasta mi barbilla.
– No lo puedo creer. – Dije contrariada
escondiendo mi rostro tras las palmas de mis manos.
– Éste pobre hombre no ha dormido casi nada. No
ha comido, ha llamado a muchas personas por teléfono pero nadie ha venido.
Realmente él la ama, es bueno tener a alguien que cuide de uno y que nos quiera
cuando estamos mal o enfermos. Es un alivio verlo dormir y descansar un poco.
Creo que ambos necesitarán fuerzas. – El
tono de voz de la enfermera se endureció un poco.
– ¿Por qué dice eso? ¿Qué es lo que va a pasar?
– Tienen que hablar seriamente con el doctor
Morales. Él les dará las mejores opciones para que puedan rehabilitarse. Un par
de buenas personas no merecen sufrir bajo el yugo de las drogas. No es bueno y
no es correcto.
– No soy adicta. – Refuté molesta y levantando una ceja.
– Eso no lo dice el motivo por el cual está
usted aquí. La negación no es la solución. –
Dijo la enfermera con voz tranquilizadora, encendiéndome como una
colilla de cigarro a la gasolina.
– Fuera de aquí. ¡Fuera! Lo último que necesito
es a una desconocida diciéndome qué hacer y cómo vivir mi vida. – La enfermera apenada y cabizbaja salió a toda
prisa de la habitación, mis gritos despertaron a Noel. Abrió sus ojos y sonrió
como un niño el día de Navidad. Al verme se puso de pie y acercó su rostro al
mío. Colocó su mano en mi mejilla y besó dulcemente mi boca. Noté sus negras y
profundas ojeras, su delgadez más insinuada que nunca y la desolación en sus
ojos. No sé si yo era el reflejo o esa melancolía ardía en él consumiéndolo
desde adentro.
– Pensé que te iba a perder. Juraste que nunca
me ibas a dejar Fanya. – Murmuró Noel
con la voz entrecortada.
– Mi intención no era dejarte. Mi intención era
ser perfecta para ti. – Dije
tímidamente, queriendo ocultarme de las consecuencias de mi necedad.
– ¿Perfecta para mí? Mujer pero si tú naciste
perfecta. Eres perfecta, inmerecidamente perfecta para mí y para el sol. – Noel rozó suavemente mi barbilla y mi mentón
con sus nudillos, observándome, extinguiendo lo que quedaba de mí con ese par
de ojos marrones.
– Es sólo que… Eloísa… tú estabas con ella… yo
llamé… Dios mío ayúdame. Me sentí pequeña, aplastada, olvidada, hecha a un
lado. Hemos pasado por muchas cosas y sin embargo siempre vuelves a ella. He
llegado a pensar que tu verdadera adicción es ella y sólo comparten caramelos
pulverizados y la cama. – Como una niña
herida, comencé a llorar.
– Ella no es nada para mí. ¿Entonces por eso
inhalaste? ¿Por ella? ¿Por qué hiciste eso? –
Su voz se tornó seca y regañona.
– Aquella noche, después de que bebí el vodka,
me quedé dormida y al despertar noté que no estabas. Te busqué por toda la
casa. Quise dejarte en paz y tranquilo pero un ardiente vacío me estaba
estrangulando así que tomé el teléfono y quise contactarte pero en cambio
contestó la groupie, me insultó y me dijo que te dejara en paz, dijo que le
pertenecías y que yo iba a pagar muy caro si algo te ocurría, según ella yo
estoy haciéndote daño, que tu vida es un caos desde que estoy a tu lado. ¿Es
cierto eso? ¿He destruido tu vida? ¿Soy el motivo por el cual consumes? Sé
honesto conmigo Noel ¿Soy nociva para ti?
Los ojos
de Noel se entrecerraron, apretó su quijada reprimiendo la furia. Caminó hasta
la ventana bufando, tratando de respirar profundo y enfriar sus reacciones.
Limpié mis lágrimas y quise ponerme de pie pero mi cuerpo temblaba, mi carne
ardía en fiebre, estaba sedienta y mareada. Volví a recostarme, mis manos se
estremecían incontrolablemente, apenas puse mi cabeza sobre la almohada quedé
involuntariamente fuera de combate.
El mundo
que conocía se sacudía con vehemencia, estaba yo de pie en medio de un inmenso
lago rodeado por montañas bañadas de la luz naranja y violeta del crepúsculo,
mis pies no se hundían en el agua, por alguna razón mi cuerpo desnudo flotaba.
Miré alrededor y clamé el nombre de Noel. El viento me devolvía el eco de mi
propia voz, desgarrada y sonora. Los cuervos que revoloteaban sobre de mí
empezaron a volar a mi alrededor, una nube negra, girando sobre mi eje revestía
mi piel de plumas negras. Miré abajo a la reflexión de mi cuerpo sobre el agua
y me vi vestida de negro, con el cabello lacio y humedecido peinado hacia
atrás. Mis brazos y mis muñecas sangraban. Acerqué mis brazos a mis ojos para
ver mejor las heridas. Eran cortaduras rectas y concisas. ¿Me habían cortado
los cuervos con sus garras y sus picos o me había herido yo con algún cuchillo?
La sangre seguía fluyendo de mis adentros. Una fuerza ajena a mí empezó a tomar
control de mis miembros y moviendo indeliberadamente mis piernas llegué a la
orilla del lago, hundiendo mis pies en la tierra mojada manchando de lodo mis
tobillos, en algún lugar, escondida de mi amedrentada vista, Billie Holiday
cantaba con su desgarrada voz de satén y nostalgia.
El sol
estaba casi muerto, su cadáver yacía centelleando sus delgadas y últimas luces
tras la montaña más alta a la cual yo le daba la espalda. Caminé hasta llegar a
un bosque ¿Dónde estoy? Pregunté con la ansiedad que batía sus alas en mis
adentros. ¿Dónde estás Noel? ¿Por qué no te puedo ver? ¿He muerto?
No fui la
hija predilecta ni la prodigiosa de buenos modales con reconocimientos y
diplomas colgando de la pared. No tengo una fortuna en mi cuenta bancaria ni
tengo la sensibilidad de los poetas. Soy una inútil mujerzuela, esas fueron las
últimas palabras que me dijo mi madre. No la he vuelto a ver y estoy segura que
ella no quiere volver a verme. Todo lo que tengo es a Noel pero ¿Dónde está
Noel? Todo lo que veía era un cúmulo de arboles inmensos que cubrían el cielo
ante mis ojos, sus ramas y sus hojas revestían la oscuridad. Y ahí yacía yo,
sentada, abrazando mi cuerpo, cubriendo mis rodillas con mis brazos, cerré los
ojos para intentar perderme de esa soledad que quemaba. ¿Por qué estoy aquí?
Supuse que estaba en el limbo, pellizqué mi mano para cerciorarme de seguir con
vida. Ouch ¡Maldita sea! Dolió. Sí,
seguía viva, pero si estoy en el limbo y aún no he muerto, debo evitar a toda
costa la luz. La noche ya ha caído sobre mí así que no veré la luz, no miraré
la luz ni caminaré hacia ella aunque sea luz artificial, repetía en mi mente
como un íntimo rezo.
Quería
ver a Noel aparecer, Noel con sus enigmáticos ojos marrones que me deslíen con
sólo un parpadeo y anhelaba ser mecida en el aleteo de sus pestañas. Quería
encontrar de nuevo mi sombra en sus pupilas, mi lugar más amado en el planeta,
quería quitarme la ropa delicadamente para el disfrute de sus sentidos, perderme
en sus brazos, oler su pecho y descender con mi curiosa nariz hasta el sur de
su ombligo, besar su vello púbico e inhalar el perfume de su piel, exhalar mi
alma en un último suspiro y filtrarme hasta su sangre y aferrarme a sus
arterias. No negaré que Noel tiene una incisiva adicción a la cocaína entonces
yo quiero ser su droga, quiero ser el peligro en su vida, quiero matarlo de placer
y llevarlo al cielo ceñido en el más dulce de los orgasmos. Quiero ser la
gloria que corone sus triunfos y la sima que ennegrezca su existencia y
mantenerlo a salvo de las aves de rapiña, cuidarlo y amarlo hasta que el amor
se acabe.
Noel es el hombre entre los hombres, abierto a su lado oscuro y entregado al arte. Él es una canción, un momento que perdura y se torna permanente en el aleteo de las alas de una mariposa. Su prístina virtud que eclipsa los silencios y los transforma en melodiosas sonrisas, púrpuras y grisáceas. Amo ver sus manos fundiéndose en las cuerdas de su guitarra, leal compañera de guerra. Amé siempre la translúcida apariencia de su espíritu cuando la música nace y el resto del mundo atiborrado de mortales desaparece.
Abrí mis
ojos y el bosque se había empequeñecido, mi vestido negro se desvanecía en el
viento, como un puñado de plumas siendo sopladas hasta lo recóndito del
horizonte, segundos después me hallé desnuda y extraviada. Mi hambre de Noel se
había disparado a alturas insospechadas, quisiera ser un pájaro, pensé y cerré
mis ojos, entrelacé los dedos de mis manos y apretujé fuertemente, alejándome
de lo malsano de mi existencia.
Perdí la
noción del tiempo. Abrí mis ojos y volví a estrellar la difusa mirada en el
techo blanco del cuarto. Tres enfermeras y un médico me rodeaban. Tragué
saliva, mi garganta dolía, se sentía como si estuviera desgarrada.
– Bienvenida al mundo una vez más – revisó entre
sus manos unas hojas dentro de una carpeta blanca, un hombre delgado y alto,
vestido de una bata blanca abierta, portaba un pantalón gris oscuro y una
camisa blanca – señorita Fanya, usted es una mujer afortunada. Soy el doctor
Rodolfo Morales y estoy encantado de ver que ha reaccionado. – El doctor sonrió sincero y las enfermeras
retiraron un tubo de mi garganta e introdujeron un líquido amarillento al
catéter del suero con una jeringa.
– Yo… estaba perdida… el bosque… – Noel volvió como ave fénix a mi mente
renaciendo de entre las cenizas de mis pensamientos y recuerdos – ¿Dónde está Noel? ¿Dónde está Noel? – Mi voz rasgada y ronca brotaba de mi ser
suplicante.
– Él tuvo que irse, apenas la estabilizamos y
su corazón volvió a latir de manera normal se retiró pero nos indicó que
volverá en la noche.
– ¿Qué fue lo que me sucedió? – ¿Qué diablos le había sucedido a mi corazón?
– Tuvo una crisis convulsiva y signos riesgosos
de hipertensión de su flujo sanguíneo. Todo como consecuencia de la sobredosis
de cocaína que ingirió. Pensamos que la íbamos a perder. Le repito, usted es
una mujer afortunada.
– ¿Me morí? –
Mi cuerpo yacía sobre aquella cama de hospital pero mi mente había
dejado el edificio.
– No pero estuvo a punto de ello. Debemos
hablar sobre una posible y necesaria rehabilitación. No creo que usted resista
otra sobredosis. Su vida corre riesgo si no toma seriamente cartas en el asunto
y cuida su salud.
– Doctor, yo no soy adicta y no me mire con
ojos de padre regañón, no estoy en negación, me drogué por mi novio, es decir,
él no me obligó ni me lo pidió pero él sí es adicto y quiero que me ayude a
ayudarle, quiero rescatarle de ese infierno que lo está acabando. Yo quise ser
“ideal” para él y en mi inexperiencia mire – señalé con mis manos mi pecho
extendiendo un camino hasta mis pies –
soy un caos al punto de la extinción.
– Le daré de alta mañana. Cuando su novio
regrese, hablaremos de éste tema entonces. –
El doctor y las enfermeras abandonaron el cuarto. Miré el reloj redondo
que pendía sobre el marco de la puerta. Eran las cinco y media de la tarde. Me
sentía exhausta y hambrienta y a falta de pan opté por cerrar los ojos y volver
al bosque decidida a encontrar a Noel.
La
enfermera a la cual había echado de la habitación me despertó con suaves
movimientos, era la hora de la cena y me llevó gelatina, sopa caliente de apio,
papas y zanahorias trozadas en pequeñas rodajas, un poco de jugo de arándano y
una rebanada de pan integral. Le sonreí apenada, diciéndole sin palabras que
estaba arrepentida por mi ofuscada reacción ante imaginarme en rehabilitación.
No, ¿yo en rehabilitación? Jamás. No soy adicta. Tal vez soy adicta a Noel y si
he de rehabilitarme de él entonces despójenme de mis órganos y dénselos a quien
los necesite porque no quiero la vida sin Noel, rehabilitarme de Noel es el día
después del apocalipsis. Noel me completa y me incinera con su beso. El
principio de la locura y el final de mi insignificancia. Con él soy alguien,
con él lo puedo todo, a su lado soy hermosa, nunca invisible, siempre amada,
siempre deseada. Con Noel soy arte, arcilla maleable entre sus largos dedos
sedientos de mis instintos. Con él mis labios siempre son rojos, mi alma
reverdece, el universo se marchita en su inevitablemente innecesaria existencia
cuando estamos juntos.
Para las
diez de la noche y sin Noel a la vista opté por levantarme y ser escoltada al
baño por una enfermera. Sentí una brisa fría acariciar mis nalgas, no amarré mi
bata y dejé que la desnudez de mi cuerpo en el esplendor de su lado posterior luciera
expuesta a los ojos del hombre como ofrenda indiscreta y ominosamente
apetecible.
De vuelta
a la habitación, encontré a Noel sentado en la cama, revisando impasible algo
en su teléfono.
– Hola trovador ¿Dónde te habías metido? – Pregunté tímidamente, relamiendo mi labio
inferior. Cerré la puerta del cuarto. Noel me miró, dilatando sus pupilas,
asentó su teléfono en una mesita ubicada en el lado derecho de la cama y se
puso de pie.
– He muerto y renacido ésta tarde contigo. Si
te mueres yo…– Dijo Noel tocado por las
lágrimas acumuladas en su entraña. Caminé hacia él y dejé caer la bata al
suelo. Las palabras se volvieron aliento mudo entre sus labios.
– No podemos morir. ¿Qué no sabes que la hierba
mala nunca muere? – Mis pezones se
endurecieron y se irguieron implorando ser lamidos, mordidos y besados por la
boca de Noel. La ventana estaba abierta y el aire frío que entraba erizó mi
piel. Me abracé frotando mis antebrazos, calentándome un poco por fuera. Por
dentro la lava incandescente bullía a punto de hacerme estallar en erupción.
– No podemos. Estamos en un hospital. – Noel caminó hasta estar a medio centímetro de
mí. Pecho a pecho, miré hacia arriba buscando ese rincón deliciosamente cálido
y familiar en su mirada donde todo es perfecto y divino. Coloqué mis manos
dentro de su chaqueta, sentí el calor de su cuerpo por sobre su camisa.
Desabotoné los primeros botones y descubrí uno de sus pezones. Lo besé y
humedecí con mi lengua serpenteando y bebiendo sus tenues gemidos enjaulados
tras sus dientes.
– Déjate ir. Déjame amarte. Nunca es relevante dónde estamos. Todo lo que
importa es lo que hacemos para que ese lugar se convierta en un recuerdo
inolvidable.
Tomé la
mano derecha de Noel y la llevé hasta mi sexo, al sentir las vibrantes caricias
de su dedo índice y medio en medio y alrededor de mi clítoris, arqueé mi
espalda y eché mi cabeza hacia atrás, regalándole mi cuello a sus ávidos y
afilados dientes. Abrí un poco mis piernas para permitirle a sus dedos
deslizarse dentro de mí con maestría. Su saliva cayó en mi cuello, su boca
abierta sustentada sobre mi hombro, su dulce boca, gimiente y dadora de alas y
libertad; mis manos se arremolinaron alrededor del largo y duro miembro de Noel,
acariciando la punta y resbalando hasta el pubis, le di un tirón a sus
testículos, él mordió mi hombro y pidió más. Sacó sus dedos de mi sexo y miré
sus ojos dándole visiones de lo que iba a hacer con mi boca al descender de sus
labios, besando su barba crecida y su manzana de adán, su pecho, inclinándome
hasta llegar a la zona donde las batallas del cielo se llevan a cabo. Se
deshizo de su chaqueta y se arrancó la camisa como si estuviera envuelto en
llamas, desabrochó su cinturón y apretujé sus muñecas deteniendo sus
movimientos. Con mis dientes bajé lentamente su cremallera liberando al
instante su pene, aguerrido y ávido.
Introduje
la cabeza pausadamente, saboreando sus reacciones llenas de éxtasis y locura
contenida, acicalé la bella, rosada y brillante circunferencia con mi lengua de
gato, mi lengua poseedora de siete vidas y una noche a la luz del infinito. Con
toda la intención de sorprenderlo y llevarlo al filo del precipicio, introduje
de golpe y de una sola engullida el miembro hasta topar con el fondo de mi
garganta, un aullido de lobo agonizante fue desarraigado de sus entrañas, la
reacción despertó sus caderas con una danza que llevaba su ser desde adentro
hacia afuera de mi boca, adelante y atrás, despacio y duro. Plantó sus manos
sobre mi cabeza, haciendo nudos en mi cabello.
Percibí un delicado sabor salino que provenía desde el fondo de sus deseos descubiertos y explotados. Me puse de pie, dejando besos en su pubis, su abdomen, sus pezones y su nariz, dejándolo a medio morir, preparado para lincharme. Tomé su mano y la coloqué sobre mi corazón. Al sentir mis latidos sus pupilas prendieron fuego sobre mi ser, sonrió al sentirme viva, suya. Porque soy de él, le pertenezco, cada centímetro de mi perfecta y pecaminosa humanidad es suya para que haga lo que quiera, soy pécora, indiscreta y oscura como la noche. Noel me vuelve una salvaje, me enajena, me condena a su carne, me arroja a las fauces de la locura. No puedo disimular lo dichosa que soy cuando soy lo que amo ser a su lado. Sus manos me entienden como si ellas me hubieran creado. Era cuestión de tiempo para que me convirtiera en un apéndice más de Noel, un adicto trozo vivaz y femenino que se aferra como sanguijuela a su anatomía sin ganas de dejarlo ir y si se va, me escondo en sus suelas, me lleva y me regresa. El blanco en el negro, el limón en la miel, el gorrión en el cielo. Su piel me abrasa, las yemas de sus dedos me despliegan, como las páginas de un libro leído impetuosamente. Cuando estoy con él soy más, nunca he sido más, siempre he sido lo que han querido, me he camuflado de fantasías ajenas, sin remordimientos, pero nunca había llegado al fondo de mi alma hasta que su boca se abrió la primera noche de los dos
Mujer, tú eres algo más.
Y fui
más, lo que nos produjo más placer, lo que nos llevó al mismo infierno. Más
porque con él, menos no existe. El ahora en una promesa que consiente
travesuras de un mañana placentero. Oh, soy una salvaje, como carne roja, en
brama y latiente. Soy una bestial criatura, indómita, sedienta de la luna y sus
remanentes en los ojos de mi dios rockero. Aún con sus ojos cerrados, la luz de
su iris me traspasa. Me crían como a un recién nacido.
Aventé a
Noel a la cama, su pantalón yacía colgando en sus rodillas, lo bajé hasta que
llegó a los tobillos. La anticipación desesperada ardía en mis manos. Tomé el
teléfono de Noel y me subí a la cama, sentándome bruscamente sobre la pelvis de
Noel. La boca de Noel se abrió y después la frunció, entrecerró los ojos ahogados
en el placer, agité mi cadera, pintarrajeando círculos con ella. Una idea surcó
mi mente. Encendí el teléfono y estaba bloqueado, le pedí a Noel que lo
solucionara, le di el teléfono y después de unos movimientos rápidos con su
dedo índice sobre la pantalla me lo devolvió, presioné afanosamente el ícono de
la cámara, activé el flash y bajé el teléfono enfocando la lente entre su sexo
fundido en el mío, la humedad y la fruición ondeaban en la efervescencia de
nuestros cuerpos. Tomé muchas fotos, de su boca en la mía, de su mano en mi
busto, su sexo errante en las profundidades del mío, mi sudor sobre su pecho,
el dedo gordo de mi pie en su boca, mis labios rojos, la pasión, el albo e
inmaculado final entre mis glúteos cauterizando las heridas que los médicos no
pueden curar, en un audaz giro, Noel quedó sobre mí, comiendo mi sexo como si
fuera el fruto de la guanábana, me aferré a las sábanas, contrayendo las
entrañas, seguí inmortalizando en imágenes el frenesí que nos consumía. A
horcajadas, invertí nuestras perspectivas, subsistiendo apenas, envuelta en
movimientos de mi cadera atrabancada, sobre el sumiso cuerpo de mi rockero.
Caí
recostada encima de él. Alguien tocaba la puerta, alguien mencionaba mi nombre,
sin importarme nada excepto mi hombre, me quedé ahí sin moverme, queriendo
tener poderes mágicos para congelar el tiempo y que los dos pudiéramos
permanecer ahí mezclados uno cubriendo al otro, frenando los intentos de
intrusos que quieren rompernos y hacernos pedazos.
La
serenidad de Noel después de follar es como un rezo de los ángeles transformado
en hombre. Me calma y me colma con fe y vida. Puedo entretejer mis dedos en su
cabello, jugar con mi nariz en su bigote, arrastrar mis labios a través de su
cuello, sentir sus manos en mi espalda que me ciñen con la intención más pura
de robarme el aliento. Todo él es mío, su fama y sus escándalos, la
controversia de sus arrebatos y los estragos de sus desenfrenos me conciernen.
Soy dueña de ambos, soy esclava fiel de sus designios. Soy de acero cuando
tengo que defenderlo, soy de papel cuando estoy en sus manos, soy una escueta pintura
inconclusa en exhibición en el museo de sus miradas. No quiero moverme, no
quería irme pero las horas pasan y hay tareas que finiquitar. Me eché a un lado
de la cama y Noel se puso de pie, tembleque y sudoroso, subió sus pantalones y
la cremallera, deshaciendo lo que hice momentos atrás. Se puso su camisa y
sonrió nervioso, casi apenado de haber hecho el amor en un hospital (como si
fueran noticias nuevas o hechos insólitos), salió del cuarto con dirección al
baño y me quedé desnuda en la cama, con la puerta abierta, siendo el tiro al
blanco de los ojos de los doctores y enfermeros que pasaban por el pasillo
donde se hallaba mi cuarto, gozaba por dentro, me ensanchaba como una pitón que
traga a sus presas, engullendo la curiosidad de aquellos, el voyeur y sus
sinónimos andantes.
Un sonido
extraño proveniente del iPhone de Noel llamó mi atención. Presioné el botón
para encender la pantalla y deslicé mi dedo en ella para desbloquearlo.
Aparecieron números del uno al cero, pidiéndome una contraseña, cuatro números.
¡Carajo! ¿Cuál será la clave que me de acceso a la intimidad de Noel? Pensé
sonriendo al darme cuenta que nunca necesité claves para llegar a la verdadera
intimidad de Noel y erigir castillos en ella. Mi mente hecha números se
enredaba y se desenredaba, imaginando furtivamente combinaciones. ¡Su fecha de
nacimiento! Gritaron mis neuronas, emocionadas. Seguramente es su fecha de
nacimiento. Pero ¿Cuál es su año de nacimiento? Me percaté de lo poco que sé de
Noel pese a que conozco su vida de pies a cabeza, con ropa y sin ella, en la
crisis y en la enfermedad hasta que la rehabilitación nos separe. Sacudí mi
cabeza ahuyentando los pensamientos de rehabilitación y electroshocks hiriendo
mi húmedo, atado e indefenso cuerpo. Recordé que fui empujada a la tecnología y
que también poseo un iPhone pero ¿dónde diablos estaba en esos momentos que lo
necesitaba? Busqué vertiginosamente en la chaqueta de cuero rojo sin hallar
nada. Hice pucheros. Sumergí mi mente en un viaje vuelta atrás, revisando los
archiveros empolvados de memorias casi olvidadas en mi mente hasta llegar a una
plática breve y romántica que tuvimos una noche cuando hicimos el amor y lo
dejé explorar en “la puerta trasera”.
– Eres tan hermosa. Te amo, no quiero salirme
de ti. – Dijo Noel, riendo como niño
juguetón, halagando con suaves pellizcos mis pezones. Aún estaba adentro,
horadando aquel callejón entre mis piernas.
– Lo que acabamos de hacer es penado con la
horca en el Medio Oriente. – Murmuré
agitada, extasiada. Besé la frente de Noel y me sonrió como si hubiese sido su
primera vez en la cama con una mujer.
– Yo tengo alma de anciano y tú tienes sabor de
adolescente, fresca, dulce, lozana, prohibida. Lolita, eres lolita, me
hechizas, me atrapas. El próximo año tendré cuarenta y tú ¿cuántos? ¿14? ¿16?
Estoy embelesado con tu silueta. Sin ella, mis impulsos no tendrían forma.
– Yo estoy embelesada por tu manera de
hablarme. Caballero, creí que los hombres que se dirigen así a una mujer se
habían extinguido ya. Eres celestial ¿lo sabías? Vivía penando como pordiosera
pidiéndole a los cielos alguien como tú, y cómo es la vida de extraña, llegaste
tú, a mi vida. Tú, el molde de todos mis sueños. – Me aproximé a su boca, usando mis dedos, rocé
la orilla de sus labios.
– Quiero tatuarme en ti. Quiero ser el único tatuaje
sobre tu cuerpo. – Dijo Noel, tomando mis nalgas entre sus grandes manos,
apretujándolas como si fueran fresas floreciendo en una noche de verano.
– Olvida mi cuerpo, tú ya estás tatuado en mi
corazón. – Besé su frente y lo abracé.
Ambos suspiramos hondamente vaciando nuestros pulmones de oxígeno. – No
ambiciono mucho en ésta vida, no quiero estar en tu cuerpo como esa frase
grabada en tu costado derecho “fuck drink
sing” ya que sólo quiero vivir para inspirarte a cantar, incitarte a que
bebas mi sexo y que me folles hasta que el hartazgo te posea. Es eso lo que
deseo, en ti, para mí. – Rocé su espalda con mis uñas, sentí su piel erizarse
reaccionando a mi tacto, percibí su sonrisa mientras yo, con los ojos cerrados
viajaba envolviendo a Noel en un transcendental abrazo.
Entonces
si tiene 39 años y cumple 40 el próximo año nació en 1973. Mi mente
vergonzosamente carente de conocimientos matemáticos sacaba cuentas haciendo
uso de mis dedos como niño de primaria. Al tener el número exacto atrapado entre
mis ocurrentes ideas, lo tecleé ansiosamente en el teléfono, deseando acertar y
no tener que atormentarme con más números y sus combinaciones. Al presionar el
botón “OK” la pantalla del menú de inicio se expandió dándome infinitas
opciones. Busqué en las notificaciones y vi cuatro mensajes escritos y enviados
sucesivamente uno a uno con un minuto de distancia en su aplicación llamada Whatsapp. La obsesión del remitente era
tangible a mil leguas.
Jauregui’sQueenBee:
Cariño, aún tengo tu sabor en mi lengua. Mensaje enviado a las 10:30 p.m.
Noel, regresa. Tengo una sorpresita ;). Mensaje enviado a las 10:31 p.m.
¿Qué prefieres? ¿Gata o conejita? Estoy que no me la creo, gracias por haber amado mi tatuaje, tu nombre en mi culo. Soy tuya. Mensaje enviado a las 10:32 p.m.
¡Contesta! ¿Dónde estás? Estás con ella ¿verdad? Mensaje enviado a las 10:33 p.m.
¿Puedes imaginar mi rostro? La sangre hirviente subió hasta mis mejillas y mi frente. Esa abejita reina de Jáuregui no era otra más que Eloísa y su trasero tatuado. Unas nauseas profundas invadieron mi garganta, arcadas involuntarias en todo mi cuerpo me poseyeron. Quería matarla en ese instante, hacerle a esa perra lo que Noel le hizo a Marcos. Quería venganza, quería destruirle la noche. La maldita ramera escribió esos mensajes mientras Noel y yo hacíamos el amor. Me pregunté si a caso Noel venía de hacer el amor con ella. No me atrevía a confrontarlo. Lo perdoné en mis adentros, lo llevé más allá del límite de su capacidad de tolerancia, justifiqué que tomara a su groupie como una válvula de escape pero era mi turno de responder el golpe a puño cerrado, utilizando la manera casual que las mujeres prefieren para matar el ego y el amor propio de quien estorba en su camino.
N.O.E.L.:
Maldita zorra, no te basta con tener el trasero rojo e hinchado por culpa de un tatuaje del nombre de MI HOMBRE. ¿Quieres más? Deja a Noel en paz. Sí, estúpida, él está conmigo. Soy Fanya, tu peor y más cierta pesadilla. No importa si dejó su sabor en tu lengua. Él dejó su alma en mi vagina. Mensaje enviado a las 11:41 p.m.
En menos de un minuto el mensaje fue leído y respondido. Tragué saliva, glotona de guerra. El teléfono vibraba imparable y el tono que notificaba hacía un ruido delator. Lo escondí entre mis manos, bajo la almohada. Tenía miedo de que Noel volviera del baño. Deseaba que el doctor Morales lo hubiese entretenido con sus consejos de médico conciliador con la salud. El sonido cesó. Saqué de nuevo el teléfono y encendí la pantalla, volví a desbloquearlo y entré a la aplicación para leer los mensajes.
Jauregui’sQueenBee:
Desgraciada. Quita tus manos de Noel. Él es mío. Mensaje enviado a las 11:41 p.m.
¿Crees que me has ganado? Mensaje enviado a las 11:42 p.m.
No eres nada. No eres nadie. Mensaje enviado a las 11:42 p.m.
Para que lo sepas. Hoy él y yo cogimos como nunca y terminó en mi boca, terminó en mi trasero, terminó en mis tetas, terminó en mis manos. Si sabes de números, deducirás entonces cuantas veces cogimos mientras tú te morías. Puta. Mensaje enviado a las 11:43 p.m.
Hija del infierno, ella y su aberrante existencia clamaban guerra y muerte. Soy buena haciendo el amor pero soy la mejor dando batalla. No doy tregua hasta que tengo la cabeza de mi contrincante en mis manos como insignia de victoria. Tenía que devolver ese golpe bajo y fulminarla. Si me volvía a responder iba a dejar el hospital y buscarla hasta el último rincón de la ciudad y terminar con mis garras afiladas lo que ella inicio con su lengua venenosa.
N.O.E.L.:
Jajajaja ¿yo muriéndome? Será de placer ramera barata. Mira con tus horribles ojos cómo Noel me está matando y por último porque no mereces el privilegio de mis palabras escritas para tu asquerosa cara, a Noel no le interesa lo que estás diciendo. Es más, te daré un vistazo de lo que estamos haciendo para tu placer y para que nos dejes en paz… J Mensaje enviado a las 11:45 p.m.
(Imagen) Imagen enviada a las 11:46 p.m.
Justo como mis tripas lo rogaban, Eloísa no respondió y no volvió a conectarse a la aplicación. Sonreí por dentro y por fuera, con la boca, con las manos aplaudiendo como dos locas comadres en horario de su telenovela favorita, sonreí con la argucia de mi sexo y era el sexo que ahora había aniquilado a mi molesta y ruin rival. Le envié una de las fotografías que capturé de Noel haciéndome el amor. Me fui al espacio sideral de júbilo ominoso y volví deleitada imaginándome el sabor negro y amargo que habrá palpado al ver la fotografía. Seguramente la borró en un arrebato de rabia, seguramente arrojó el teléfono al suelo y lo rompió a pisotones. Nada me importaba. No borré los mensajes. Noel tenía que descubrir que yo sabía lo que había hecho con la groupie y que toda acción tiene una reacción y a veces la reacción puede ser devastadora e ineludible. Busqué entre su biblioteca musical y hallé una canción de Iyeoka: “Simply Falling” retocé mi cuerpo entre su desnudez, recién follada, recién vengada, simplemente recién vuelta a la vida.
*****
A la
mañana siguiente a las nueve en punto fui dada de alta y después de pagar la
cuenta del hospital y de tener la breve e “imposible de esquivar” charla con el
doctor Morales llegamos al apartamento de Noel. Se sentía tan bien estar en
casa aunque no fuera la mía. Recuperé esa sensación que comía mi cuerpo desde
mis pies hasta las puntas de mi cabello cuando volvía a mi apartamento en La
Roma después de un mal día, sintiendo el consuelo y la comprensión casi
maternal del calor, el color, el aroma y la arquitectura del hogar. Desayunamos
y nos besamos dulcemente junto al refrigerador. Me oprimía contra la pared de
la cocina. Su lengua sabia y genuinamente perversa doblegó mi voluntad y
debilitó la fuerza en mis rodillas. Supliqué que me tomara en el suelo, ahí
mismo. Sentí el vigor de su erección colisionar contra mi vientre. Yo estaba
húmeda más allá de donde se supone debo mojarme de delectación. Lo quería en mi
centro, lo quería en mis entrañas siempre necesitadas de amor y fuego. Alguien
le llamaba en su teléfono, interrumpiendo nuestro impetuoso encuentro de bocas,
dedos, pechos y espíritus. Sacó el teléfono del bolsillo lateral derecho de su
chaqueta y contestó la fastidiosa llamada.
– ¿Qué? ¡Repite eso que estás diciendo! –Noel
gritó, caminando de un lado hacia el otro, pasando irritadamente su mano en su
cabello – ¿Dónde dices que lo viste? Me tengo que ir. Voy a tener que ir a
comprarlo. Gracias por llamar. Adiós. – Finalizó la llamada, tragó hondo y me
miró de una forma indecible. No sé si era desprecio, odio, ira, pasión
envilecida o su yo interno estallando en sus ojos.
Caminó
hasta la puerta y salió aporreándola violentamente. Me asusté y grité su nombre
pero no volvió. No sabía que ocurría, desconocía qué es lo que había sucedido.
Todo aconteció en un segundo. Tenía que esperar y enterarme entonces. Para
matar el tiempo y los retortijones en mi estómago, fui a la cocina y preparé
tres quesadillas, serví un poco de jugo de naranja en mi vaso y me senté en el
piso, en flor de loto, comiendo por inercia, con la mente tras Noel, el alma en
el purgatorio y mi corazón en algún sitio donde no debería de estar y los ojos
en blanco.
La puerta
sonó de nuevo. Me puse de pie rápidamente y vi a Noel con un periódico en sus
manos. Se trataba de uno de los diarios más amarillistas y asquerosos que
pueden llegar a ser publicados. No les inmuta publicar cadáveres ensangrentados
expuestos en primera plana o chismes no corroborados y mentiras engrandecidas
que arruinan carreras de figuras del espectáculo.
– ¿Qué fue lo que hiciste Fanya? – Preguntó Noel, perdido entre las páginas. Dio
tres pasos hacia mí y arrojó el periódico a mi rostro. Me asusté y di un salto
hacia atrás. Lo miré con los ojos bien abiertos, incrédula de su grosera
reacción. Al levantar el periódico del suelo, leí las grandes letras amarillas
impresas en la primera plana, en la portada de ese desperdicio de papel repleto
de basura para los ojos que saben leer.
“ESCÁNDALO: SE FILTRA
LA FOTO DE NOEL JÁUREGUI TENIENDO SEXO CON UNA PROSTITUTA”
¿Qué
diablos? La saliva abandonó mi pescuezo. Devoré con los ojos, boquiabierta la repugnante
página. Pavorosamente miré a Noel, me encontré de nuevo con el diablo que hirió
brutalmente a Marcos. ¿Cómo pudo ocurrir esto? ¿Yo, una prostituta? ¿Qué coños
significa esto? ¿Soy una prostituta? ¡Sólo eso me faltaba! Culpo a mi
rePUTAción, me antecede y me salpica. Pero con mi rockero soy todo menos eso,
una desdeñada ramera. Soy su mujer, una mujer dueña de su cuerpo y gobernando
soberanamente sobre su sexo, mi sexo, el sexo que Noel tantas veces ha adorado.
Él sobó su puño derecho acunado en la palma de su mano izquierda, mi corazón
dejó de latir una vez más. Abrí el periódico y en la tercera página abarcándolo
todo, estaba la foto que le envié a Eloísa sin censura, en blanco y negro, los
dos, unidos en un momento que quedó para la posteridad, hiriéndonos,
humillándonos.
Ahora lo
entiendo todo, pensé, sin poder prevenir el león furibundo que lanzó un
zarpazo.
El mundo
se desmoronó en las tinieblas.
CONTINUARÁ.
In : FANYA
Tags: fanya confesiones de una exhibicionista desempleada el dia antes de la guerra literatura erotica
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