BESTIAS PIADOSAS / MENTIRAS SALVAJES:

LA PETITE MORT

               


Mi nariz sangraba a borbotones, mi cuerpo yacía tendido en el piso, tambaleándose, desequilibrado, mi mente girando en círculos deformes de confusión y dolor. Mi labio inferior ardía, lo toqué ligeramente y manchó de sangre mis dedos, estaba partido. Mi mejilla izquierda estaba calienta, incluso palpitaba. No sé qué pasó. Miré hacia arriba y Noel me devolvía la mirada, aterrado, paralizado por alguna extraña e invisible fuerza, sus manos querían tocarme pero no podía inclinarse, sus pupilas me quemaban, la rabia se había transformado y diluido en la energía contaminada que nos rodeaba. Bajé la vista y sobé suavemente mi rostro, tragué saliva, apretujé con el vientre mis ovarios para no llorar, no podía llorar y manifestar la desolación pataleando en mi pecho. No iba a regalarle la satisfacción de verme herida más allá de las magulladuras físicas, los moretones desaparecen pero las llagas del corazón difícilmente sanan. Tenía que aferrarme como una loca a mi orgullo. Mi espíritu retenía sus bríos de dignidad y ayudó a mis débiles y estremecidas piernas a erguirse y desafiar al diablo mismo si osaba golpearme de nuevo. El diablo fue lo que vi en los ojos de Noel, el mismo demonio insidioso que incitó la violencia aquella noche afuera del bar Andiamo en Polanco, Marcos fue la víctima, sus heridas como las mías, derramaban sangre, decepción y melancolía.

Volvieron a mi mente recuerdos decolorados del Noel ebrio de felicidad en mi cama la primera vez de los dos, la guitarra en sus manos arrullándome en vórtices de placer, su cuerpo dentro del mío, reconstituyendo la integridad de mi sombra sobre la suya, dentro de su boca; su mirada adulterada con el éxtasis que nuestros poros producían hacía arder la mía. El Noel en el restaurante, el Noel aventurero con la botella de cerveza, el Noel en los tacos, el Noel en el escenario detonando la locura de las masas, explotando en millones de partículas estelares porque a mis ojos, ante mis sentidos, él fue el equivalente a la Gran Explosión, el estallido que creó la vida hace miles de millones de años. El humo, el hermoso caos de la efervescencia que Noel trajo a mi vida, esos tesoros etéreos y sepultados en mi corazón ahora los soplaba el viento. Ya nada quedaba. La tierra se incendiaba. El aire era de cristal. Sus ojos eran de alguien extraño, no nos conocíamos. ¿Quiénes éramos? Cerré los ojos deseando poder desaparecer de ahí. Mi héroe había muerto. El hombre caliente y metálico que salvó a la dolorida mujer hundida en el abandono ahora se fundía en el calor del odio y la intimidación.

Me aproximé a Noel, procurando serenarlo con una sonrisa. Podía escuchar las frases de mi madre revolotear en mi cabeza: “Un hombre que le levanta la mano a su mujer, no es hombre” “Cuando un hombre le pega a su mujer, el amor que queda, se muere” “Una vez que te pegan, si lo perdonas, volverán a lastimarte” y sin embargo, sabiendo en mi subconsciente que ella tenía razón, algo en mí, algo necesitado y oscuramente depravado dentro de mí quería quedarse con Noel y hacerle el amor. Anhelaba sus manos deslizándose a través de mi tersa espalda, su lengua aterciopelada bebiendo mi alma, entre mis piernas, a la oscuridad de nuestros impulsos.

Noel dio un paso atrás, evitando mis manos, como si no quisiera que tocara su mejilla. Relamí mis labios y tomé sus manos. Besé sus nudillos, besé la mano que había ultrajado mi dignidad de mujer, miré sus ojos y la bestia embravecida lentamente se tranquilizó y su respiración jadeante se evaporó en un suspiro. Mi boca buscó la suya y la encontró con argucia, dando besos con sabor a leña quemada.

–  No sé qué es lo que he hecho. Ni si quiera puedo pedirte perdón. –  Dijo Noel cabizbajo, impidiéndole al llanto salir y rebelarse.

–  Me golpeaste. Golpeaste a la mujer que pregonas amar en tus canciones. –  Dije secamente, manchando mis labios con sangre e ironía.

–  No digas eso. No. Es sólo que… mira el maldito diario, publicaron esa foto. ¿Por qué me hiciste eso? ¿Me odias? ¿Cuánto te pagaron? Si lo que quieres es dinero, dímelo, yo te daré lo que me pidas. –  Noel tomó entre sus manos el periódico y lo arrugó impetuosamente. Como si deseara deshacer el escándalo con sus dedos trozando el papel.

–  ¡¿Qué dices?! ¡¿Crees que yo vendí la foto?! ¡Eres un estúpido Noel! ¡Te odio, idiota, no necesito tu dinero ni tu polla ni nada! –  Grité hirviendo iracundamente. Quería arrancarle el corazón a Noel y dárselo de comer a los lobos.

–  Está todo ahí. Impreso. ¿Cómo crees que llegaron las fotos ahí? Yo tengo el teléfono en mi poder. No lo robaron. Sólo tú tienes acceso a el. –  Los ojos de Noel se abrieron asustados y sorprendidos al verme como nunca me había visto. Rabiando y apretando los labios, reteniendo los golpes.

–  Si tienes tu teléfono revísalo entonces. Entra a tu estúpida aplicación esa, Whatsapp y comprueba como sucedieron las cosas. Espero que tengas cara y ojos para mirarme después de que notes que descubrí tus acostones con la maldita groupie. Creí que teníamos un trato. Si me eres fiel, te seré fiel. Por lo visto quieres que Marcos regrese a nuestras vidas ¿verdad? Si no te basta con él, entonces puedo tener a mis espaldas una larga fila de hombres ansiosos de hacerme suya de maneras que ni tú crees posibles. –   El cinismo y el enojo envenenaban mi lengua con la única ambición de herirlo. Los ojos de Noel volvieron a encenderse pero su cuerpo mantenía su distancia del mío.

–  Revisaré el teléfono ahora mismo.

Con movimientos broncos como de toro enjaulado, Noel sacó de su bolsillo el teléfono. Sus dedos veloces subían y bajaban en la pantalla, rodando y tecleando hasta llegar a los mensajes que la groupie y yo intercambiamos la noche anterior. Noel se detuvo intempestivamente. Sus pupilas absorbían las palabras formuladas, los golpazos literales que ambas nos dimos y el hachazo mortal que le propiné a Eloísa al enviarle la foto de Noel haciendo el amor conmigo lo alteraron, me miró pero ésta vez su mirada no contenía cólera pero mi cuerpo rebosando en furor dejó el lugar. Me dirigí a la ducha y Noel me siguió pero cerré la puerta bruscamente antes de que él pudiese traspasar el umbral hacia el baño. Sonreí como chiquilla malosa, entré a la ducha (cielos, extrañaba tanto mi tina). No me había fijado en los detalles del bello baño de Noel. Suelo usar los baños para lo que están hechos esperando que cumplan sus funciones a la perfección. El baño de Noel forrado de azulejos naranjas y blancos. Un gran espejo horizontal y rectangular reposando sobre el lavabo delgado, minimalista, de estilo europeo (no conozco Europa pero he visto baños lujosos en revistas). Decidí explorar el cuarto mientras Noel suplicaba salpicado de arrepentimiento tras la puerta, pidiendo que le dejase entrar y hablar. ¿Cómo iba a dejarlo hablar después de que insinuó abiertamente que yo vendí nuestra intimidad? Eso podría hacerlo gratis y sin necesidad de periódicos, podríamos hacer el amor en el zócalo si el lo quisiera. Podría deshacerme del moribundo pudor que me queda para deleite del mundo, de mis alas, de la libertad que a veces la gente doble-moralista quiere aniquilar.

Frente al lavabo y al espejo, en una pared donde yacía una repisa para toallas, estaba instalado un reproductor de música con pantalla y acceso a internet. No tenía conmigo el iPhone que Noel me regaló y no podía abrir la puerta y pedírselo. Tenía que mantenerme firmemente fuerte y hacerlo sufrir por ofenderme. Había cruzado la línea. Encendí la pantalla (del tamaño de una hoja en blanco tamaño carta) y entré directamente a la página principal de Google. Escribí torpemente el nombre de Noel y comenzaba a teclear las primeras letras del apellido cuando la sugerencia apareció seguida de un centenar de opciones conjugando su estado civil, sus canciones, sus adicciones, su detención y el nuevo escándalo. Abrumada por tanta información, busqué canciones. Lo que sea que drenara mi mente de la inmundicia que corroía mis pensamientos llegando a mi imaginación. Los deseos malsanos de querer saber cada detalle del pasado de Noel invadían mi estómago con apetito letal.

Presioné muchas ligas de sitios de música hasta que empezó a retumbar en el baño una calmada melodía, con sabor a Rhythm & Blues del bueno. Después de algunos cuantos tiempos de suave percusión, la voz exquisita de Avery*Sunshine sonó exquisitamente, llenando el baño y mi vientre con su sinfonía de letras agudas y cálidas acrobacias vocales, la canción “Ugly Part of Me” no podía venirme en mejor momento. Éste era mi lado feo, mi lado falaz, mi lado ruin y vengativo. Mientras seguía ignorando a Noel, lavé mi cuerpo delicadamente, con una esponja de plástico tallé mis brazos, mi cuello, mis piernas y entre ellas. Enjaboné mis senos, mi sexo, mi cabello y le permití al torrente de agua que me llevara consigo así terminara en la alcantarilla.

Salí de la ducha y tomé una toalla. La estreché contra mi nariz y olfateé tragando el aroma, la toalla olía a Noel pese a que estaba limpia y doblada debidamente. Sequé mi cuerpo imaginando que era la lengua y las manos de mi dios rockero. Al terminar de secar la última gota que recorría mi cuello e iba cuesta abajo  por mi seno derecho, pendiendo de mi pezón, me encontraba húmeda y fogosa por dentro y más allá. Enrollé la toalla a mi cabello, mi cuerpo desnudo y límpido moría como Narciso al caer en el embrujo del enamoramiento de su reflejo. Sacudí mi cabeza volviendo inmediatamente a la realidad. Mi mente embriagada de orgullo me ordenaba no abrir la puerta. Mi mano temblaba junto a la perilla, acariciándola. Mi cuerpo desobediente como lo ha sido toda la vida violó los límites una vez más y no hizo caso de los mandatos que gritaba mi subconsciente. Voluntariamente respirando la vehemencia de mi carne abrí la puerta y vi a Noel desnudo excepto por los calzoncillos que recubrían justo lo que ansiaba apreciar con todos los sentidos. Me miró, triste, despoblado de emociones peligrosas. Me di la vuelta y entré de nuevo al baño y el me siguió como si fuera un león domado. Él lucía bestialmente hermoso, taciturno y reluciente pese a que su aura azul eclipsaba su brillo vivaz de estrella del firmamento musical.

Abrí el gripo del lavabo y mojé intencionalmente, con alevosía y perniciosa ventaja mi pecho y mi mano en forma de cuchara arrojaba agua mojando mi trémulo pubis. Miré a través del espejo a Noel, posaba expectante atrás de mí. Acercó su anatomía y quitó la toalla de mi cabeza y permaneciendo atrás, extendió la toalla con su mano y secó mis senos, apoyándose de la ayuda del espejo descendió hasta llegar a mi pubis. Secó someramente y dejó caer la toalla al suelo. Besó soberbiamente mi cuello, mis hombros y mi espalda. Su mano derecha esbozaba figuras sin forma sobre mi clítoris. Su mano izquierda resbaló acompasadamente por mi espalda baja hasta amoldarse a mis nalgas. Se inclinó taladrando una vereda de besos por toda mi espalda hasta que posó su rostro frente a mi trasero. Lamió sobre ellas mientras sus dedos ejercían presión magistral en mi sexo, eché mi cabeza hacia atrás, me dejé ir y venir muy despacio sin ganas de dejar de tener ganas, la insaciable pasión que me agitaba se negaba a ceder.

Abrí los ojos y vi el espejo donde sólo se reflejaba la mano de Noel zigzagueándome cada vez más profundo. Humedecí mi garganta tragando un poco de saliva, mecía mi cuerpo al ritmo de la canción que se repetía una y otra vez. Noel gemía del placer que le causaba saber que me estaba torturando de gozo.

– Anda… Hiéreme, húrgame, ya sabes con qué… Ya sabes en dónde…–  Murmuré entre jadeos, perdiendo el control del momento, su boca lamía y succionaba entre mis nalgas y más adentro, llovía candela líquida en mí, en los lugares correctos.

–  Tus deseos son órdenes, belleza. –  Dijo Noel con una voz grave y ronca, atragantada de orgasmos mutilados. Se levantó de nuevo y me haló de mi cabello, mordió mi hombro derecho; gimiendo en mi oído se desabrochó el pantalón atropellando la cremallera con sus dedos. Se deshizo de sus zapatos, bajó el pantalón y se lo quitó por los pies. Su cuerpo ávido se oprimió con el mío. Mi espalda sentía el calor de su pecho, su vientre y su sexo rígido y erigido por la mano de Miguel Ángel, me incliné hacia adelante y descansé los senos y el torso sobre el lavabo, abrí mis piernas y comencé a mover mis caderas en círculos. Noel mordió su labio y sin anticiparlo me penetró enérgicamente, inundó mi entraña con su ímpetu, su ensimismada y ardiente materia llenando mis espacios, colmando mis alientos, materializando los sueños, asfixiando los instantes.

Asimilando sus estocadas, respiré profundo, mis nalgas se acunaron en su pubis, él entraba y salía de mi incandescente interior con la libertad de las águilas en el cielo, acarició mi espalda y subió hasta mi cuello.

–   ¿Has sentido la petite mort? –  Preguntó Noel, apuñalando el rincón recóndito entre mis piernas, estrujando con fuerza mi cuello, abrazando con sus largos dedos mi garganta.

–   ¿De qué estás hablando? –  Pregunté entre murmullos difíciles.

–   Te va a encantar mi amor. –   Sujetando mi garganta, oprimió como si pretendiera exprimir mi alma a través de mi boca. Me erguí tratando de girar mi cuerpo y quedar frente a él, intenté forcejear, el aire empezaba a faltarme, su pene pérfido y empecinado continuaba hincándose dentro de mí, mis ojos se cerraron con voluntad propia, perdí la fuerza de mis manos y caí de nuevo al lavabo, el vientre y la fuerza de las piernas de Noel mantenían el resto de mi cuerpo en pie, la música se enmudecía lentamente y una sensación ardorosa y casi infernal rodó de mi vagina hasta mi garganta, espasmos por todo mi cuerpo hicieron mi ser convulsionar, Noel cedió la presión de sus dedos y dejó pasar el aire por mi laringe. Ira y el orgasmo más salvaje de mi vida mezclados en un mismo sabor en mi lengua y más hondo, sofocada y transportada al otro lado del placer más infame y divino, mi mirada borrosa reenfocaba nuestras siluetas unidas, reflejadas en el espejo empañado, mi carne dolía, mi entraña ardía, mi respiración parecía el batir de las alas de un colibrí, inhalaba Noel y exhalaba humo. Fue una vivencia indeciblemente apetitosa, anhelantemente quería regresar ahí, a ese pozo donde una gran pitón bebía mi aliento, engullía mi vida, me hacía el amor como el infierno mismo lo haría.

La muerte pequeña, mi vida en peligro renaciendo en un solo sorbo, ¿cómo era eso posible? ¿Cómo diablos no había experimentado eso antes? ¿Qué es lo que he estado haciendo todo éste tiempo? Sentí como si una dimensión ignota para mis sentidos hubiese abierto sus puertas para mi ambiciosa sed de sexo y sudor sin lágrimas. Me preguntaba qué más había en el mundo que esperaba a ser descubierto por mi curiosidad.

Agitada y sin fuerzas, recobré el aliento y el vigor suficiente para recobrar el equilibrio y caminar a la puerta, absorta en mi henchido placer, mancillado hasta el éxtasis. Sin decir palabra, arrastré mi humanidad hasta la habitación y al llegar a la cama, caí a ella, escondiéndome bajo las sábanas. Minutos después, apareció Noel y se puso de rodillas junto a la cama, mirándome. Sonrió como el demonio más sexy, acarició mi cabello. Abrió su armario y sacó ropas. Cerré los ojos, relamiendo mi placer interno, las turbulencias más oscuras bullían entre mis venas y mis músculos. Morir al revés. Qué caos tan exquisito.

Desperté de lo que fue una siesta de media hora. Noel estaba peinándose frente al espejo a un lado de la cama.

–  ¿Vas a salir? –  Pregunté susurrando, soñolienta y empachada.

–  Sí. Voy a ver a Eloísa. –  Volvió su cabeza hacia mí, midiendo mi reacción. Yo estaba tan cansada que no pude enredarme en las marañas de celos que solían enredarme cuando imaginaba a Noel acompañado de la groupie.

–  Está bien. No tardes.

–  Voy a solucionar el asunto de la fotografía filtrada. Es un infierno allá afuera. Hay tres reporteros afuera del departamento. No sé cómo voy a lidiar con esto. Perdóname por haber dudado de ti. –  La voz de Noel tembló, con un pequeño sollozo.

–  No soy una perra traidora y cuando lo fui, te lo confesé. Pude haber mentido y seguir viviendo aventuras en los brazos del tatuado, pero no quiero nada con él, todo mi mundo eres tú. Pon en su lugar a esa mujerzuela, no quiero volver a saber que ella y tú se ven o que tú te vienes en sus tetas, por favor. –  Mis ojos aguzados se clavaron en los suyos como  una sutil y afilada amenaza de mujer.

–  No tardo. Por cierto, aquí te dejo tu iPhone –  Asentó mi teléfono sobre la mesa de noche y salió de la habitación, respiré profundo por millonésima vez y me entregué a mi sueño de nuevo, reparando los daños hechos por la muerte a la que me precipitó Noel, sus estocadas, sus mordidas, su intoxicante y lascivo amor, era yo un desnudo puñado de miembros unidos a un torso devorado por un huracán de carne, huesos y bigote aviesos como el mismo ángel caído.

Desperté sacudida por un sueño muy vívido, el recuerdo fugaz, la petite mort cantando en mí. Sonreí como una tonta para mis adentros. Sacudí mis pies bajo las sábanas y sentí todos los músculos y tendones de mi cuerpo bailar. Parecía lejano el momento cuando Noel me había golpeado. En su lugar, vino a mí el deseo venenoso de escarbar en ese lado retorcido y siniestro de Noel. Me había invitado a probar algo que había dejado maravillado a mi paladar. Quería más. Sabía que había más por descubrir. Tan furtivo, tan indebido, tan ilegal, tan delicioso. Lo quería todo, y todo lo quería con Noel.

Me levanté de la cama, era la hora de la comida y mi estómago lo reiteraba, fui al baño letárgicamente, bajé a la sala de estar casi desnuda si no fuera por las bragas blancas de encaje que coloqué con la manera que Noel hubiera utilizado para quitármelas, escuchando la música de mi teléfono con los audífonos puestos, entré a la cocina, encendí la estufa eléctrica y coloqué una sartén. Rompí tres huevos y les puse queso. Saqué un paquete de pan de hogaza de la organizada alacena, tomé tres rebanadas. Serví en un vaso un poco de jugo de arándanos. Había papaya picada en el refrigerador. Tomé un poco y llevé todos los alimentos a la mesa central en la sala. Me senté en el suelo, en flor de loto y lentamente me dispuse a degustar de la comida. Se sentía tan bien la cálida textura del huevo con el queso derretido en mi paladar. Amo comer y es algo que tristemente no siempre logro hacer. A veces olvido comer por completo, termino alimentando el cuerpo irónicamente sin ser nutrida en ambos casos. La comida no me traiciona pero me falta a causa de escasos recursos y nulos empleos en mi currículo, los hombres me traicionan a falta de cojones causando nulos estragos en mi culo. Es la verdad, tal cual como suena, prosaica y sin clase. Tal vez he errado buscando lo que busco en la clase inadecuada de hombre. Noel era un caso diferente, la excepción a la regla. No era el hombre perfecto ni el monstruo descarriado. Él simplemente era eso, la simpleza sublevada, la belleza virtuosa, una ramificación de la mano creadora de Dios, el creador que hace y construye arte y música. Noel era el mejor alimento que había consumido en años. Julián, Ricardo, José Luis… La lista podría continuar, ellos fueron aperitivos que ocasionaron daños y reflujos emocionales, no me arrepiento de haberlos catado ya que ellos enseñaron a mi apreciación masculina a discernir las semillas buenas de las putrefactas o las carentes de promesas de vida, de amor, de algo que me lleve lejos de la costumbrista torpeza de mi corazón.

 

 

*****

 

 

Frente al espejo del lavabo en el baño, mojé mi cara para enfriar las células de celos, temor y desconfianza que ardían en mis mejillas, miré la hora en el teléfono, ya era tarde, las 11:22 de la noche. ¿Dónde diablos estás Noel? Pregunté conociendo la respuesta, evadiéndola con la asombrosa técnica que usan las gacelas para eludir a los leones en la sabana. Los pensamientos asediaban mi imaginación fusionándose y recreando escenas ajenamente impúdicas. La idea resultó ser repugnante y terrible, no pude tolerarlo. Volví a la alcoba y encendí la televisión y con indiferencia cambiaba con el control remoto los canales como ojeando un libro sin el apetito de leer, mis ojos miraban hacia otro lado, uno que no se hallaba dentro del la habitación. Me detuve en uno donde estaban hablando de Noel. Pude deducirlo por la foto de su rostro abarcando toda la pantalla. La noticia era las reminiscencias de la controversia. Dos conductoras femeninas y un hombre discutían acaloradamente acerca del caso (como si hubieran estado con nosotros en la cama y supieran la verdad), él defendía a Noel, ellas lo criticaban y prejuzgaban el “hecho bochornoso” de tener que contratar los servicios de una prostituta. “¿Eso quiere decir que al rockero no le sobran las mujeres? ¿Tiene que pagar por sexo el pobre hombre?” instó la mujer conductora, tal vez era la titular del programa porque los otros dos asintieron como un digno par de lame-botas. Quise llamar a ese maldito programa y gritarle al mundo la verdad para que los enredos se deshicieran. Pero tristemente sé que eso lo empeoraría todo. Soy nociva para Noel, indecente, indiscreta, incriminada, vorazmente sexual, solamente era esa mujer que su séquito de compañeros y empleados veían como la plaga de langosta que destruye el maizal, vorazmente, sin remordimientos, y no lo niego, eso soy pero también me entrego, no pido nada a cambio, sólo espero recibir exactamente lo que doy, gramo por gramo, beso por beso. ¿Es eso mucho pedir? Mis aspiraciones mundanas nunca han traspasado el lindero de las nubes.

Tomé el teléfono y busqué el número de Noel, lo presioné decidida a marcarle y pelear pero la puerta sonó. Las pisadas de alguien se hacían más sonoras, fuertes y claras hasta que se detuvieron en la puerta de la habitación. Abrió Noel la puerta, sus ojos enrojecidos y su ropa vuelta un sucio caos. Su ebriedad calaba en mi nariz. Casi cayéndose, llegó a la cama y se sentó, me miró con dolorosa indiferencia. Me levanté de la cama y me acerqué a la televisión, la apagué y me aproximé a Noel, arrodillándome, descendiendo al nivel de las alimañas.

–  ¿Está todo bien? –  Murmuré preguntando tímidamente. Bajé la mirada, entrelacé los dedos de mis manos.

–  Todo está como tiene que estar. –  La voz de Noel conmocionada por el alcohol y las drogas era sólo un vestigio, un murmullo rasguñado.

–  Te extrañé. No me dejes sola por tantas horas. En mi mente ocurren trágicos pensamientos. –  Las lágrimas gozosas de fluir al aire libre rodaron por mis coloradas mejillas.

–  Cállate puta. ¿Quieres sexo? ¿Eso quieres para ser feliz? –  Noel me empujó y caí al suelo sorprendida y asustada. Se puso de pie y caminó al buró, sacó una pequeña bolsa con cocaína en el interior, afiló una línea del polvo y lo inhaló como si fuese su último aliento.

–  La petite mort. Eso quiero. Dame eso y deja de jugar al autodestructivo y atormentado trovador, poeta. Eres lo que callas. Así que no hables o grita. Mátame. ¡Mátame! –  Mi garganta ronca y rasposa empujaba las palabras con deseo y rabia. Yo podía jugar el juego de Noel, yo podía ser reina en ese juego. Podía gobernar sus instintos. Podía ser dictadora ante sus impulsos.

–  Eso te voy a dar entonces, puta. Eres mi puta. –  Noel caminó hacia mí, me estrujó entre sus brazos, rudamente, como si luchara con su subconsciente y quisiera dejarme pero su cuerpo no obedecía. Besó mi boca, mordió mi cuello, lamió la punta de mi nariz. Sus pupilas dilatadas eran profundas y dejaban ver las vertientes más recónditas y oscuras de su alma.

–  Quiero la muerte, la muerte pequeña, la muerte que quieras darme mientras que me mantengas viva con un beso y tu amor pero no hay amor en la boca de alguien que ofende a quien pregona amar. Déjame. ¡Suéltame! ¡Déjame ir! –  Grité forcejeando con Noel, mordí su brazo, gritó y me tumbó al suelo. Preparaba su pierna para lanzarme patadas pero me levanté velozmente, tomé mi teléfono, mi diario que yacía dentro del cajón de la mesa de noche y corrí a la puerta. Noel me miró impasible, melancólico, su agitada respiración parecía suplicar que me quedara, que no me fuera. Bajé la mirada, me aferré a mis escasas pertenencias y salí de la habitación aporreando la puerta. Bajé hasta la sala y di un último respiro al olor dulce y particular del apartamento. Salí al exterior y cerré la puerta. Rezaba a Dios por Noel, por mí y mi desamparada existencia. ¿A dónde iba a ir? Caminé hasta la calle, tristemente deshabitada, había alguien dentro de un auto estacionado en la acera de enfrente, no podía distinguir quien era, tomó fotos hasta que me hizo estallar. Crucé hasta donde se encontraba. Antes de que el paparazzi pudiera cerrar la ventana le arranqué de sus manos la cámara fotográfica y la arrojé al suelo, rompiéndola al estruendoso impacto contra el asfalto. El pasmado hombre salió de su auto y lo único que hizo fue gimotear rescatando el cadáver de la cámara. Corrí como si una la muerte estuviera atrás de mí, me extravié de mí misma y de mi ubicación. Las lágrimas ensombrecieron mi panorama. Me detuve en una esquina, intentando recuperar algo de mi aliento. Abordé un taxi, mordiéndome el labio inferior, reteniendo en mis amígdalas el dolor.

–  Lléveme a donde sea, sólo ponga el taxi en marcha. Aléjeme de aquí. –  El chofer, un poco incomodado, continuó manejando. Aparecimos en Reforma y en mi mente yo continuaba sucumbiendo sin saber qué hacer. ¿A dónde ir? ¿Dónde iba a pasar la noche? Sin casa y sin dinero, la indigencia era la única elección.

Recordé que en mi diario, en alguna página estaba garabateado el número de mi amiga Mónica. Ágilmente tomé el diario entre mis manos y rebusqué entre las hojas. Hallé el número junto a una confesión que narraba mis aventuras con Julián el sevillano. El taxi se detuvo en un alto del semáforo. Marqué el número de mi amiga y ella respondió reservadamente. Le pedí asilo en su casa y feliz accedió a dejarme dormir ahí con ella.

Al llegar a su casa ubicada en la colonia Del Valle, el taxista me miró mientras yo limpiaba mis ojos irritados por el llanto, la compasión y la lástima en sus ojos me penetraron hasta el tuétano.

–  Llegamos señorita.

–  Yo… no tengo cómo pagarle. Puedo dejarle mi teléfono. No tengo nada conmigo. No tengo nada en el mundo. No tengo nada ni a nadie. –  El llanto reverdeciendo de mi ser regresó para mojar mi rostro.

–  No se preocupe. Ni modo. No le cobraré. Vaya a descansar. Cuídese mucho. –  La voz del señor me recordó a mi padre, cuando me quería, cuando yo era un ave encerrada tras la jaula opresora, tras la inocencia y la levedad de una familia ilegítimamente perfecta.

Sonreí sin decir palabra, ahogada de agradecimiento. Antes de tocar el timbre de la casa de mi amiga, apareció ella abriendo una puerta pequeña junto a un gran portón de madera con bellos rombos y figuras labradas en la superficie. Mónica me miró de pies a cabeza, como si estuviera reconociéndome.

–  Ésta soy yo… Después de la guerra…–  Susurré sollozando.

–  Querida, necesitas un poco de sopa caliente. Entra, vamos. Estoy tan sola como tú. Es un hermoso milagro que me hayas llamado. No tienes idea de cómo he pensado en ti.

Después de un reconfortante abrazo, entramos a la casa. Ella me condujo hasta la cocina y calentó en una cacerola sopa de champiñones. Trozó pan en cuadritos y lo sazonó en una cazuela con aceite de oliva, perejil, sal, pimienta y ajo. De su refrigerador atiborrado de comida sacó una botella con jugo de melón. Frío y refrescante. Sirvió en nuestros vasos. Llevó los tazones de sopa a la pequeña mesa que estaba ubicada en el centro de su gran cocina blanca con decoraciones elegantes de madera. Me sentí protegida y aliviada con la caricia sedosa de la sopa recorriendo mi garganta hasta llegar a mi estómago aplacando la tormenta. Puse un poco del pan sobre la sopa y seguí cuchareando. Mi amiga me miraba y me decía tanto sin abrir la boca, con cada agitación de sus pestañas me consolaba y me demostraba la comprensión que me tenía, sin asomos de lástima o cortedad.

Cuando terminé mi plato, lo tomó y lo llevó a la estufa, sirvió un poco más y me lo devolvió con aquella sonrisa maternal que mi madre nunca me dio. Yo seguí devorando la cálida sopa, dejándome consentir, apartándome de la presencia de Noel zurcida en mis pensamientos.

–  El amor nos ha vuelto locas ¿verdad? –  Preguntó Mónica, sonriendo intentando distraerme de lo que me había arrastrado al abismo.

–  Sí. El amor o la carencia del mismo. Si le damos la frente somos atrevidas, si le damos la espalda somos putas. Si lo ignoramos somos puritanas, si lo avasallamos somos pecadoras. El amor. Qué concepto tan misógino. El amor es sólo una excusa. Ellos la usan como desatornillador de nuestra entrepierna, nosotras lo usamos como alfombra mágica que nos aplasta en un hipnótico mundo de fantasías. –  La amargura en mi voz parecía regir los músculos de mis cuerdas vocales.

–  Te comprendo, después de mi divorcio el amor no ha sido mi mejor aleado. Y aunque parece que vivo muy bien, materialmente así lo es, lo que a mí me importa, que es lo mismo que a ti, es ahora sólo un hueco que nada ni nadie puede llenar. –  Dijo Mónica, acariciando melancólicamente su pecho con su mano derecha, señalando su corazón, el vacío no saciado, no cultivado, abandonado.

–  Deberíamos de ponernos borrachas. –  Dije, envalentonada, aporreando la mano sobre la superficie de la mesa.

–  Si esa fuera la solución, sería dueña de la más grande vinatería, pero el alcohol es sólo una salida falsa.

–  Te quiero amiga. Siempre has sido una luz para mí. Me hace tan feliz ver que tu marido traicionero no se salió con la suya. –  Mi sonrisa disipó un poco mi angustia amarga.

–  No tienes una idea de lo que ocurrió. El divorcio, el escándalo, la familia, la locura. Él se casó con el jardinero y me lo dejó casi todo. Él se fue con su marido a Miami. Me hace bien que sea feliz. Al menos no me quede en la calle. Seguí tus consejos eh…–  Mónica apretujó mis manos cariñosamente.

Bostecé.

–  Ven, te voy a enseñar la habitación donde vas a dormir. Ésta es tu casa, no lo olvides nunca.

–  Gracias amiga. Si fueras hombre te haría el amor aquí mismo. –  Nos miramos a los ojos y al unísono, lanzamos una ruidosa carcajada. Nos abrazamos otra vez y caminamos a la sala y subimos escaleras que nos trasladaban al segundo nivel.

Me dejó en la puerta de mi habitación, nos despedimos con un abrazo y un beso en la mejilla, entré y dejé mi cuerpo florar en la apaciguada y transparente atmosfera que yacía contenida entre las paredes. Entré al pequeño baño de la alcoba, me deshice de las vestimentas que olían al perfume tóxico de mi rockero, encendí el iPhone y dejé que la música se reprodujera aleatoriamente. Mi teléfono haciendo gala de su intuitiva inteligencia dejó sonar en su pequeño altoparlante “Yayo” de Lana del Rey. La nostálgica, nublada y melodiosa voz de Lana abrió las puertas de mi lamento. Puse el teléfono sobre mis ropas, en el suelo. Me refugié bajo la tibia ducha, deseando convertirme en agua, deseando volver con Noel y abrazar su carga de perversiones, sus vicios, su embriaguez y sus arrebatos injuriosos. Abrí la cortina que separaba la regadera del pequeño pasillo donde estaba instalado el inodoro y el lavabo. Un espejo cuadrado con marco de plástico, cubierto por el vapor líquido esbozaba mi cuerpo del pecho hasta la cabeza. Acaricié la superficie, dejando el rastro aguado de mi mano, añorando los dedos de Noel ciñendo la absoluta circunferencia mi cuello, extinguiendo mi respiración, ahogando mi libertad, cosechando mi pasión.

Salí del baño relajada y mitigada del pesar. Me coloqué una bata de algodón que pendía de la puerta del baño y me recosté en la cama, cerré los ojos, acomodé el teléfono sobre mi pecho y me perdí en la música.

Aprendí de Noel a desahogarme de las penas y las alegrías con la ayuda de la música, como herramienta para cortarnos las venas o bálsamo para azuzar la dicha. Mis dedos embelesados comenzaron a recorrer mi cuerpo, desatando el lazo de la bata, suplía las caricias de Noel por las mías, llegué a mi pubis y me detuve. Mi libido me había abandonado. Todo lo que había en mi interior era el apetito que chamuscaba  la estampa de mi dios rockero. Toda yo era un manojo de fotografías errantes que capturaron el instante de la afligida mirada de Noel cuando me lo dejé.

Un vibrante sonido en mi teléfono interrumpió la melodía de Lana del Rey. Encendí la pantalla y revisé las notificaciones. Recuerdos de la noche en el hospital regresaron, sonreí con ironía.

Mi espíritu se salió por mis ojos cuando descubrí mensajes de Noel a través de Whatsapp.

 

N.O.E.L.:

           Prometiste no dejarme NUNCA, amor. ¿Dónde estás? ¡¡¡TE EXTRAÑO!!! Mensaje enviado a la 01:57 a.m.

           Te llevaste todo. No tengo alma, no tengo vida, no tengo inspiración, la música me ha desamparado. Perdona mis pedanterías. Perdona mis malos tratos. Perdona los insultos. Estoy perdido. TE NECESITO. Pero no te necesito sólo para estar acompañado. Te convertiste en mi vida. En mi luna, en mi todo. Necesito tu cuerpo, deseo hacerle el amor a tu alma. Soy un perro, un sucio perro, desgraciado. No merezco el aliento, no merezco este corazón palpitante. Mensaje enviado a la 01:59 a.m.

              

Por los gusanos que han de devorarme, saber que Noel estaba del otro lado de la pantalla del teléfono, en su habitación (con suerte) escribiendo hermosas palabras, palabras hechas y pensadas para mí, con su amor y remordimiento, hincharon mi corazón. Me senté conmocionada y feliz en la cama, puse una almohada entre mis piernas y me dispuse a construir en mi mente la mejor de las respuestas, no quería tenerlo desesperado, ansiando una respuesta.

Los dedos entorpecidos por la anticipación fallaban al transcribir mis pensamientos.

 

FANYA:

            Hola Noel. No tengo palabras para expresar lo grato que es leerte. Saber que estás pensando en mí. Espero que los efectos de la cocaína y lo que sea que hayas bebido ya haya dejado de surtir efecto en tu cuerpo. Te estás haciendo daño. Te amo demasiado y me estoy muriendo lentamente sólo de ver cómo destruyes tu persona, tu legado, tu alma y tu vida. No quiero pedirte que lo dejes ni que te rehabilites. Creo que esa es una decisión que tú debes tomar si quieres ser mejor en todos los aspectos de tu vida. Y mira quien lo dice, una mujer adulta de más de 25 años desempleada, sin casa, pervertida y ninfomaníaca. Sé que no soy la más apta para dar consejos, de hecho, no quiero aconsejarte, esto es sólo mi amor expresándose, no quiero amarte tres metros bajo tierra. No quiero hacerle el amor al viento. Necesito tu aliento. TU ALIENTO. :( Mensaje enviado a las 02:03 a.m.

 

Aventé la respuesta, fruncí los labios y cerré los ojos como si estuviese esperando una bofetada. Mi corazón latía como grillo en el monte, mis manos sudaban. Nunca antes me sentí así frente a un teléfono. Era indiferente a la tecnología y sus estragos, alienando a la gente, haciendo huecos donde no los hay. Ésta vez algo tan impersonal como un teléfono móvil me acercaba al hombre dueño de mi vida entera.

Su respuesta repicó en el teléfono. La exaltación era incontrolable.

 

N.O.E.L.:

           ¡MI VIDA! Pensé que no ibas a responderme. Perdóname. No me cansaré de pedirte perdón. Estoy llorando como un imbécil. Soy un imbécil. Y tienes toda la razón, estoy destruyéndome y desmoronándome pero lo último que necesito es que me dejes. Quiero limpiarme de toda droga. Tengo miedo mi amor, ya no sólo consumo coca, también estoy inyectándome heroína. No quiero hacerme adicto. Ese es el final. No quiero que tú te drogues. Ese es un mundo en el que no quiero que entres. TE LO PROHIBO. Te amo demasiado y me odiaría si te infectara de mis vicios. Eso es mío y voy a deshacerme de ello. Por favor regresa. ¿Dónde estás? Puedo ir por ti si lo deseas. No te duermas por favor. Mi carrera es un caos. No sé qué debo hacer. Mensaje enviado a las 02:07 a.m.

 

Pobre hombre, hermoso, casi divino, oscuro y atormentado. Él era como un ave al borde del barranco, necesitaba un impulso para que se atreviera a abrir las alas y emprender el vuelo por su cuenta, sin la estorbosa necesidad de los integrantes de Zion. Si mi rockero quería cambiar y dejar sus adicciones atrás, tenía que cerciorarme que él iba a hacer a un lado también a esas personas que nunca me quisieron y que me miraron como si yo fuese la gran ramera de Babilonia. Ese pensamiento trajo de vuelta a la desagradable groupie. Mi cerebro se volvió negro como la sombra de la noche enredada en el cabello de Noel, mordí mis uñas, urdiendo la telaraña, cimentando la mentira, piadosa mentira. Soy una bestia salvaje.

No debería… No debería. ¡¡¡Mierda!!! No debí ¿o sí?

 

FANYA:

           Mi amor. Me duele saberte perdido. No tienes por qué sentirte así. Eres un hombre tan talentoso. Pocos como tú hay en el mundo. Después de John Lennon, tú mi amor. Tú Noel. Quiero decirte algo pero tengo miedo de tu reacción. No quiero que cometas una atrocidad, no deseo que regreses a la cárcel. Como sea… Mensaje enviado a las 02:10 a.m.

 

La pronta respuesta de Noel golpeó mi teléfono. Estremecida, leí.

 

N.O.E.L.:

           ¿De qué estás hablando amor? ¿Qué es lo que me quieres decir? Habla. Mensaje enviado a las 02:08 a.m.

 

Y relamiendo mis labios, venenosamente, respondí.

 

FANYA:

           Tengo miedo de tu reacción :( Mensaje enviado a las 02:08 a.m.

 


Se manifestó prestamente. Pude incluso saborear sus gestos, sus miradas y sus iracundos  y exasperados movimientos.

 

N.O.E.L.:

           ¡YA! Déjate de juegos. Habla. No te preocupes, no voy a reaccionar mal, lo prometo. Pero si no me dices entonces sí me harás enojar. Por favor dime. Mensaje enviado a las 02:08 a.m.


Mi lengua pérfida, yo transformada en una serpiente de cascabel, escribí sin dudarlo. No iba a dejar piedra sobre piedra.


 

FANYA:

           Está bien. Te lo confesaré todo. Pero recuerda que prometiste no enloquecer. En Puebla Chava quiso abusar de mí, sexualmente. Tú estabas con Rebeca, no te lo recrimino, ese ya es tema resuelto, pero… esto… no me había atrevido a revelarlo por miedo. Te conozco y sé de qué eres capaz. Te amo por eso pero no quiero que le hagas daño a ese idiota abusivo. Por eso corrí a los brazos de Marcos, sólo por eso. Tú no estabas y me sentía tan desprotegida, olvidada. Chava propaga su bravuconería diciendo que le perteneces y que sin él, tú y el resto de Zion serían sólo un puñado de tontos sobre el escenario, sin éxito. Sabes, él estaba ebrio, y yo le pregunté por ti, su groupie se metió en la habitación que ambos compartían, en el hotel y fue entonces que ocurrió el intento de violación. Logré patear sus cojones y salir corriendo. Si quieres vengarte, si te atreves, hazlo inteligentemente, no caigas en riñas que hagan peor la controversia y el escándalo. Además, todos te han dado la espalda a causa de la fotografía filtrada de los dos haciendo el amor. Tengo la solución. Mensaje enviado a las 02:12 a.m.


 

La exaltación aleteaba en mi caja torácica. Noel se tomó algunos minutos. Largos minutos en responder. Tuve miedo, escenas de Noel golpeando a Chava hasta la muerte invadieron mi cabeza. Yo sólo quería la libertad absoluta de Noel, no quería un crimen, no anhelaba un desastre.

 

N.O.E.L.:

           Quiero matarlo. Hijo de perra. Atreverse a tocar a mi mujer con sus inmundas manos. ¡Quiero matarlo! Mensaje enviado a las 02:17 a.m.

 


Tenía que domar al toro, afilar sus cuernos pero usarlos a mi favor, a nuestro favor.

 

FANYA:

           Amor, prometiste no hacer una tontería. No vayas a donde Chava y lo mates. No lo merece, estoy segura que ni recuerda lo sucedido. Pero léeme bien. LEEME. TENGO LA REVANCHA PERFECTA. Si eso es a lo que aspiras. Mensaje enviado a las 02:19 a.m.

 

En esos momentos yo era un científico desquiciado y Noel se había convertido en un ratón de laboratorio. Mi mente maquiavélica experimentaba en él, esperando ver surgir la reacción perfecta, ideal.

 

N.O.E.L.:

           ¿Qué quieres hacer? ¿Cuál es la revancha? Mensaje enviado a las 02:20 a.m.

 


La estocada final.

 

FANYA:

           En Zion, el del talento eres tú. Deberías de abandonar la agrupación y ser solista. Cantar en solitario, seguir componiendo tu música. Tu estilo es único y maravilloso. El mundo merece escucharte y sentirte en plenitud a ti. Honestamente Chava y los otros desmerecen tu majestuosidad. Yo sé que puedes lograr llegar a la luna. Atrévete a ser libre. Es ahora o nunca. Mensaje enviado a las 02:22 a.m.

 

Esperé minutos hasta que se volvieron dos horas. A las cuatro y media de la mañana supuse que Noel ya no iba a responder. No volvió a estar en línea en la aplicación. No pude conciliar el sueño. La preocupación y la inquietud picaban en mi piel. Urticaria nerviosa por mi cuero cabelludo y mis brazos me hacían pagar por mis mentiras. Pero si sólo fue una mentira piadosa, pensé, intentando achicar mi alevosa, felona y artera actitud. ¿Qué estará haciendo Noel? Temí por su integridad, temí por la vida de Chava, él siempre fue un perro sin categoría pero no merecía morir por una mentira. Todo lo que yo quería era darle ese empujón a Noel. En mi coloquial y ordinaria existencia, Noel era magia pura, él era lo más magnífico que me había pasado. Yo sabía que si inspiraba a Noel, mi hombre se convertiría en un dios. Yo siempre he sido un laberinto, un callejón sin salida para quien me camina sin embargo con Noel esa noche, me sentí como una luz, pequeña y centelleante pero era luz, apartándolo de las tinieblas.

A las diez de la mañana y sin haber podido dormir, volví a ponerme mis ropas, peiné mi cabello con una cola de caballo mal hecha, escondí mis ojeras tras una capa de maquillaje y bajé para encontrarme con Mónica. Desayunamos, platicamos poniéndonos al día. Sus días siendo una inversionista en una empresa que se dedica a vender bienes raíces y su escasa vida sexual necesitaban y merecían unas vacaciones. Le propuse ir a un bar y atragantarnos de testosterona pero su timidez no se lo permitía. Ella tuvo que irse a su oficina, dejándome presa del ocio en su mansión. Caminé por la casa, admirando con todos los sentidos la arquitectura y los acabados de las paredes, las obras de arte, los muebles, las flores, el jardín, el vestíbulo y los grandes floreros junto a la puerta.

Aburrida y fatigada de husmear, subí a la comodidad de mi habitación, es decir, su habitación, en fin; me recosté paladeando la suavidad de la almohada y los edredones. Noel volvió a mi mente y ésta, magnéticamente lo atrajo a mí. Mi teléfono comenzó a sonar, era él, llamando. Tragué saliva dificultosamente, mi corazón subió a mi garganta y se desplomó enterrándose en mis tripas.

–  ¿Bueno? –  Pregunté retraídamente, sintiéndome poca cosa, criminal y asediada por la inquisición.

–  Amor, ya resolví el problema. –  Dijo Noel, aliviando mi hambre de él y encendiendo la alarma en mi subconsciente.

–  ¿Qué problema?

–  Lo que pasó con Chava. Ya hablé con mi representante y con dos ejecutivos de la disquera. Soy hombre libre, ya no soy nada para Zion y Zion ya no es nada para mí. Armaré la maqueta de mi primera producción como solista. Me sobran las canciones, me sobran las propuestas. Gracias mi amor. Gracias por abrirme los ojos. Me siento renovado. Me siento vivo.

Oír la voz de Noel, incluso cuando sólo hablaba, era como deleitarme con una hermosa canción. Me regocijé profundamente al saber que Noel era libre y que la mentirilla piadosa no se había desfigurado en una desgracia redundante. La bestia podía entonces regresar a su guarida y descansar.

 

 

*****

 

 

Noel acariciaba mi espalda con una pluma, perforando mi entraña con su sensual saña armado de su daga poderosa, enterrada hondamente, vulnerando mis habilidades de autocontrol, lascivamente besó mis hombros y rodeó con sus largos y lozanos dedos mi cuello victimado por mis anhelos perniciosos. Estrujaba como una pitón lo haría. El aliento se esfumaba de entre mis labios, el mundo se volvió un caótico y retumbante orgasmo, ennegrecido por la poca vida que palpitaba en mis arterias.

De pie, contra la pared, dos cuerpos arrancados de sus ropas, unidos, uno amortajando deliciosamente al otro, en el vigésimo piso de un lujoso hotel en Las Vegas. Él, embriagado de ginebra; yo estremecida en otro espacio, en otra vida, en otro universo, mi cuerpo disminuido a la expiración de su jadeo, una hebra de subsistencia quemaba mis sienes.

Dos horas más tarde Noel mataría de placer a su público con la música que componían sus venas pero a mí, a ésta indiscreta criatura, ya la había llevado al paraíso, ya me había mostrado el otro lado de la luna y la bestia finalmente había sido emancipada.

 

Nunca una mentira tuvo tan sublimes consecuencias. El hombre, la mujer, la serpiente, la manzana, el edén, el castigo.

 

El público ensordecía el recinto, Noel subió al escenario con su guitarra en mano, una corista lo acompañaba. Me senté en una butaca directamente frente a él, su mirada ensanchó la mía. Rodeados por más de dos mil personas, el lugar sólo era habitado por él y yo, nuestros secretos compartidos, nuestras tragedias, nuestros placeres, nuestras ambiciones.

Mi vida cantando, mi vida amando, mi vida viviendo la petite mort, sus palabras y el futuro que todos conocen pero fingen ignorar. Somos mediocres profetas.

Convenientes profecías interpretadas a manos llenas, egoístamente.

Somos ominosos profetas y la música, inevitablemente sigue pulsando.

 


FANYA: CONFESIONES DE UNA EXHIBICIONISTA DESEMPLEADA - BESTIAS PIADOSAS / MENTIRAS SALVAJES: LA PETITE MORT-


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