ALMAS SIN MATERIA


Estaba en un cuarto oscuro, la luz tenue y casi desahuciada de las velas dibujaba la silueta de un hombre que se aproximaba a mí con mirada de pantera pero la oscuridad me impedía descubrir su identidad. Yo estaba maniatada y con los pies en llamas, parecía que era parte de un ritual ancestral satánico o de sexo. A lo lejos escuchaba la canción que una vieja tornamesa tocaba. Esa canción la conozco muy bien “Amy Amy Amy” de Amy Winehouse; hace años me solía ducharme con leche de cabra y esa canción era la banda sonora. Me hacía sentir inmortal y poderosa pero ahí, tumbada en esa cama sin poder moverme, sólo disfrazaba mis gritos de miedo y placer fundidos en mi garganta. El hombre se postró sobre mí y dejó ver su rostro, era Marcos. Me tomó entre sus fuertes y tatuados brazos y sacó de mis pulmones hasta el último hilo de aliento. Mis ojos se cerraban pero mi cuerpo aún ardía, sentía pinchazos por todo mi cuerpo y al recobrar el sentido vi a Marcos tatuando impíamente flamas sobre mi piel, súbitamente los tatuajes comenzaron a volverse reales y el fuego me cubría absolutamente, quemándome, sin poder defenderme, yacía rendida, agitada, despierta, viva pero presa de un infierno profundo, íntimo y secreto.

Dos semanas después de Marcos y su tatuaje de camaleón abandonado en mi carne, he estado teniendo pesadillas, tangibles y punzantes. Cada vez que despierto me aferro a Noel que aunque duerme intoxicado por las drogas y el alcohol, está ahí y es real, me hace sentir bien, me hace sentir segura, me hace sentir y eso es suficiente para mi existencia de papel. He tenido que disociar mi mente, he tenido que descarnar mi alma, he tenido que reinventar la materia. Cuando más desprevenida estoy, el recuerdo de Marcos haciéndome el amor, oprimiéndome entre sus brazos, regresa y me golpea, me deja mareada, dando tumbos entre las ganas de más y el remordimiento. Estoy segura que soy una dinamita con la mecha encendida a punto de explotar. Noel no lo ha hecho más fácil. Un día es un caballero extraído de los cuentos de hadas más dulces y coloridos y al día siguiente es un demonio, un monstruo oscuro, es la Caja de Pandora y yo soy una chiquilla curiosa que bate las manos mientras es arrastrada hasta el abismo, con las rodillas cubiertas de raspones con una sonrisa clavada en la boca.

Hemos estado inmersos en la gira, en la carretera, en la música y las luces, cada quien con sus pensamientos y yo tratando de huir de los míos. Noel y yo hacemos el amor con frecuencia, casi diario, su boca es insaciable y mi cuerpo nunca se cansa, soy atleta de alto rendimiento cuando se trata de sexo, sábanas y miel. Sin embargo no he vuelto a tener un orgasmo, me lo impido, le he prohibido a mi mente perderse en la fruición de los besos y las caricias de Noel para no alejarme de mi sentido de alerta y no gritar el nombre de Marcos mientras el rockero me posee. Tengo que fingir y odio hacerlo, es como usar zapatos que odias o rodearte de personas que te incomodan; sigo siendo el mismo camaleón de siempre pero ahora me camuflo en la mentira y los gusanos.

Debo ser presa de mis actos, los puros y los malsanos, seguramente en otra vida fui un asesino y en ésta, vine a pagar mi necedad con mi necesidad de seguir siendo el error más acertado. Siempre olvido ponerle azúcar al café y olvido usar blanqueador con mi ropa interior. Olvido no hacerme heridas en el alma, olvido los límites, olvido los amaneceres. Mi cuerpo nació sin fronteras, mi espíritu nació hambriento. He de ser hija de aborígenes salvajes y mis padres católicos me adoptaron. Sólo así concibo la idea de ser como soy sin morir a causa de mi propio veneno.

Antier yo estaba recostada en la cama, cansada después de un concierto de Zion en Querétaro, sola en la habitación del hotel, mi subconsciente sabía que Noel estaba en algún bar o en la cama con alguna admiradora, embriagándose y atiborrando sus venas de cocaína. Miré por horas las estrellas desde la ventana, miré la hora en el teléfono celular que Noel me había regalado y ya eran casi las tres de la mañana. En Sevilla, Julián tenía la certeza de que el sol estaba sobre él sintiendo su calor pero yo desfallecía en la fría penumbra y el abandono. Quería salir y fornicar con el primero que viera pero aún seguía huyendo de aquel fantasma llamado Marcos, simplemente no podía repetirme a mí misma aunque eso me costara la vida.

Noel llegó al hotel, ojeroso, desaliñado, evaporando de sus poros todo el alcohol que había ingerido y se escabulló hasta llegar a la ducha. Lo seguí y me metí con él, bajo el fuerte torrente de la regadera; el agua tibia limpiaba nuestros cuerpos, yo lo abrazaba por su espalda, mis manos sentían sus latidos, percibí sus sollozos con las yemas de mis dedos y mientras el agua seguía fluyendo yo me coloqué frente a él, besando sus lágrimas y su cabello mojado, estrujándolo fuertemente contra mí, susurrando palabras de aliento y amor en su oído. Nada parecía calmarlo, lloraba como un niño lastimado.

–Vamos afuera amor. Secaré tu cuerpo. Todo estará bien. – Le di la mano y el la tomó fuertemente. Salimos juntos de la regadera escurriendo las penas y los miedos por el suelo.

–Yo… Yo…– Noel trataba de unir las palabras en una frase pero el llanto atascado en su garganta no se lo permitía. Sus ojos marrones estaban enrojecidos y nublados por un dolor ignoto para mí.

– ¿Puedo saber qué ocurre? – Senté a Noel en la cama y con una toalla, tiernamente comencé a secar sus brazos, sus piernas, su espalda. Me puse de rodillas y lo miré fijamente, acariciando sus rodillas. Le sonreí y besé sus pies.

–Estoy muerto. Estoy muerto. ¿Cómo puedes amar un muerto? – Grandes y redondas lágrimas brotaron de sus ojos que evadían mi mirada, su cuerpo quería escapar de mi toque cálido.

–Te amo porque me haces sentir viva. Te amo porque eres un ser humano extraordinario. Te amo porque se me pega la…–Interrumpió mis palabras poniendo su mano sobre mi boca.

–No tienes que insultar nena. No tienes que ser como yo. Me odio porque sé que te estoy haciendo daño.

–Es verdad y no te mentiré, me haces daño dejándome aquí sola en el hotel mientras tú tienes sexo con otras. ¿Por qué te es tan fácil ser infiel? –Pregunté, sin evitarle el paso a los recuerdos de Marcos que volvieron en ese momento para atormentarme. Sacudí mi cabeza como si tuviera abejas en el cabello. Me puse de pie y empecé a llorar.

–Debes alejarte de mí. No soy bueno para ti. Ya te lo había dicho.

–Yo tampoco soy buena. He cometido muchos errores. – Mi corazón parecía haber dejado mi pecho y ahora latía en mis sienes. La adrenalina cosquilleaba en mi lengua.

–Tú eres hermosa, tú eres algo más y no te merezco.

– ¡Ya cállate Noel! Deja de idealizarme. También fui infiel. No soy un ángel. – Con un grito aterrado las palabras brotaron desde mis entrañas. Mi respiración me asfixiaba.

– ¿Qué dices? – Los ojos de Noel se llenaron de rabia.

–En Puebla, cuando te fuiste con Rebeca, la periodista. Chava me dijo. Yo… Mira mi brazo ¿ves éste tatuaje? No es de henna, es de verdad y lo hizo Marcos. Yo estaba despechada, quería morirme, quería suicidarme pero me di cuenta que hay más maneras de sobrevivir que de fallecer. Fui a casa de Marcos y después de tatuarme, me hizo el amor. – Lloré, ocultando la cara de vergüenza. Él bufaba de coraje y ahora yo evadía sus ojos.

– ¿Por qué no me lo habías dicho? – Su voz trataba de disfrazar la rabia pero sus ojos lo delataban. Parecía toro y yo era un estúpido torero indefenso vestido de rojo.

–No existe el momento adecuado para aparecer y decir: Hola cariño, me acosté con uno de tus mejores amigos. – Traté que la ironía fuera mi escudo defensor.

–No sé que decir. Lo voy a matar. – Su voz se tornó oscura y maligna.

–No es su culpa. No es mi culpa. No es tu culpa. Fueros las circunstancias las que te llevaron a la cama de Rebeca y yo terminé en los brazos de Marcos.

– ¿Eso fue entonces? ¿Venganza?

–Si eso te satisface entonces así tómalo. Sí. Fue venganza. Ruin venganza. Sudorosa venganza. – Mis ojos se incrustaron en los suyos, desafiantes, cobardemente desafiantes.

–Entonces estamos a mano.

–No Noel. Tú has estado teniendo sexo con incontables mujeres en todos los lugares donde has tenido tus conciertos. Soy una perra egoísta y no quiero compartirte. Te quiero para mí y lo quiero todo. No te quiero convertido en sobras ni que después te sientas culpable.

–Esto es diferente. Lo que hago es convivir con las admiradoras que han mantenido a flote y en la cima a Zion.

–No. Infidelidad es infidelidad. Llevar a alguien ajeno a la cama es infidelidad. ¿Te crees embajador de las nobles causas? – Su mirada se rindió y cayó al piso. Triunfante y regodeada me acerqué a él y tomé su rostro por su barbilla obligándolo a verme.

–Tienes razón nena. Sólo respóndeme una cosa y tiraremos ésta plática a la basura. ¿Marcos te hizo el amor mejor que yo? – Sus ojos aguzados por la perversa curiosidad me envolvieron.

–No hice el amor con Marcos. Me cogió y lo cogí. Así de vulgar y escueto fue. Lo bello de esa noche es mi tatuaje. Tú y yo sabemos que amo los camaleones y soy como ellos.

– ¿Te gustó como te cogió?

– ¿Por qué diablos quieres torturarte con esas preguntas? Tendría que ser un cadáver para que no me gustara el sexo con Marcos. Por el amor de quien más amas. Marcos es brasileño, es un semental, es hermoso. Amé sentir su cuerpo dentro del mío, pero a quien amo es a ti. – Sus preguntas insulsas me estresaron. La urticaria ardía en mi cabeza.

– ¿Te gusta como te hago el amor? ¿Te gusta más como te lo hacía Julián?

–Sabes algo Noel. Me da asco ésta charla porque nada de lo que diga te hará sentir mejor aunque te esté diciendo la verdad. Graba éste momento en tu cerebro, regístralo para que no vuelvas a acostarte con otra mientras seamos pareja. Te dejo solo. Descansa. Voy a desayunar. – Hastiada de su atosigamiento y de su postura de mártir, me vestí rápidamente con lo primero que encontré en la maleta y bajé a desayunar al restaurante del hotel con mi cabello húmedo pero con el cuerpo más liviano. Había dejado una enorme carga atrás. Vi a Chava solo en la mesa, comiendo huevos revueltos, pan tostado y jugo de naranja. Tomé frutas picadas del buffet y un poco de yogur. Volví a su mesa y tomé un asiento.

–Buenos días Fanya.

–Buenos días Chava. ¿Cómo les fue anoche en su orgía? – Los ojos de Chava se hicieron grandes, sorprendidos, incomodados.

–Ya sabes. Sexo, drogas y rock and roll…–Su boca dibujó una sonrisa sarcástica y burlona.

–Lo sé. Ustedes los músicos no podrían ser más cliché que un turista japonés tomando fotos a todo lo que ve. – Le devolví la sonrisa sarcástica.

–Deberías irte preparando. Tú y Noel no van a durar mucho juntos.

–No me retes Chava. Si me lo propongo seré la Yoko Ono de Zion. Ustedes sin la voz de Noel son nada. – Pinché con el tenedor unos trozos de manzana bañados en yogur y los llevé a mi boca, mirándolo fijamente, envalentonada, decidida a hacerlos pedazos.

– ¿Serías capaz?

–Tanto o más capaz que tú, tratando de sembrar cizaña entre Noel y yo. – Chava se levantó de la mesa, molesto, aporreando la silla y se fue. Sonreí como si hubiera ganado una guerra. Guerra que inminentemente iba a iniciar.



*****



A las seis de la tarde y con el sol del atardecer entrando a la habitación, trataba de dormir un poco pero la luz quemaba mis párpados. Abrí los ojos y vi a Noel de pie junto a la ventana, a contraluz, casi desnudo si no fuera por la toalla que tenía amarrada en su cadera, su cuerpo estaba de nuevo húmedo. Tenía algo en sus manos pero la luz cegaba mis pupilas, no distinguía qué era entre las sombras, sólo percibía la energía que aleteaba entre los dos que secaba mi garganta y aguijoneaba entre mis piernas. Ese momento se parecía mucho a mis pesadillas. Mi corazón se saltó un latido.

– ¿Qué haces Noel? – Pregunté tragando hondo, asustada pero sin temer a mi rockero.

–No te muevas de la cama. Quédate ahí. – Dijo Noel, caminando lentamente en mi dirección. Su mirada era de pantera. La pesadilla era cada vez más real.

–No me moveré, lo prometo pero dime… ¿Qué es lo que estás haciendo?

–No quiero que me olvides ni quiero que nadie sea mejor que yo. – Relamió sus labios y acarició con su dedo índice mis labios.

– ¿Qué es eso que llevas en tu mano? –Miré hacia el objeto que presionaba entre sus largos dedos.

–Un micrófono. Vamos a cantar. – Noel develó el micrófono entre su mano y sonrió maquiavélicamente. Introdujo su mano en mis senos y atrapó mis pezones, halándolos suavemente. Cubierto de movimientos sensuales y masculinos se deshizo de la toalla que apenas vestía su anatomía y se posicionó encima de mi trémula humanidad e introdujo su dedo pulgar. Lo mordí y gimió complacido. Arrancó mis ropas, rasgó mi respiración. Me quitó el sostén y las bragas.

Desnuda bajo él y su voluntad, rendida a su merced. Abrí mis piernas para facilitarle su exploración oral. Su rostro, su boca, su aliento y su mirada se deslieron en mí, provocándome espasmos de gozo y lascivia. Mi cuerpo se retorcía, sus manos apretujaban mis muslos. Su boca subió hasta mi ombligo y metió dos dedos en mi vagina empapándose de mi hirviente humedad. Suspiró sonriente, relamió su labio superior y rozó con la cabeza del micrófono mis piernas hasta llegar a mi clítoris que llameaba deleitado. Sin avisarme empotró el micrófono enteramente muy por dentro de mí, grité. Dolor y pasión ardían en mis lastimadas paredes vaginales. Noel siguió torturándome con el micrófono, introduciéndolo hasta el fondo y sacándolo por completo. Traté de encontrarlo con la mirada pero no vi al hombre sensible que una madrugada me invitó a comer tacos, vi a una bestia en brama, a un esclavo de su ego y sus instintos que sentía excitación al infringirme dolor. Mis lágrimas huyeron de mis ojos como convictos. Él dejó el micrófono incrustado y subió hasta recostarse sobre mí, rostro contra rostro, su boca besó delicadamente la mía. Sus ojos eran una manada de hienas tragándome hasta dejar sólo polvo como huella de mi presencia.

Noel se levantó de la cama y caminó hasta el buró que estaba cerca de la puerta de entrada y de uno de los bolsillos de su pantalón que yacía en el suelo sacó una pequeña bolsa con cocaína adentro. Diseñó una fina línea y aspiró hambriento y voraz. Dos o tres minutos después volvió a hacer lo mismo, tomó su guitarra y volvió a la cama. Yo estaba adolorida, con mis entrañas lastimadas. Había sangre en las sábanas. Saqué lentamente el micrófono y lo arrojé con fuerza a la ventana con la intención de romperla sin éxito. Molesta, sintiéndome sucia y ultrajada tomé una larga ducha. Lloré hasta que sentí el agua de mi cuerpo agotarse, levemente lavé entre mis piernas. El dolor era molesto pero me enrabiaba más recordar a Noel convertido en otra cosa muy distinta al hombre que había conocido y del cual me había enamorado. Al salir del baño vi de espaldas a Noel. Caminé hasta llegar a él y me senté cuidadosamente junto a su costado. Él lloraba otra vez, abrazando su guitarra, con restos de cocaína en sus fosas nasales. Quise consolarlo pero mi enojo me lo impidió. Abrí mi valija y me coloqué bragas y una blusa de tirantes. Me escondí bajo las pesadas sábanas rogando a los cielos que el sueño me dejara inconsciente. Me perturbaba que un lado de mí, quizás del más depravado se deleitó al sentir el micrófono desgarrarme y llegar hasta el tope de mi vientre. Mi mente trataba de justificar los actos arrebatados de Noel. Tal vez quiso sorprenderte, pensé. Quizá pretendió repetir lo de la botella de cerveza. Los pretextos revoloteaban en mi mente pero sabía infaliblemente que Noel me hirió con el micrófono con insidia y ventaja sobre mí. Quería desquitarse. Su orgullo estaba hecho pedazos.

–Mañana volveremos al D.F. – Exclamó un Noel desganado y con la mirada perdida. Salí de las sábanas y me senté de nuevo junto a él. Su mirada carente de vida me perturbaba.

–Está bien. ¿Puedo saber por qué? Aún no acaba la gira.

–Sólo será una pausa. Ya hace tiempo había sido invitado por Carla Morrison para cantar con ella tres canciones. Ella es una mujer extremadamente talentosa y bella. Te gustará nena. Lo sé. – Sus ojos me encontraron y al sentirlo de vuelta, emocionada y conmovida lo abracé.

–Sé quien es pero nunca he podido ir a uno de sus conciertos. Que alegría poder conocerla en persona. – Tomé su rostro entre sus manos y sembré un largo y fogoso beso en su boca. En realidad no estaba feliz de conocer a Carla. La dicha me invadía porque Noel había reaccionado y me había mirado. Verlo ser barrido y azotado por los efectos de las drogas me lleva consigo y me deja despedazada… También.

–Te escribí una canción Fanya.

– ¿Lo dices en serio? ¿Cómo se llama? ¿Podrías cantarla para mí? – Pregunté entre gritos, extasiada de regocijo.

–Se llama “Almas Sin Materia”… – Sus dedos en pleno uso de sus facultades musicales comenzaron a rasgar las cuerdas haciendo música con cada movimiento. Una melodía triste, desgarradoramente triste y amarga brotaba de entre las cuerdas y sus uñas.


“Fuimos más de lo que debíamos ser

Vivimos más de lo que podíamos vivir

Abandonados en el tiempo

Lejos de la vista de Dios

Me diste tus mejores momentos

Te di un poco de amor a través de mi voz

Pero pronto nos quemamos como pedazos de carbón

Fuiste aire entre mis manos y nunca pude tenerte

En realidad siempre fui mío y tú volviste al horizonte.

Somos almas sin materia que coincidimos una noche

¿Qué tengo de especial? ¿Qué es lo que te vuelve inolvidable?

Somos almas sin materia entretejidas en ésta canción

¿Podrás olvidarme si muero?

Somos almas sin materia que laten en un corazón

¿Podrás entender algún día que eres todo lo que quiero?”

 

Las ganas de llorar nos derribaron. Noel golpeaba su cabeza con sus manos y yo traté de frenarlo, llorando a borbotones, lo reprimí entre mi pecho y mis brazos. Nuestros llantos cantaban al mismo tiempo. Sus ojos parecían incendiarse de melancolía y sufrimiento. Dejó caer la guitarra al suelo y me aferré a él llevándolo conmigo a la cama. Caímos juntos y nos acurrucamos. Sentía como si fuésemos de vidrio y nos habíamos roto pero al abrazarlo y sentir su calor y sus manos temblar en mi espalda, lo sentía vivo y me revivía. No estábamos del todo perdidos. Yo estaba segura de amarlo y él me miraba ahí recostado frente a mí, vulnerable, desquebrajado, expuesto y hecho trizas, sus ojos llenos de amor y algo más etéreo llegaban hasta mi pecho latiendo por mi corazón. Me tomé una o dos horas, perdí la cuenta de los minutos, acariciando su cabello, besando su frente, dándole amor sin matices sexuales. Para distraerlo y alejarlo de esa nube negra que merodeaba alrededor de su cabeza, comencé a cantar una de sus canciones, sin temor a asustarlo con mis desafinaciones y mis chillidos. Abrió los ojos y sonrió con ellos, su respiración se relajó y los sollozos cesaron. Continué cantando, escarbé en mi memoria evitando cantar canciones tristes, mis manos mariposeaban en el pecho de Noel y yo absorbía el aroma de su piel. Mi mayor deseo en ese instante era que el mundo desapareciera con todas sus penumbras y pesares y que Noel y yo fuéramos libres de nosotros mismos.

–Cuéntame amor ¿Cómo te diste cuenta que eres cantante? – Besé suavemente su barbilla y la punta de su nariz.

–Yo quería ser escritor. Amo la literatura y escribir sigue siendo una de mis pasiones más cautivadoras. A veces, cuando comienzo a escribir, me encierro en mí mismo, en la oscuridad, no salgo por días. Es una metamorfosis. Soy una oruga y al final de la última palabra me he convertido en una polilla, luego, me dirijo a la luz y muero. Todo sigue su curso. – Su voz enronquecida se limpiaba con cada palabra que decía, emocionado de compartir lo que ama con la chica que ama.

–Yo también amo leer y escribir pero no creo ser buena escritora. No dejo nada a la imaginación. Ya leíste mi diario. –Reímos juntos como niños traviesos recordando alguna fechoría ya hecha.

–Serías una gran escritora mujer. También serías una buena cantante. Tienes un toque especial en tu voz. Tu instrumento es diferente.

–No bromees. No juegues conmigo. – Reí sonrojada. ¿A caso éste dios del rock acababa de decir que yo podría ser cantante? ¿Sería eso posible?

–No es broma. Sabes, yo tenía una voz muy fea cuando cantaba o al menos eso me decían mis amigos. Siempre he sido mi propio maestro. Mi criterio y albedrío autodidactas no me permitieron nunca tomar clases de canto. En cambio, tomé una pequeña grabadora y grababa mi voz cantando canciones de Los Beatles o los Rolling Stones. Fui corrigiéndome con el paso del tiempo y hoy soy lo que soy y hago lo que hago gracias a mí mismo. No soy el mejor oído oyendo críticas de mi trabajo. Yo soy mi peor crítico. Si algo que hago no me satisface, lo destruyo y vuelvo a hacerlo hasta que el resultado sea eso que cosquillea en mi mente.

–Te admiro tanto Noel. – Me arrodillé en la cama, Noel se acomodó boca arriba y nos miramos fijamente, como si una multitud nos rodeara y estuviéramos reconociéndonos después de un largo tiempo de estar separados. Estaba en un hotel en la ciudad de Querétaro, lejos de cualquier cosa que pudiéramos llamar casa pero justo en esa cama, en ese momento, la atmosfera cargada de esperanza y calor nos hizo sentir como dos exploradores que estuvieron extraviados por mucho tiempo y volvieron a casa.

–Pero tú no eras mi admiradora. No sabías quien era yo. – Acomodó sus manos tras su cabeza levantándola un poco, sus ojos clavados en mí.

–No. No soy una groupie ni la fanática número uno pero… Dos de tus canciones marcaron mi vida, forman parte de mi historia. Por eso cuando te acompañé al Vive Latino y descubrí que tú eras el cantante de esos himnos de mi existencia, lloré como una estúpida. Ojalá hubieras podido verme. Era como si el destino tuviera ya trazados sus planes y estaba dándome una vista de ello. – Mis dedos acariciaban lánguidamente los vellos bajo su ombligo.

–Perdóname por la canción que te escribí. No es una canción feliz. – Sus ojos volvieron a mancharse de melancolía.

–Amo esa canción. Es una canción de amor y el amor duele. Amarte me lastima pero esa herida que se hecho en mí no me mata, me impulsa, me incita a seguir respirando.

–Somos almas sin materia, con tus dedos entre los míos… Por toda la eternidad. – Sus labios dibujaron una grácil sonrisa y continuamos contemplándonos. Haciendo el amor sin usar nuestros sexos. Sus pupilas me penetraban y mis córneas se expandían para darle paso a todo su ser, a su espíritu que ya había hecho nido dentro del mío.



*****



En un abrir y cerrar de ojos arribamos a la Ciudad de México. Mi cuerpo dolorido y mi cabeza girando no me dieron ánimos de nada excepto dormir. Instintivamente le pedí a Noel que me llevara a La Roma, desinflándome decepcionada al instante, ya no vivo en aquel departamento que tantas veces me vio morir y renacer. Noel le pidió a su asistente personal que nos llevara a su departamento en La Condesa. El tráfico nos hizo demorar, dándonos tiempo para permanecer en silencio. Las miradas excavadoras de Noel perpetuaban la exploración de mi persona. Sus ojos marrones y sus cejas afiladas enmarcaban las puertas del cielo. Yo deseaba ser un ángel para ser merecedora de poder entrar allí y morar hasta el fin de los tiempos. ¿Cómo esos ojos llenos de misterio pueden albergar un océano de melancolía?

Al llegar al departamento de Noel, entré velozmente como si el piso caliente quemara mis pies. Fui directamente a su cocina para beber un poco de agua. Caminé a la sala de estar. El aroma de abandono y humedad estaba impregnado en cada mueble. Me senté en el sofá y tomé una de las revistas que yacían cubiertas de polvo sobre la mesa negra de centro que hacía juego con la sala y el resto de la decoración. La oscuridad interna de Noel salpicaba incluso la vestimenta de su casa. Me preguntaba qué creó y qué alimentaba esa tristeza que lo destruía lenta y eventualmente. Mi curiosidad hambrienta quería inspeccionar hasta el último rincón del departamento pero mi subconsciente prefería darle esa inspección a las canciones y el arte que Noel creaba. Ellas guardaban la respuesta de mis preguntas ¿Qué o quien ha hecho sufrir a Noel? Por ahora sé que una tal Paola le rompió el corazón. Escuchando su selección musical en mi teléfono, advertí que Noel se ha enamorado muchas veces, algunos amores son fugaces y otros duran uno o dos producciones musicales. Entonces ¿Qué era yo para Noel? ¿Dos o tres canciones que serían añadidas a su repertorio? El miedo entumeció mi cabeza. No quería seguir revelando los misterios tras las canciones escritas por el rockero que hoy me amaba pero ¿Y mañana? ¿Me amará mañana?

Noel sacudió los pensamientos que atacaban mi mente como avispas furibundas regalándome una rosa blanca. Se inclinó y me dio un beso lento y exquisito en la boca. Ese beso disipó cualquier duda. Sin importar el mañana que como tal no existe, hoy él estaba conmigo y yo vivía mi primera noche en su departamento.

Cuando la noche cayó, después de una ducha tibia. Nos fuimos a la cama. Mientras secaba con la toalla mi cabello Noel inhaló dos líneas de cocaína y gritó de euforia como si la vida hubiera vuelto a sus venas. Cada vez que se drogaba yo me drogaba con él, solamente verlo desfigurarse entre los tenebrosos efectos, me intoxicaba, me sentía desarmada, pequeña. Yo era sólo un punto y Noel era un garabato, ambos coexistiendo en la misma página. Las líneas mal trazadas de su persona invadían y suprimían lo que yo era, si es que seguía siendo algo. Era un vicio doloroso verlo morir aunque la muerte no lo tocara. Quería arrancarle sus alas, quería abofetearlo para traerlo a la realidad pero mi realidad no era distinta a la suya. El aspiraba un polvo blanco que brindaba calma y placer a sus latidos destrozados por la tristeza y yo respiraba y absorbía con la misma alevosía adictiva a ese hombre. Somos un círculo que gira sobre su propio eje alrededor de la imperiosa desolación.

Su cuerpo predicando tristeza con cada movimiento, luchaba para salir a la superficie como si se estuviera hundiendo en medio del mar. Se recostó y besó mis piernas. Arrojé la toalla lejos y una fiebre invistió mi humanidad, excitada y deseosa, me arrojé encima de Noel y jalé su cabello, clavé mis uñas en su pecho. Relamí mis labios y cerré los ojos. Me entregué a mi lujuria y mi vehemencia. Quería morir en la explosión de mi orgasmo. Marcos y el miedo de mencionar su nombre se habían desvanecido. Era absolutamente de nuevo de Noel y de su miembro. Seguí besando como si de besos viviera el hombre, él besaba y mordía mis pezones, estando yo sobre su vientre podía tener el control del universo. Enterró dos dedos dentro de mi sexo y los movía circularmente. Grité, delirando, sudando y cayendo al borde de mi mordaz goce. De repente Noel me empujó a un lado, con delicadeza pero dejando interrumpida mi sonrisa complacida y mi entrepierna mojada. Se puso de pie y fue al baño.

Algunos minutos después, estaba desconcertada y atragantada con la confusión cuando emergió del baño Noel, cubriendo su miembro con sus dos manos. Pensé que había sufrido una fractura o que tenía una infección venérea. Su mandíbula desencajada y su ceño fruncido me permitían leer que algo andaba mal. Rápidamente dibujó dos líneas de cocaína y las aspiró. Buscó en su mesa de noche y sacó un cigarro de marihuana, dándome la espalda, esquivando mis miradas preguntonas. Lo encendió y se sentó junto a mis pies. Me miró impasible. Algo lo corroía por dentro.

– ¿Qué ocurre Noel? ¿Lastimé tu pene? – Pregunté preocupada, sentada en flor de loto sobre la cama, desnuda. Las ganas de hacer el amor se habían ido dejando dolores musculares en mi vientre y más arriba de mi ombligo. No se me pondrán “las bolas azules” pero indudablemente mis pezones se tornarán morados de la dolorosa frustración.

–Nunca me había pasado esto…– Levantó sus manos dejando al aire su miembro, flácido, dormido, ignorante de lo que ocurría. Su voz temblaba. Sus gestos serios y su frente plegada por las dudas quemaban el oxígeno.

–A mí tampoco me había ocurrido y mira que he estado con varios ancianos. – Traté de que mi tono divertido rompiera el momento ahogado de incomodidad y molestia pero Noel se levantó de la cama, me miró con ráfagas de rencor en sus ojos.

–Esto no es un juego.

–Noel, tampoco las drogas son un juego y no te ayudarán si quieres que tu leoncito vuelta a rugir. – La furia de Noel lo lanzó sobre mí, apretujando mi rostro bajo mis mejillas con fuerza, lastimándome, amenazándome violentamente contra la cama. Gritó como si tuviera un ser extraño dentro de su cuerpo, rompió la televisión y los adornos que adornaban su habitación sobre los burós y la cómoda. Regresó a mí, con ganas de golpearme, exhalando rabia de entre los poros. Cerré los ojos y escondí mi cabeza entre mis brazos. Noel salió del cuarto rompiendo todo lo que había a su paso. Tuve miedo de ser lastimada pero temía más que Noel fuese a cometer un arrebato que pusiera en riesgo su vida.

Bajé las escaleras y lo seguí hasta llegar a la sala de estar. Me insultó y gritó que me fuera a la cama a dormir. Quería estar solo. Insólitamente sentí pudor y vergüenza de estar desnuda frente a alguien más. Cubrí con mi brazo izquierdo mis senos y con mi mano derecha el pubis. Me di la vuelta y volví a la habitación. Cerré la puerta y rompí en llanto. Me sentí como un globo lleno de agua que fue pinchado por una aguja. Quería morirme de deshidratación esa noche. No amanecer. No quería irme pero tampoco quería regresar.



*****



A la tarde siguiente, la noche anterior parecía haber quedado sepultada en el olvido. Los ensayos del concierto de Carla Morrison en El Plaza Condesa tenían a todo el mundo ocupado. La voz de Noel estaba áspera y su garganta se había lastimado por los gritos y el alcohol que bebió durante la madrugada. Noel pactó con la producción que no iba a cantar pero que estaría presente y que si se sentía mejor entonces subiría al escenario. Yo quería verlo cantar junto a Carla pero lo que más quería era que estuviese bien y recuperado.

Tomamos una ducha juntos en el baño del camerino. Recogí mi cabello en una coleta de caballo. Puse un poco de rubor en mis mejillas y brillo en mis labios. Al salir del baño mis ojos encontraron a Noel tumbado como ropa sucia sobre el sofá, fumando, meditabundo, vagando entre tormentas. Me coloqué mis tacones y me senté precavidamente junto a él. Tomé su mano y me miró por un corto instante. Puso sus ojos en su cigarrillo. La ceniza caía sobre la alfombra. El vestía todo de negro. Parecía un ángel de la oscuridad, melancólico y arrastrado por el abatimiento.

Saqué de mi bolso un pequeño espejo para revisar el brillo en mi boca. Noel se levantó de su asiento y se dirigió a un pasillo que estaba a mis espaldas. Lo seguí con la mirada clandestinamente a través del reflejo que me regalaba el espejo. Iluminada su cara por un gran candelabro que ponderaba el techo, su rostro lucía cansado, más delgado. Sus pómulos emergían como montañas y sus ojeras nublaban su misteriosa mirada que esa noche parecía ser un cordero al que le habían succionado la vida. Noel sacó de su bolsillo un trozo de papel doblado. Lo extendió sobre la superficie brillosa y dorada de una mesa rectangular que sostenía un florero y una charola con frutas, botanas y botellas de agua y refrescos. Inhaló tres o cuatro veces el polvo blanco. Cerró los ojos y dio dos golpes en la pared con su puño. Asustada me levanté y fui con él. Lo abracé. Presioné su frente con la mía y distinguí un poco de cocaína espolvoreando su bigote.

–Si lo que quieres es morirte… Llévame contigo. Por favor. Si lo que quieres es desaparecer entonces desaparece acompañado. Acarréame en tus zapatos. – Derramé algunas lágrimas que se rompieron en mis labios. Los humedecí con ellas y lamí la cocaína que reposaba en su bigote. Noel me hizo a un lado con su mano; un toque gélido e impersonal y salió del pasillo. Se acercó a la puerta del camerino y tomó la perilla en su mano.

–Te amo Fanya. Nunca podría hacerte daño.

– ¿Es que no ves que si te haces daño, me haces daño a mí? Somos la causa y el efecto. Dime si detono tu tristeza para cambiar. Perdona mis errores. Te amo. – La desesperación mojaba mis cuerdas vocales. Mis manos temblaban. Noel lucía impávido, silente.

–No me conoces aún mujer. Tú eres…

–… Yo soy tuya Noel. Deseo pudieras ver cuan agradecida amanezco por el enorme sacrificio que haces al decirme que me amas y demostrármelo con un beso. No nacimos con la vida escrita. La hacemos todos los días. No necesito saber tu vida para llegar a conocerte. No te conocía hace meses pero hoy te siento mío y amo descubrirte. Eres un enigma que se abre y se cierra ante mis ojos. Conozco de ti lo suficiente para querer quedarme. Si te vas es porque quieres y no me quieres a tu lado. Eso le facilitaría a mi sentido común encontrar la puerta de salida y marcharme para siempre de tu vida. – Mi voz se quebró. El nudo en mi garganta dolía. Noel frotaba su cabello con sus manos como señal de exasperación.

–Odio que me veas como estoy ahorita. Es sólo una fase. Lo juro. No soy siempre así. – Tocaron la puerta y rápidamente Noel abrió. Su asistente personal le informaba que el concierto iba a iniciar y que tenía ya que hacer acto de presencia. Sus ojos me abrazaron cálidamente y salió. El productor del concierto y otras personas encargadas de las luces y la creación del concierto caminaban tras Noel y Carla. Ella llevaba su guitarra vestida muy a la mexicana con su estilo propio y particular.

Salí por mi cuenta del camerino, sola y caminé hasta la parte trasera del escenario. Los gritos del público enardecían en el lugar. Mis ojos buscaban ávidamente a Noel hasta que tropezaron con él. Lo habían situado en un lugar hecho para gente importante. Abajo del escenario pero cerca, creado para invitados especiales. Luché contra la muchedumbre para hacerme paso hasta llegar a Noel. Las luces se iluminaron y los colores azules dibujaron la presencia de Carla en el escenario. El vitoreo y los aplausos eran ensordecedores, la emoción golpeaba en mi pecho. Tragué saliva incrédula de presenciar en vivo la voz divina de Carla. Las hermosas canciones brotaban de su garganta como un manantial de melodías que erizaban mi piel y enloquecían a todos los presentes.

–Muchas gracias público maravilloso por venir ésta noche y llenar El Plaza. Ahora quiero cantarles una canción que no es de mi autoría pero amo cantarla. Ésta es mi versión. Esto es para ustedes… “Estás Que Te Pelas”… Con amor. – Las ovaciones y los alaridos del público llenaron el lugar derramándolo de éxtasis.

Mientras Carla cantaba las primeras palabras y notas de la canción, algunas admiradoras de Noel subieron a donde nos encontrábamos. Su asistente y algunos amigos lo asediaron y lo rodearon empujándome tres escalones abajo con el resto del público. La masa de gente se mecía de un lado a otro como en un suave vaivén de olas, empujándome lejos y más lejos de Noel. Me hundía entre las personas y perdía el equilibrio. De repente me encontré demasiado apartada de Noel sin embargo sus ojos y los míos se hallaron en el mismo punto. Del escenario fue disparada una nube de humo que pronto imposibilitaba vernos. Una admiradora se sentó sobre las piernas de Noel. Los gritos me envolvían, el humo se tejía en mis pestañas y cuando la vista se limpió Noel estaba besando el cuello de aquella chiquilla. ¿Qué edad tienen sus admiradoras? ¿Doce años? Sé que son mayores de edad pero se pavonean alrededor de Noel como niñas ingenuas.

Noel me miró fijamente, sus ojos eran ilegibles. Mordió la oreja de la admiradora. Frunció el ceño y salí del lugar llorando, deshabitada y lacerada. Olvidé el concierto y la voz que hipnotizó al mundo esa noche. Quise meter aire en mis pulmones. Me senté en la acera, la calle era sutilmente transitada por autos o personas. Me quité los tacones, dejé a mis pies estirarse libremente, descansando el cuerpo con el corazón desconsolado. Sentí una presencia junto a mí pero lo ignoré por seguir llorando, ensimismada y abatida.

–Hermosa, no llores. Anda. Vamos al concierto. – Miré hacia arriba y vi Noel dándome la mano invitándome a ponerme de pie. Asombrada limpié de mi rostro las lágrimas.

– ¿Por qué disfrutas hacerme llorar? – Al escuchar mi pregunta, su rostro fue sacudido por el asombro.

–Vamos. Acompáñame. Carla va a cantar ahorita “Hasta La Piel” y te dedicaré esa canción. Su voz es lo suficientemente celestial como para llevarnos a un cielo. Sólo tú y yo. – Sonrió tiernamente, sus ojos suplicaban mi perdón. Volví a ponerme mis zapatillas y tomé su mano. Me puse de pie y entramos abrazados al Plaza.

El concierto continuó embelesándonos a todos. La noche pese a las tragedias sucedidas y las lágrimas derramadas, transcurrió suave como terciopelo, yo en los brazos de Noel, moviéndonos al son de los ecos de la satinada voz de Carla. Ciertamente su música nos llevó al cielo. No quería volver ni mucho menos despertar. Quería seguir sintiendo ese calor, ese aroma a cigarro y melancolía. Era embriagante. Adictivo. Fugaz.



*****



Nos despertamos en la tarde, encerrados en una burbuja en medio de la ciudad más grande del Mundo. El sonido de su celular insistente seguía repicando, el lo ignoraba. Puse una almohada sobre mi cabeza, haciendo casi inaudible el ruido pero ya había sido despertada. Bebí en la madrugada algunos tragos de tequila. Apremiaba ir al baño o más accidentes iban a ocurrir. El teléfono de Noel cesó y yo puse en el mío “Disfruto”, canción de Carla Morrison. La canté entre susurros con mi mano en su pecho y mi boca siendo atraída por la suya como un imán. Abrió los ojos y me bañó dulcemente con una sonrisa que hinchó mi corazón.

Para la noche cenábamos en aquel puesto de tacos donde cenamos por primera vez la noche que nos conocimos. Las bromas entre el taquero y Noel nos tenían a todos muertos de risa. Chava llamó al teléfono de Noel y un rato después llegó con una mujer joven. Relumbraba como una modelo. Alta (Más alta que Chava), rubia, considerablemente delgada. Su piel era tersa y hermosa. Sus labios rosas, sus ojos azules. Estoy segura que era una modelo. Lo confirmó el hecho de que dijo que su dieta no le permitía consumir carbohidratos.

El aire olía a pólvora.

–Hermano, te estuve llamando toda la tarde. Quiero que vengas a una fiesta en Polanco. Vino Marcos. Le llamé porque quiero que me haga un nuevo tatuaje. El lugar será un cagadero. – Dijo Chava entre carcajadas. Me ahogué con el refresco que bebía.

–Claro brother. Vamos. ¿Vienes Fanya? – Preguntó Noel secamente.

–Sí. Quiero ir. – Exclamé en voz baja, tímidamente, temblando por dentro.

La mirada de Noel se tornó negra. Vi al diablo centellear en sus pupilas, sonriendo malévolamente. La fuerza en mis piernas me dejó, haciéndome caer de rodillas en la acera. Noel me observaba como león agazapado acechando su presa, el caballero de buenos modales en él brillaba por su ausencia. Mi boca tenía un sabor acre. La modelo y Chava se subieron a su auto y tocaban fastidiosamente el claxon apresurándonos.

Noel se acercó a mí, oliendo a Hugo Boss mesclado con maldad y sonrió. Encendió un cigarrillo y mi mente se hundió en las tinieblas.



CONTINUARÁ…


FANYA: CONFESIONES DE UNA EXHIBICIONISTA DESEMPLEADA -ALMAS SIN MATERIA-


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